Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 137
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Capítulo 137: La llamada
**Demetri**
Siete años.
Siete años sin cruzar el umbral.
No fue por falta de deseo.
Fue por imposibilidad.
El blindaje de Emma creció con ella, con sus hijos, con el amor que la rodeaba. Se volvió más denso, más preciso, más consciente. No era solo protección: era voluntad. Cada vez que intenté acercarme, sentí esa barrera como un muro vivo, inteligente, que no solo me detenía… me rechazaba.
Pero nunca dudé de algo.
Anthony reclamaría su libertad.
No hoy. No mañana.
Pero sí inevitablemente.
Los híbridos siempre lo hacen. La sangre mezclada no tolera jaulas doradas eternamente. La moral heredada resiste un tiempo, pero la naturaleza… la naturaleza siempre susurra más fuerte cuando se alcanza la madurez.
Yo no me acerqué a él con el cuerpo.
Me acerqué con la mente.
Al principio fue apenas una sensación difusa, una vibración lejana cuando pensaba en él. Luego vinieron los sueños. No los míos: los suyos. Sueños abiertos, cargados de imágenes fragmentadas, impulsos sin nombre, deseos que no terminaban de formarse.
Cuando él pensaba en mí —aunque no supiera quién era—, yo lo sentía.
No como se siente a un extraño.
Sino como se reconoce algo propio.
Y entonces supe que el tiempo había llegado.
Había escuchado rumores. Siempre los hay.
Un bar.
Un lugar para los que viven entre sombras.
Un punto de encuentro donde la moral se vuelve flexible y la identidad deja de importar.
Era ahí.
No me costó encontrarlo.
Lo vi antes de que él me viera.
Estaba apoyado contra la barra, relajado, peligroso en esa forma despreocupada que solo tienen los que aún no han decidido quiénes son. El ambiente lo aceptaba con naturalidad, como si el lugar mismo reconociera su esencia híbrida.
Y entonces levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Los míos se detuvieron primero en el color.
Ese tono exacto.
El mismo que había odiado durante años.
El mismo que pertenecía al lobo que me lo arrebató todo.
Y aun así…
Sentí algo distinto.
Algo inquietante.
No era rechazo.
No era rabia.
Era reconocimiento.
Él también lo sintió.
Lo vi en su postura. En la tensión mínima de sus hombros. En esa pausa breve que solo ocurre cuando la intuición grita antes que la razón.
Anthony sabía que ya nos habíamos visto.
No en este plano.
No con nombres.
Pero sí en ese territorio difuso donde los pensamientos se filtran y los sueños dejan huella.
Esperé que huyera.
Muchos lo habrían hecho.
Pero no él.
Anthony se incorporó con calma, dejó la bebida intacta y caminó hacia mí. Sin desafío. Sin miedo. Con una curiosidad peligrosa, casi reverente.
Cada paso que daba confirmaba lo que ya sabía.
Este muchacho no huía de la oscuridad.
La estaba evaluando.
Me quedé inmóvil, permitiéndole acercarse, observando cómo el espacio entre nosotros se cargaba de una energía antigua, densa, inevitable.
Cuando estuvo frente a mí, lo supe con certeza absoluta:
No era solo el hijo de Emma.
No era solo la sangre del lobo.
Había algo más.
Algo que no me pertenecía…
pero que me reconocía.
Sonreí apenas.
No como amenaza.
No como burla.
Sino como quien, después de años de espera, finalmente encuentra aquello que sabía que volvería a buscarlo.
—Sabía que vendrías —le dije.
Y en sus ojos, vi la chispa exacta que confirma que el destino, tarde o temprano, siempre responde a la llamada.
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