Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 179
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Capítulo 179: Al borde
**Anthony**
No lo vi venir.
O quizá sí, pero decidí ignorarlo. Esa fue mi primera falla.
La sed me tenía concentrado, la mente enfocada en el pulso ajeno, en el latido que me llamaba como un tambor en la sangre. Todo lo demás se volvió ruido de fondo… hasta que el ruido se volvió impacto.
El golpe llegó por el costado, brutal, quirúrgico. Salí despedido y rodé por el suelo antes de lograr incorporarme. El segundo impacto fue peor: un dolor seco, profundo, que me partió el aire en dos. Sentí algo ceder dentro de mí, como una estructura que siempre di por sentada y que de pronto dejó de sostenerme.
Entonces los vi.
Reginald. Frederick.
Sonreían.
No como cazadores apurados, sino como criaturas que disfrutan desmontar a su presa pieza por pieza. Intenté reaccionar, pelear, usar mi fuerza… pero ya estaban dentro de mi guardia. El mundo se volvió una sucesión de golpes calculados, de torsiones imposibles, de huesos que protestaban.
—Tranquilo —dijo uno de ellos—. Esto apenas empieza.
El dolor escaló. No era solo físico; era la certeza de haber caído en algo que yo mismo había ayudado a construir. Me quebraron, literal y figuradamente. Cuando intenté ponerme de pie, una presión salvaje me devolvió al suelo. Sentí la fractura antes de escucharla.
Y luego… el mordisco.
No fue como lo había imaginado en mis fantasías oscuras. No fue poder, ni éxtasis. Fue terror. Fue sentir cómo algo esencial se escapaba de mí a borbotones, caliente, vivo, irreemplazable. El mundo empezó a girar, a estrecharse.
Pensé en mamá.
En su voz firme, en su forma de mirarme como si siempre supiera quién podía ser yo… incluso cuando yo no lo sabía.
Pensé en papá, en su risa, en su furia protectora, en la seguridad de su presencia. En Elliot. En su silencio paciente, en Balto, en ese vínculo que yo había tensado hasta casi romperlo.
No quería morir así.
Lejos. Solo. Convencido de que había fallado a todos.
Reginald se inclinó sobre mí. Lo vi acercarse como si fuera a través del agua, distorsionado, lento. Pensé que ese sería el final.
Entonces la noche rugió.
No fue un sonido cualquiera. Fue un golpe de mundo, una presencia tan inmensa que el aire mismo pareció apartarse. A través de mi visión borrosa vi una forma imposible irrumpir en el claro: un lobo gigantesco, rojo como la sangre al sol, hecho de furia y destino.
Quise sonreír.
Escuché un nombre. Mi nombre. Y otro más, profundo, antiguo.
Balto.
Y la voz de mi hermano, quebrada y feroz, llamándome de vuelta.
Después… nada.
La oscuridad me tomó.
Pero por primera vez, no sentí miedo.
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