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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 148

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Capítulo 148: Fisuras

**Anthony**

Nunca fue parte del plan.

Eso fue lo que me repetí mientras la veía moverse por el taller, entre herramientas, planos y el olor a aceite y metal caliente que siempre me había parecido hogar. Renesmee estaba ahí porque sí, porque a veces iba, porque a veces yo la dejaba quedarse. No porque yo la buscara. O eso me decía.

Pero esa tarde algo era distinto.

La luz entraba oblicua por la ventana grande, dorando sus rizos cobrizos, haciéndola parecer casi irreal. Hablaba de cualquier cosa —la universidad, un profesor insufrible, una teoría que no le terminaba de cerrar— y yo apenas escuchaba. Me fijaba en sus manos, en cómo gesticulaba, en la forma en que su voz bajaba cuando se reía.

Me acerqué sin pensarlo.

Demasiado.

El silencio cayó entre los dos como una tensión eléctrica. Ella levantó la vista, sorprendida, pero no retrocedió. Sus ojos tenían esa mezcla peligrosa de expectativa y calma. Mi pulso se aceleró. Incliné el rostro apenas, lo suficiente para saber que, si daba un paso más, no habría marcha atrás.

Y entonces—

—Anthony.

La voz de Elliot cortó el aire.

Me giré de golpe. Estaba en la puerta del taller, rígido, los puños cerrados, el rostro pálido de una forma que no le había visto antes. No hacía falta que dijera nada más. Lo entendí al instante. Ese gesto no era sorpresa: era dolor.

Renesmee dio un paso atrás, confundida. Yo me quedé quieto, con la certeza pesada cayéndome encima como un golpe tardío.

Claro. Elliot.

Siempre supe que le gustaba. Pensé —idiota— que lo había superado. Que el tiempo, la cercanía, la costumbre habían hecho su trabajo. Pero no. No cuando lo vi así, mirándome como si le acabara de arrancar algo del pecho.

—Luego hablamos —dije, sin saber a quién se lo decía.

Elliot no respondió. Dio media vuelta y se fue.

Esa noche lo busqué.

Lo encontré fuera, sentado en el borde del muelle, mirando el agua oscura como si pudiera tragárselo todo. Me senté a su lado sin pedir permiso.

—Lo siento —dije primero. No era una disculpa elegante, pero era honesta.

Se rió sin humor.

—¿Vas en serio con ella? —preguntó, sin mirarme.

La pregunta me desarmó más de lo que esperaba.

—No lo sé —admití—. Me gusta. Mucho. Pero no sé si puedo ser… eso que todos esperan. El tipo perfecto. No sé si soy capaz de no lastimarla.

Giró el rostro hacia mí entonces, los ojos brillantes de algo que no era ira, sino miedo.

—¿Y tú? —continué, porque necesitaba saber—. ¿Te gusta… o la amas?

No respondió con palabras. No hizo falta. Su silencio fue suficiente.

Tragué saliva.

—Elliot…

—Si la lastimas —dijo, al fin, con la voz quebrada pero firme—, te juro que me olvidaré de que eres mi hermano.

Algo oscuro se encendió en mí. Me levanté de golpe y lo tomé de la camisa.

—No me amenaces —gruñí—. Siempre te he respetado. No cruces esa línea.

Me apartó con un empujón seco.

—No la cruces tú.

El aire se volvió insoportable. Antes de que pudiera decir algo más, escuché pasos apresurados.

—¡Basta! —la voz de mi padre, firme, autoritaria.

Jacob se interpuso entre nosotros, una mano en mi pecho, la otra extendida hacia Elliot.

Pero ya era tarde.

Elliot salió corriendo, perdiéndose entre los árboles. Sentí algo extraño en el ambiente, una vibración distinta, como si el mundo mismo hubiera contenido el aliento. El calor subió de golpe, espeso, cargado.

Y entonces lo entendí.

Aquello no era solo dolor.

Era el inicio de algo más grande.

Algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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