Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 165
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Capítulo 165: El regreso al templo
**Anthony**
Lo vi antes de que hablara.
Elliot estaba de nuevo en la casa de la Push, caminando con esa calma que no recordaba haberle visto nunca. No era solo que estuviera de vuelta; era **cómo** había vuelto. Más erguido. Más seguro. Como si el peso que siempre había cargado por dentro hubiera encontrado, por fin, un lugar donde descansar.
Mamá fue la primera en abrazarlo. Lo hizo con ese cuidado reverente que solo ella sabe dar, como si temiera que aún pudiera romperse. Papá sonrió con alivio, de ese modo silencioso que significa más que cualquier discurso. Yo me quedé observando desde un costado, intentando ordenar lo que sentía: orgullo, sorpresa… y una punzada de culpa que no se iba del todo.
Después de las bienvenidas, no hizo falta decir nada. Los dos sabíamos a dónde ir.
El taller.
Ese lugar siempre había sido nuestro refugio. El templo donde las palabras pesadas podían decirse sin adornos, entre el olor a metal, aceite y madera vieja. Cerré la puerta detrás de nosotros y apoyé la espalda en la mesa de trabajo.
—Hermano —dije al fin—. Me alegra verte.
Elliot sonrió, una sonrisa distinta, más tranquila.
—A mí también. – me respondió con sinceridad.
Quiero decirte que lo siento. Yo. No quería causar todo lo que pasó. – le dije con cierta culpa en su voz.
Negó con la cabeza de inmediato.
—No, hermano. Yo ya era una olla a presión. En cualquier momento iba a estallar. No te preocupes por eso. – me comentó.
Hubo un silencio breve, cómodo. Luego respiré hondo.
—Quiero que sepas algo más. No continué con Nessie. Hablé con ella. Le dije que no podía corresponderle. Sé que se sintió triste… pero era lo mejor.
Elliot frunció el ceño, sorprendido.
—No tenías que hacerlo, Anthony. Podrían haberse dado una oportunidad. Intentarlo.
Lo miré de frente, sin rodeos.
—Hermano, yo no soy el correcto para ella. Ese eres tú.
Sus ojos se quedaron fijos en los míos. No respondió de inmediato. Vi cómo esa idea se asentaba, cómo la analizaba sin prisa, sin rechazo, sin urgencia.
—El tiempo lo dirá —dijo al fin, con voz serena.
Asentí. Era una respuesta justa.
No hizo falta añadir nada más. Dimos un paso al frente casi al mismo tiempo y nos abrazamos con fuerza, como cuando éramos niños y todo se resolvía así: con el cuerpo antes que con las palabras.
En ese abrazo sellamos algo más que una reconciliación. Sellamos la certeza de que, pese a las sombras, seguiríamos siendo hermanos. De esos que se caen, se pierden… y aun así, siempre encuentran el camino de regreso.
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