Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 131
- Inicio
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 131 - Capítulo 131: El tiempo que nos hizo familia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 131: El tiempo que nos hizo familia
**Visión de Jacob**
El tiempo pasó como pasan las películas cuando nadie avisa que ya ocurrió lo importante: sin pedir permiso. Un parpadeo largo y, de pronto, todo estaba en su sitio.
Anthony fue el primero en demostrar que había entendido. Interiorizó, sin dramatismos, las normas morales y éticas que habían regido siempre la vida de Emma y de los Cullen: **no se toman vidas humanas para calmar la sed**. No hubo imposiciones; hubo ejemplo. Eligió cazar como ellos. Decía, con una mueca divertida, que la sangre de donaciones era agradable, sí, pero su adquisición le resultaba aburrida. Prefería salir a cazar con Nessie y los demás, sentir el pulso del bosque, el orden antiguo de las cosas.
A partir de ahí, pudo integrarse a La Push. Conoció a su abuelo, a las manadas, a Rachel. Su infancia —la de los dos— transcurrió aquí, entre arena, sal y risas. A quienes no conocían su naturaleza, a la gente común, no se les permitía acercarse demasiado; no por desconfianza, sino por la seguridad de secretos que no podían exponerse.
Y, aun así, la imagen que Billy había soñado se cumplió: los mellizos corriendo por la casa, haciendo travesuras y pilatunas, casi siempre orquestadas por Anthony. El ruido de pasos, el estallido de risas, el caos amable de una casa viva.
También pasaban mucho tiempo en la estancia de los Cullen, donde crecieron junto a Nessy bajo el cuidado, la protección y el amor de todos. Allí aprendieron a ser quienes eran, sin miedo.
A los siete años, los más pequeños alcanzaron su desarrollo completo. Nessie lo había hecho un año antes.
Anthony ahora parecía un hombre de veintitrés o veinticinco años: alto, de tez blanca, cabello castaño claro, barba incipiente y ojos cafés profundos como los míos. Complexión atlética, músculos marcados, presencia imposible de ignorar.
Elliot, en cambio, era más parecido a mí. Me recordaba a mis veintes —aunque yo no haya cambiado—. Un poco más bajo, más delgado, con un aire reflexivo. Había completado su desarrollo, pero su naturaleza lupina aún no despertaba. Yo estaba atento, siempre, preparado para acompañarlo cuando llegara el momento. Hasta ahora, nada.
Y Nessie… Nessie había florecido. Ojos de Bella, color chocolate; rizos cobrizos como el de Edward; delgada, esbelta, con esa gracia que siempre tuvo. Los tres crecieron juntos, como verdaderos primos, unidos por algo más fuerte que la sangre: la elección.
En las manadas, la vida también avanzó.
Sam tuvo a Levi y, tiempo después, a una niña: Violeta.
Paul y Rachel tuvieron a Ephraín, llamado así por nuestro abuelo.
Jared y Kim también fueron padres de un niño: Noah.
Quil entró en su etapa de hermano mayor, cuidando la adolescencia de Claire con una calma absoluta. Solo le importaba su bienestar y su felicidad; no tenía prisa por que creciera ni por que nada cambiara.
Embry, al fin, encontró el amor en una prima de Kim que llegó de visita. Se imprimó. Por fin, era parte del club.
Collin permanecía soltero, pero no solo. Decía que no iba a condenarse esperando una impronta; disfrutaba la universidad, la reservación, las chicas, siempre sincero con lo que ofrecía: diversión, compañía, una relación física sin promesas. Nadie quería repetir la historia de Leah y Sam.
El único que seguía soltero, virgen y sin mácula era Seth. A pesar de ser atractivo y de haber estudiado, no se permitía involucrarse con nadie. Había vivido de cerca el dolor de Leah y no pensaba arriesgarse a lastimar a alguien —o a sí mismo—.
—¿Y si te metes a un monasterio? —le molestaba Embry.
Seth solo reía y redirigía sus energías.
Leah… Leah llevaba años fuera. Llamaba, escribía, pero no volvía. Me contaba que ya completaba tres años sin transformarse; su cuerpo empezaba a regularse como el de una mujer normal. Esperaba recuperar su fertilidad. No era seguro aún, pero la esperanza estaba ahí.
Así pasaron los años.
Las parejas —vampiros, lobos, humanas— siguieron su curso. La mía con Emma se hizo más fuerte, más honda. Nueve años juntos, tantas vivencias. Planeábamos un viaje de luna de miel al cumplir diez años de matrimonio, pero antes vendría la renovación de votos. Y siendo un evento organizado por Alice… este año le tocaba a Edward y Bella. Me divertía pensar en ello mientras esperaba mi turno.
El crecimiento de los chicos nos devolvió libertades, aunque nunca dejamos de cuidarlos. La amenaza de Demetri, latente, no volvió a ser directa, pero tampoco bajamos la guardia. Anthony era rebelde e irreverente; eso exigía conversaciones incómodas conmigo. Siempre escuchaba en silencio, sin replicar demasiado. Respetuoso con todos, pero decidido a hacer las cosas a su manera.
Elliot, en cambio, era todo juicio y sensatez. Mi mano derecha en el trabajo y en los asuntos de la manada.
Los amaba a ambos. Y los seguiría cuidando siempre que se permitiera, al lado de su madre aguerrida, Emma, que nunca dejó de estar atenta a cada uno de sus pasos.
El tiempo pasó.
Y, contra todo pronóstico, nos dejó exactamente donde debíamos estar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com