Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 132
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Capítulo 132: Confiar en lo sembrado
**Emma**
El tiempo transcurrió sin que nadie pudiera detener su marcha. Nuestros niños crecieron de manera acelerada, como si la vida tuviera prisa con ellos, como si supiera que no podía concedernos demasiado margen para acostumbrarnos. Tuvimos poco tiempo para disfrutar su infancia, y aun así, exprimimos cada instante como si fuera único. Cada risa, cada torpeza inicial, cada mirada curiosa fue atesorada con una devoción casi dolorosa.
La cotidianidad se fue construyendo con pequeños rituales: viajes cuando era necesario apaciguar rumores o desviar miradas demasiado curiosas; tardes interminables de juego en la playa; horas en el taller de Jacob, donde los tres probaban motores, ensuciándose las manos de grasa mientras yo aparecía con algo de comer. Anthony no era muy asiduo a la comida humana. En esos espacios compartidos comía como quien acepta un plato de verduras: no le entusiasmaban, pero entendía su importancia. Lo hacía por disciplina, por equilibrio, por esa parte suya que había aprendido a escuchar razones.
Pasamos noches de películas en dónde terminamos durmiendo todos en la cama matrimonial, Anthony pegado a Jacob, siempre era su mejor lugar, ahí amaneciamos enredados los unos con los otros.
Con el tiempo, todos completamos la universidad. Yo obtuve mi título en arquitectura; Jacob se convirtió en un ingeniero mecánico brillante. Bella, literata. Los demás… bueno, acumulaban otra carrera más en sus largas vidas, como quien colecciona capítulos.
Por seguridad, los chicos fueron educados en casa. Sus cambios eran demasiado rápidos, demasiado evidentes. Ahora que habían completado su desarrollo, cada uno empezaba a preguntarse qué quería estudiar, qué camino tomar. Verlos en ese punto me llenaba de orgullo y de un vértigo suave: la conciencia de que ya no podía protegerlos de todo.
Las personalidades de nuestros hijos siempre fueron distintas, algo evidente desde su concepción. Hubo peleas, claro. Cuando ocurrían, Jacob los llevaba al taller. Allí tenía lugar una charla larga, sin gritos ni imposiciones, seguida del ritual innegociable: estrechón de manos y abrazo. Me encantaba verlo en ese rol. Jacob era un padre excepcional, intuitivo, firme sin ser duro, atento a las particularidades de cada uno.
Después venía mi turno. Afinar, matizar, escuchar. Decir lo que a veces no se dice entre hombres, poner palabras donde había emociones enredadas. Y así transcurrió la vida, entre La Push y la estancia de los Cullen.
Con los chicos corriendo por la casa, causando algún que otro desastre, y Alice pasando —muy puntualmente— la cuenta de cobro.
Aquella noche era una más. O al menos eso parecía.
Anthony no había llegado. Había dicho que iría de cacería con Nessie y Bella, pero al regresar había tomado un desvío. Me llamó para decir que volvería más tarde. Colgué el teléfono y me quedé pensativa, con una inquietud leve pero persistente, como una bruma fina que no terminaba de disiparse.
—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó Jacob, notándolo enseguida.
—Es Anthony. No ha regresado de la cacería… se fue por su cuenta.
Jacob asintió con calma.
—Estaré pendiente por si regresa. No te preocupes, sabes que él necesita estar solo a veces.
Lo miré. Su rostro estaba sereno, confiado, pero no ingenuo.
—Sabes que nunca dejo de tener miedo —admití—. Ese peligro… siempre está ahí.
Jacob se acercó y tomó mis manos.
—Amor, nosotros ya les dimos las bases a Anthony y a Elliot. Valores, límites, amor. Ahora tenemos que confiar en eso. ¿No crees?
Respiré hondo.
—Tienes razón —dije al fin—. Solo… no quiero que Demetri se acerque.
Jacob apretó mis manos con firmeza, como anclándome.
—No lo hará —dijo—. Y si lo intenta, no estará solo frente a nosotros.
Asentí, apoyando la frente en su pecho.
— Al menos Elliott duerme plácidamente en su cuarto – con algo de alivio en la voz.
— Siempre supimos que Anthony sería un caso particular – dijo Jacob reflexivo.
— Pero es un buen chico – convine.
— Sin duda lo es – dijo Jacob con ese tono de adoración que usaba cuando se refiería a sus hijos.
Se metió a la cama y me hizo un espacio a su lado, me acomodé en su pecho, mi lugar favorito para refugiarme, estando ahí sentía que podía con el mundo entero, sus brazos me rodearon atrayendome más hacia él, mientras depositaba suaves besos en mi pelo, en mi frente y por último en mi boca.
Afuera, la noche seguía su curso, indiferente. Y aunque todo parecía en calma, en algún lugar, muy dentro de mí, sabía que ese equilibrio —tan cuidadosamente construido— podía ser puesto a prueba en cualquier momento.
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