Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 169
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Capítulo 169: El regreso del destino
**Emma**
No.
No, no, no… **no**.
—Ahhh no, no, nooo —le dije al lobo gris pardo que me miraba con esos malditos ojos suplicantes—. De ninguna manera me vas a atar a una situación así. Olvida esto, ¿vale? **Olvídalo**.
El lobo gimoteó.
Un sonido bajo, lastimero, casi infantil.
—Ni te molestes en salir de fase —continué, con la rabia trepándome por la garganta—. No tengo ningún interés en nada de esto. Yo *estoy fuera*. Arreglátelas tú.
Me di la vuelta y eché a correr entre los árboles, como si pudiera huir de algo que ya se me había incrustado en la piel. El bosque pasó borroso a mi alrededor; las ramas, el aire frío, el suelo húmedo… todo parecía empujarme de regreso a una vida que yo ya había dejado atrás.
Llegué a casa agitada, descompuesta, como un huracán contenido a medias. Entré sin saludar, fui directo a mi habitación y saqué la maleta. Ropa. Zapatos. Documentos. Todo lo que encontré lo lancé dentro sin orden ni cuidado.
—¿Leah? —preguntó mi madre desde el pasillo—. ¿Qué pasó?
—¿Te encuentras bien? —añadió mi hermano, alarmado.
No respondí. No podía.
Si abría la boca iba a gritar, a llorar o a decir algo que no podría recoger después.
Solo tenía una idea clara: **irme**. De nuevo. Lejos. Antes de que esto se convirtiera en otra jaula.
Y entonces lo sentí.
La presión en el aire.
La presencia.
Me giré justo cuando Collin apareció, ya en forma humana, plantado en la entrada de la casa como si fuera un muro imposible de esquivar.
—Leah… Leah, por favor —dijo, levantando las manos—. ¿Te vas así, sin más? Tenemos que hablar.
Solté una carcajada amarga.
—¿Hablar? —escupí—. Collin, eras el lobo que menos conocía. Ni siquiera me caías bien como para que ahora vengas con **esta mierda** de la imprimación. No me jodas.
Él apretó la mandíbula.
—¿Y crees que yo quise esto? —respondió, con la voz tensa—. Yo estaba bien con mi vida. Bien. Y ahora…
Dio un paso hacia mí.
—Si te vas —dijo con una determinación que me heló la sangre—, te juro que iré tras de ti.
Ahí fue cuando Seth, que había estado observando todo con los ojos como platos, llevó la mano a la boca y dio un paso atrás, claramente decidido a salir corriendo a avisarle a Jacob y al resto de la manada.
—Alto ahí, Seth —ordené.
Se detuvo en seco.
—De ninguna manera vas a volver mi vida sentimental el chisme del *jet set* lobuno —le espeté—. Te lo prohíbo.
El silencio cayó pesado, incómodo, cargado de electricidad.
Intenté seguir empacando, pero cada movimiento era una batalla. Porque el lobo —ese enorme, obstinado y condenado lobo— ya estaba de pie en la puerta. No como amenaza, sino como promesa.
No iba a dejarme pasar.
No iba a dejarme huir.
Me llevé las manos al cabello, frustrada, agotada, al borde de estallar.
—¿Qué es lo que yo le pago al universo —murmuré— para que estas cosas *siempre* me pasen a mí?
Y por primera vez en muchos años, entendí algo con una claridad que dolía:
No había corrido lo suficiente.
Nunca había sido tan libre como creí.
Y el destino… acababa de alcanzarme otra vez.
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