Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 160
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Capítulo 160: El regreso (otra marea)
**Elliot**
Había llegado el momento.
Lo supe sin dramatismos, sin visiones ni sobresaltos. Simplemente un día desperté y el ruido interno ya no estaba. Balto permanecía ahí, atento, vivo, pero en calma, como un mar que aprendió a reconocer sus mareas. Ya no luchábamos; conversábamos. Yo decidía, él asentía. Otras veces era al revés. Y eso estaba bien.
Estaba listo para volver.
La playa estaba casi desierta aquella tarde. El cielo bajo, el viento salado, el océano respirando con paciencia antigua. Me senté en la arena húmeda, dejando que el frío me recordara que estaba aquí, entero. Quetzaly estaba a unos pasos, de pie, mirando el horizonte con esa expresión indomable que siempre llevaba, como si el mundo nunca fuera del todo suficiente.
No hablábamos. No hacía falta.
Fue entonces cuando sentí la presencia antes de oír la voz.
—Así que ya estás bien —dijo.
Me giré.
Renesmee estaba allí, con los brazos cruzados, los ojos brillantes, no de ternura, sino de algo más afilado. Había enojo en su postura, en la rigidez de su espalda, en la forma en que sus labios estaban tensos.
—Y nunca me buscaste.
Parpadeé, sorprendido.
—Nessie… —me puse de pie—. Yo ya estoy a punto de volver. No esperaba verte por acá.
Ella avanzó un paso, su mirada pasó fugazmente por Quetzaly y volvió a mí, cargada de algo que reconocí demasiado tarde.
—No aguantaba más sin verte —dijo—. Pero veo que estás muy bien acompañado.
Seguí la dirección de su mirada y luego regresé a ella, sin entender del todo.
—Nessie, yo voy a volver —dije con calma—. Solo necesitaba terminar este proceso.
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—Claro.
El silencio se volvió incómodo, tenso como una cuerda demasiado estirada. Quetzaly no se movió, pero su presencia parecía llenar el espacio entre nosotros.
—Me alegra que estés bien —añadió Renesmee al fin, aunque su voz decía lo contrario—. De verdad.
Y sin darme tiempo a responder, se dio la vuelta y comenzó a alejarse por la orilla, con pasos rápidos, casi furiosos.
—Nessie… —la llamé.
No se detuvo.
La vi marcharse, más enojada de lo que había imaginado, el cabello cobrizo agitado por el viento, los hombros tensos, como si llevara una batalla entera a cuestas.
Me quedé allí, mirando el mar, con una sensación extraña en el pecho.
—¿Qué le pasaba? —murmuré para mí mismo.
Quetzaly se acercó entonces, cruzándose de brazos.
—Eso —dijo con tranquilidad— no es enojo común.
La miré, confundido.
—Entonces… ¿qué es?
Ella me observó un segundo largo, como si midiera cuánto estaba listo para entender.
—Eso —respondió— es alguien que esperaba algo de ti… y no sabe qué hacer con lo que siente cuando no lo recibe.
Volví la mirada hacia el punto donde Renesmee había desaparecido.
Por primera vez desde que había recuperado la calma, algo dentro de mí se removió de nuevo.
Y no estaba seguro de estar preparado para esa marea.
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