Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 134

  1. Inicio
  2. Lobo solitario, de vuelta al amor
  3. Capítulo 134 - Capítulo 134: Hambre
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 134: Hambre

**Anthony**

No regresé con Bella y Nessie.

Elegí el desvío porque lo necesitaba.

Porque había una parte de mí que no se calmaba con cazar, ni con obedecer, ni con fingir que el autocontrol era siempre suficiente.

Scarlet no preguntaba.

Scarlet **entendía**.

La conocí en un lugar donde nadie fingía ser bueno. Un bar oculto, sin nombre, donde el aire olía a sangre vieja y a deseos no resueltos. Ella no sonreía: observaba. Su mirada era directa, invasiva, como si midiera qué parte de mí estaba dispuesta a romper.

Esa noche me llamó.

Nos encontramos lejos, en la montaña, donde el bosque se vuelve cómplice y la oscuridad deja de ser un miedo para convertirse en permiso. Scarlet no esperaba caricias ni promesas. Le gustaba la crudeza, el filo, la sensación de ser dominada y dominante al mismo tiempo.

Con ella no fui cuidadoso.

No quise serlo.

El contacto fue inmediato, sin palabras, sin suavidad. Había tensión, control, una danza peligrosa donde el poder cambiaba de manos solo para volver a mí. Scarlet respondía al peligro como si fuera alimento. Yo disfrutaba de esa respuesta, de cómo su cuerpo reaccionaba al dominio, al ritmo impuesto, a la cercanía de algo que rozaba la violencia sin cruzarla del todo.

El encuentro fue brutal en su intensidad, despojado de cualquier delicadeza innecesaria. A Scarlet le atraía la rudeza, el roce directo de los cuerpos, las palabras ásperas que no buscan seducir sino provocar. Había en ella una inclinación natural hacia lo peligroso, hacia ese borde donde el placer se mezcla con el dominio, y yo no solo lo entendía: lo compartía.

Llevaba una falda de cuero oscuro, ajustada como una segunda piel. No perdí tiempo en ceremonias ni en gestos amables. La giré con un movimiento firme, levantando la falda con la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere. El contraste de su tacto frío contra mi propio calor encendió algo primitivo en mí, un pulso antiguo que me recorrió con violencia contenida.

No hubo besos suaves ni miradas románticas. Todo fue instinto. La cercanía de su cuello, su respiración acelerada, la manera en que respondía sin pedir nada más que continuidad, confirmaban por qué me había buscado. La sostuve con firmeza, reclamando ese momento como un desahogo oscuro, una liberación de todo lo que paso el día reprimiendo.

Ella disfrutaba de la fuerza, del control, de sentirse llevada al límite sin perderse del todo. Yo, de sabernos iguales en esa grieta: deseados precisamente por esa parte de mí que no muestro en casa.

Cuando terminó, no quedaron palabras suspendidas ni promesas tácitas. Solo el eco de algo compartido que no pedía repetición inmediata ni despedidas formales.

No había ternura.

Había **hambre**.

Cuando terminó, no hubo despedidas. Nunca las hay cuando ambos saben que lo que compartieron no era amor, sino una forma de sobrevivir a la contención constante.

Me fuí sin mirar atrás.

Regresé a casa con la sangre aún vibrando en las venas.

La madrugada ya había vencido a la noche cuando entré en mi habitación. Y ahí estaba él.

Mi padre.

De pie, inmóvil, los brazos cruzados, intentando no dejar que la preocupación se transformara en reproche.

—Llegas tarde —dijo.

—Lo advertí.

Pronunció mi nombre como si quisiera decir muchas cosas y ninguna a la vez. Yo escuché, como siempre. No porque estuviera de acuerdo, sino porque lo respetaba.

—Tu madre estaba inquieta —añadió al final—. Ya sabe que estás aquí.

Asentí.

—Descansa, hijo.

Cerró la puerta con cuidado.

Me dejé caer en la cama, el cuerpo agotado y la mente inquieta. Los amaba. Eran mi ancla. Pero a veces sentía que esa misma ancla me impedía explorar todo lo que era.

El sueño llegó rápido.

Y con él, **él**.

El vampiro de mis sueños estaba más cerca esta vez. Su presencia no era hostil, sino seductora. No juzgaba. No exigía.

—Conmigo —susurró— no tendrías que contenerte nunca.

No me desperté sobresaltado.

Me desperté **tentado**.

Y supe que, tarde o temprano, tendría que enfrentar esa voz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo