Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 133
- Inicio
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 133 - Capítulo 133: La invitación
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 133: La invitación
**Anthony**
Soñaba con sangre.
No con la violencia —no al principio—, sino con el **pulso**.
Con ese latido grave y constante que no pertenece a un corazón propio, sino a uno que se ofrece, que corre bajo la piel ajena como una promesa antigua.
En el sueño siempre era de noche.
El bosque era distinto al de la Push: más silencioso, más antiguo, como si los árboles observaran en lugar de proteger. Yo caminaba descalzo, sin frío, sin urgencia. No había lobos. No había voces. Solo esa sensación… esa certeza de que alguien me esperaba.
Nunca veía su rostro con claridad.
Sabía que era alto. Sabía que vestía de negro. Sabía que sus ojos me seguían incluso cuando yo no lo miraba.
Y cuando por fin hablaba —porque siempre hablaba— no lo hacía con órdenes ni amenazas.
—No tienes que contenerte —decía—. No conmigo.
Despertaba con el cuerpo tenso, el corazón acelerado y la boca seca, como si hubiera estado a punto de beber algo que me fue arrebatado en el último segundo.
No era una pesadilla.
Eso era lo inquietante.
Me senté en la cama, pasando una mano por mi rostro. El amanecer apenas insinuaba su presencia detrás de la ventana. Elliot dormía en la habitación contigua. Siempre dormía tranquilo. Siempre lo había hecho.
Yo no.
Había heredado muchas cosas de mis padres.
La ética férrea de mi madre.
La lealtad inquebrantable de mi padre.
Pero también había heredado algo que nadie sabía muy bien cómo nombrar: **el deseo de probar el límite**.
No quería matar.
No quería destruir.
Pero tampoco quería fingir que no sentía esa llamada.
La sed no era constante, pero cuando aparecía… era hermosa.
Inteligente.
Seductora.
Cazar con Nessie me ayudaba. Ella lo hacía con gracia, con control, como una danza aprendida. Yo disfrutaba el movimiento, el acecho, el instante previo al salto. La sangre animal calmaba la necesidad, pero no el pensamiento.
La bolsa de donaciones era… funcional.
Aburrida.
Como masticar cartón sabiendo que existe el pan caliente.
Me levanté y me vestí sin hacer ruido. El taller de mi padre estaba vacío a esa hora. El mar, a lo lejos, respiraba con lentitud. Me gustaba caminar solo antes de que el día empezara. Pensar sin testigos.
Mi madre decía que yo sentía demasiado.
Mi padre decía que pensaba demasiado.
Ambos tenían razón.
Había estado con vampiras que entendían el juego: encuentros breves, intensos, sin promesas. También con humanas curiosas, atraídas por algo que no sabían explicar. Nunca me quedaba. Nunca volvía.
El amor romántico me parecía… una trampa elegante.
Hermosa, sí.
Pero limitante.
Admiraba a mis padres. A mis tíos. A esa devoción casi sagrada que se profesaban.
Pero no era para mí.
O eso me decía.
Renesmee era distinta. Siempre lo había sido.
No porque la deseara —no de esa manera—, sino porque ella veía a través de mí con demasiada facilidad. Y porque Elliot… Elliot la amaba con una pureza que me dolía mirar de frente.
Nunca cruzaría esa línea.
No por miedo.
Por respeto.
El sueño volvió esa noche.
Esta vez el vampiro estaba más cerca.
Pude ver su sonrisa. No era cruel. Era… satisfecha.
Como si me hubiera estado esperando durante siglos.
—Eres más fuerte de lo que te permiten ser —susurró—. Y lo sabes.
Me acerqué un paso.
—¿Quién eres? —pregunté.
Él inclinó la cabeza, divertido.
—Alguien que eligió dejar de pedir permiso.
Desperté con una certeza incómoda latiéndome en el pecho.
No sabía su nombre.
No sabía su rostro del todo.
Pero sabía una cosa:
Aquella no era solo una tentación.
Era una **invitación**.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de querer rechazarla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com