Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 155
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Capítulo 155: La pendiente
**Anthony**
Demetri nunca empujó.
Ese fue su mayor talento.
No me llevó directo al abismo; me enseñó a mirar el borde. A entenderlo. A sentir cómo el vértigo empieza como una curiosidad inocente antes de volverse necesidad.
—No se trata de cazar —me dijo la primera vez—. Se trata de *ver*.
De aprender a distinguir.
Así empezó todo: observando.
Había un mundo subterráneo entre los nuestros, un código no escrito que algunos vampiros ortodoxos seguían para convencerse de que no eran monstruos… o al menos no los peores. Buscaban presas que, bajo la luz, parecían humanas comunes, pero que en la oscuridad revelaban algo torcido. Gente que dañaba, que disfrutaba del dolor ajeno. Depredadores.
Demetri y yo solo mirábamos.
Desde lejos.
Sin intervenir.
—Cuando seas tú el que quiera cruzar —decía, con voz tranquila—, yo te guío.
No había prisa.
Eso lo hacía peligroso.
Yo escuchaba. Aprendía a leer gestos, rutinas, silencios. A entender que el mal no siempre grita; a veces sonríe, paga impuestos, dice “buenos días”. Y algo dentro de mí —esa parte que siempre lucha por contenerse— empezaba a asentir.
Mi primera “presa” no fue una decisión impulsiva.
Fue… inevitable.
Era un hombre que decía amar la naturaleza. Participaba en cacerías “reguladas” dentro de reservas supuestamente protegidas. Pero lo vi. Vi lo que hacía cuando nadie miraba. El desprecio con el que trataba a los animales, el placer con el que los hacía sufrir más de lo necesario. Crueldad sin justificación, sin hambre. Solo por poder.
Esa noche no dormí.
A la siguiente, lo seguí.
No hubo dramatismo. No hubo discursos. Solo el cambio de roles. El cazador convertido en presa. Sentí su miedo cuando comprendió que ya no controlaba nada. Y entonces ocurrió: la sangre, viva, caliente, real… y la certeza brutal de que ese ser ya no volvería a hacer daño.
No voy a mentir: fue intenso.
La saciedad física vino acompañada de algo peor… o mejor.
Euforia.
No solo por la sangre desde la fuente, sino por la idea de haber detenido a un verdugo. De haber cerrado un ciclo. De haber hecho *justicia* con mis propias manos.
Demetri me observó desde la distancia, satisfecho. No sonrió. No hacía falta.
—Ahora lo entiendes —dijo después—. No es descontrol. Es elección.
Y así, paso a paso, fui entrando.
Nunca de golpe. Nunca sin pensar. Siempre con la excusa correcta, con el argumento moral que calmaba la voz de mi madre en mi cabeza, la ética de los Cullen, la mirada decepcionada de mi padre.
Demetri disfrutaba en silencio.
Yo lo sentía.
No me pedía nada. No exigía lealtad. Solo estaba ahí, como una sombra paciente, celebrando cada vez que daba un paso más lejos de casa.
Y lo peor…
lo verdaderamente aterrador…
es que una parte de mí empezó a creer que tenía razón.
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