Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 167
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Capítulo 167: El regreso que despierta la sangre
**Leah**
Ocho años.
Ocho años lejos de la Push, lejos del bosque que había sido jaula y refugio al mismo tiempo.
Ocho años construyendo una vida que, por primera vez, no giraba alrededor del dolor, la rabia o la obligación.
Cuando crucé el límite invisible del territorio, lo sentí en el pecho. No fue un llamado, no fue la antigua sacudida de la transformación. Fue memoria. Una resonancia suave, casi nostálgica.
Mi cuerpo ya no reaccionaba como antes.
Seis años sin transformarme.
Seis años en los que mi sangre, por fin, había aprendido a comportarse como la de una mujer normal.
Tenía una carrera. Un trabajo estable. Un pequeño apartamento lejos del ruido y de los fantasmas.
Por fuera, parecía tener veinticinco años.
Por dentro… quizá también.
Mi madre lloró cuando me vio cruzar la puerta de casa. Mi hermano me abrazó con esa mezcla torpe de orgullo y alivio que solo él sabía expresar. Por primera vez en mucho tiempo, volver no dolía.
Después vinieron las visitas.
La manada.
Jacob me recibió como alfa, pero sobre todo como amigo. Su sonrisa era distinta: más serena, más plena. Emma… Emma era luz. Y sus hijos…
Los había dejado siendo apenas bebés.
Ahora eran hombres formados, imponentes, cada uno con una energía que hablaba de caminos distintos y destinos complejos.
Me alegró verlos. De verdad.
Ver a Sam fue distinto. No dolió. No quemó.
Por fin estaba en paz.
Su hogar era real, su felicidad evidente. Sus hijos corrían alrededor como prueba viviente de que el tiempo, a veces, sí sana.
Eso me bastó.
Yo no había rehecho mi vida sentimental. Lo intenté. Salí con hombres en la universidad, algunos buenos, otros olvidables. Nada prendió. Nada se quedó.
Y por primera vez… no me sentía incompleta por eso.
Esa tarde caminé sola por el bosque.
El mismo sendero que tantas veces había recorrido en cuatro patas, con el mundo latiendo salvaje en los oídos. Cerré los ojos un momento, respirando el aire húmedo, recordando quién fui.
Entonces lo vi.
Un lobo gris pardo emergió entre los árboles. Grande. Fuerte. Seguro.
Estaba de patrulla.
Lo reconocí de inmediato.
—No… —murmuré.
Nuestros ojos se cruzaron.
Y todo ocurrió en un segundo.
El lobo se tensó como si una descarga lo hubiera atravesado de punta a punta. Sus patas cedieron apenas antes de lanzar un aullido desgarrado, profundo, que sacudió el bosque entero.
Un aullido de reconocimiento.
De destino.
Cerré los ojos con fuerza.
—Maldita sea…
No hacía falta que se transformara. No hacía falta explicación alguna.
Collin.
El mismo lobo al que había visto crecer. El que siempre había evitado mirarme demasiado.
El que ahora, después de ocho años, acababa de imprimarse de mí.
El bosque guardó silencio.
Y supe, con una claridad que me erizó la piel, que mi historia con la manada…
Aún no había terminado.
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