Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 157
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 157: Balto
Cuatro meses.
Ese fue el tiempo que necesité para dejar de huir de mí mismo.
El aislamiento no fue un castigo; fue una necesidad. Al principio pensé que perderme en el bosque, lejos de todos, sería lo más duro. Me equivoqué. Lo más difícil fue enfrentar el silencio interior, ese espacio donde ya no podía fingir que todo estaba bien, donde no existía la imagen del hijo perfecto ni del hermano correcto.
Solo estaba yo… y él.
Mi lobo.
Papá fue quien me enseñó a no temerle. Jacob nunca forzó nada. Nunca me gritó órdenes ni intentó dominar lo que estaba pasando dentro de mí. Se sentaba cerca, paciente, firme, como si el tiempo no le importara. Como si supiera que yo encontraría el camino cuando estuviera listo.
—No se trata de controlar al lobo —me dijo una noche—. Se trata de escucharlo sin dejar que te gobierne.
Así nació **Balto**.
No fue inmediato. Ponerle un nombre fue aceptar que no era una bestia aparte, sino una parte viva de mí. Balto no era calma. Balto era impulso, arrojo, fuego. Todo lo que yo había reprimido durante años por miedo a equivocarme, a decepcionar, a no ser suficiente.
Él era mi antítesis… y mi complemento.
Integrarlo fue un proceso lento y doloroso. No desapareció al volver a mi forma humana; seguía ahí, hablándome en la conciencia, empujándome a decir lo que pensaba, a defender lo que sentía, a no bajar la cabeza. Aprendí que no tenía que convertirme en él, pero tampoco podía seguir negándolo.
Con el tiempo, empecé a tomar partes de Balto y hacerlas mías sin perder mi esencia. Mi juicio seguía intacto, pero ahora tenía columna. Tenía voz.
Fue entonces cuando conocí a **Quetzaly**.
Nunca había visto a alguien como ella. No buscaba aprobación ni refugio; caminaba como si el mundo tuviera que adaptarse a su paso. No se disculpaba por existir. En la manada de Sam era distinta a todos, incluso a mí. No por ser mujer, sino por su fuerza interior, por esa seguridad feroz que no necesitaba demostrarse con palabras.
De ella aprendí algo fundamental:
una personalidad no se pide permiso, se construye y se defiende.
Con Quetzaly aprendí a amar lo que soy, no lo que esperaban que fuera.
Y luego estaba papá.
Las conversaciones con Jacob fueron el ancla de todo. Me habló de sus errores, de sus miedos, de la historia que vivió con Bella y Edward. Escuchar cómo el destino había entrelazado vidas tan distintas me dejó sin palabras. Yo creía que las cosas importantes se planeaban, que el amor y el propósito llegaban cuando uno estaba preparado.
—El destino no espera —me dijo—. Te encuentra cuando menos lo buscas.
Y entonces apareció mamá.
Emma fue paciente como siempre. No me presionó, no me pidió explicaciones. Solo estuvo ahí, recordándome que no tenía que elegir entre ser fuerte o ser bueno. Que podía ser ambas cosas.
Todo eso me reconstruyó.
Pero Balto… Balto quería más.
Quería correr sin límites, explorar sin mapas. Yo lo dejaba salir, confiando en que ahora éramos uno solo. Hasta que un día, en una de esas andanzas, algo ocurrió sin que yo lo buscara.
Balto encontró a alguien.
Y contra mi voluntad,
se imprimó.
Sentí el tirón en el alma como un relámpago. No fue confusión. Fue certeza absoluta. Una conexión brutal, inmediata, irreversible. Yo aún no sabía qué significaba eso para mi vida, para mis decisiones, para todo lo que estaba intentando ordenar.
Solo supe una cosa:
por mucho que creyera haber aprendido a controlarlo todo,
el destino acababa de recordarme
que todavía tenía lecciones pendientes.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com