Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 153
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Capítulo 153: El filo de la renuncia
**Anthony**
La casa se sentía más grande desde que Elliot no estaba.
No vacía, no silenciosa… solo distinta.
Como si algo esencial se hubiera desplazado y el aire no supiera aún cómo acomodarse.
La culpa era una presencia constante, pegada a la piel.
Por más que intentara racionalizarlo, sabía que su transformación no había ocurrido en el vacío.
Había sido **por mí**.
Por una escena mal medida.
Por una emoción que no supe contener.
Y Renesmee… Nessie… ella estaba en medio de todo.
A veces me convencía de que debía intentarlo.
Había momentos en los que, juntos, todo era fácil: conversaciones largas, risas sin peso, silencios cómodos. Ella tenía una forma de mirarme que no exigía, que no reclamaba. Me hacía sentir visto sin tener que actuar, sin tener que seducir.
Y eso era precisamente lo que me asustaba.
Porque no era hambre.
No era deseo oscuro.
No era ese impulso que podía controlar entrando y saliendo de cuerpos sin nombre.
Era otra cosa.
Algo que pedía permanencia.
Y yo… yo no sabía quedarme.
Cada vez que pensaba en Elliot, algo se me cerraba en el pecho. Él estaba lejos, luchando consigo mismo, y yo aquí, permitiéndome momentos de felicidad que sentían como una traición.
No era justo para nadie.
Así que tomé la decisión que más dolía.
La busqué.
La llevé a un lugar tranquilo, lejos de miradas y de expectativas. El río estaba calmo. El atardecer teñía el agua de tonos dorados que parecían irreales.
—Nessie… —empecé, y mi voz ya sonaba rota—. Tengo que decirte algo.
Ella me miró con esa atención total que siempre me desarmaba.
—No puedo corresponderte —dije al fin—. No como tú mereces.
Vi cómo su expresión cambiaba, no con sorpresa, sino con una tristeza serena que dolía más.
—No porque no sienta nada —continué—. Precisamente por eso. Porque no soy el hombre que tú crees. No puedo prometerte que no te haré daño. No puedo garantizarte estabilidad, ni cuidado, ni… futuro.
Ella no lloró.
Solo asintió, lentamente.
—Gracias por decírmelo —respondió—. Duele… pero prefiero la verdad.
Eso fue todo.
No hubo reproches.
No hubo escenas.
Y aun así, sentí que algo se rompía.
Volví a casa con el pecho hecho trizas.
Mamá estaba ahí. Como siempre.
No preguntó. No exigió explicaciones.
Simplemente me abrió los brazos.
Y ahí… ahí lloré.
No como el depredador.
No como el rebelde.
Lloré como alguien que acaba de renunciar a algo que pudo haber sido bueno.
Pero el vacío no se queda quieto.
Cuando anocheció, ese hueco empezó a arder.
Y yo sabía exactamente dónde apagarlo.
Volví al bar.
A ese lugar sin nombre donde nadie pregunta quién eres ni qué sientes. Donde los límites son difusos y las reglas opcionales.
Demetri estaba ahí.
Siempre lo estaba.
Apoyado contra la barra, con esa sonrisa tranquila que nunca llega a los ojos.
—Sabía que volverías —dijo, como si no hubieran pasado meses—. Cuando renuncias a la luz… la oscuridad siempre parece más honesta.
No respondí.
Solo me senté frente a él.
Y por primera vez, no me fui.
Tal vez no estaba listo para cruzar del todo.
Pero esa noche, al menos, dejé de resistirme a mirar el abismo.
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