Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 18
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18: Desde las sombras.
18: Desde las sombras.
**JACOB** La noche estaba quieta, demasiado.
Me movía entre los árboles con cuidado, siguiendo un patrón que ya se había vuelto costumbre: rodear sin acercarme, vigilar sin irrumpir.
El monte Logan respiraba lento, como si supiera que algo estaba en equilibrio precario.
Entonces lo sentí.
No su presencia plena, no su olor directo, sino esa alteración mínima en el aire, como un cambio de presión.
Emma estaba cerca.
Más cerca de lo que había estado en días.
Me detuve.
No giré.
No avancé.
Esperé.
Durante unos segundos —solo unos pocos— tuve la certeza de que iba a verla salir de entre las sombras.
Que iba a cruzar esa distancia que ambos fingíamos no medir.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: el pulso acelerado, la atención absoluta, esa expectativa absurda que no debería existir.
Pero no ocurrió.
La presión cambió de nuevo.
El aire se replegó, como si el bosque hubiera decidido cerrarse.
Emma se retiró.
No de golpe, no con prisa.
Con decisión.
Y lo supe.
No porque la viera irse, sino porque algo en mí se tensó, igual que una cuerda soltada de pronto.
Había considerado acercarse… y eligió no hacerlo.
Los días siguientes confirmaron lo evidente: me evitaba.
No desaparecía del todo.
Su esencia seguía allí, diluida, contenida, como si caminara siempre por el borde de algo que yo no podía cruzar.
A veces sentía su cercanía durante horas sin verla moverse, otras veces su rastro se extinguía de forma antinatural, como si el espacio mismo le abriera una salida.
Eso no era normal.
Y yo lo sabía.
Fue entonces cuando el otro rastro empezó a molestarme de verdad.
Antiguo.
Denso.
Persistente.
Vampírico.
No era reciente, pero estaba incrustado en la montaña, mezclado con su aroma de una forma que me resultaba insoportablemente íntima.
No era una simple coincidencia de caminos.
Había cercanía allí.
Tiempo.
Permanencia.
Alguien había estado con ella.
La idea me golpeó con una fuerza que no esperaba.
No era ira, no del todo.
Era algo más oscuro, más incómodo.
Una sensación de intrusión en algo que no me pertenecía… y que aun así me afectaba.
Me pregunté cuánto había durado.
Qué tan cerca habían estado.
Si ese vínculo había sido elegido o impuesto.
Y, peor aún, si había sido un romance.
La posibilidad me revolvió el estómago.
No tenía derecho a sentir eso.
No después de todo.
No cuando apenas nos conocíamos, cuando ni siquiera sabíamos los nombres del otro al principio.
Y, sin embargo, la idea de que ella hubiera aceptado a alguien más —de que lo hubiera dejado entrar— me produjo un malestar físico, casi primario.
¿Qué clase de vínculo habían tenido?
El rastro no hablaba de violencia.
No era persecución.
No era huida constante.
Había momentos de calma allí, de cercanía sostenida.
Eso era lo que más me perturbaba.
Emma no solo había escapado de ese vampiro.
Había convivido con él.
La culpa volvió a instalarse con fuerza.
Tal vez mi actitud, mi hostilidad mal disimulada, había removido algo que ella llevaba tiempo enterrando.
Tal vez yo había sido el detonante para que se cerrara aún más, para que activara ese don extraño suyo que no entendía pero sentía.
Porque eso era lo que era: un don.
No solo huía rápido.
Huía bien.
El mundo parecía colaborar con ella, doblarse apenas para dejarla pasar.
Incluso ahora, me evitaba sin desaparecer del todo, como si supiera exactamente cuánta distancia necesitaba para protegerse… y protegerme.
Tomé una decisión entonces.
No la buscaría.
No la confrontaría.
No intentaría forzar una cercanía que ella había decidido negar.
Pero tampoco bajaría la guardia.
Me movería más lejos de su vista, ampliaría el perímetro, vigilaría desde la sombra.
Si ese rastro antiguo regresaba, no tendría una segunda oportunidad.
No permitiría que algo de su pasado volviera a tocarla.
Aunque eso significara que yo también quedara fuera.
Desde una cresta alta observé su cabaña durante horas.
La luz se encendió una sola vez.
Luego nada.
Sentí su presencia replegarse, como si supiera que estaba allí y decidiera no mostrarse.
Tal vez pensaba que ya no me importaba.
Tal vez creía que me había cansado.
La ironía fue casi cruel.
Porque la verdad era que no sabía cómo irme.
Algo en mí se negaba a hacerlo, se anclaba a esa distancia tensa, a su silencio calculado, a esa ausencia que pesaba más que la presencia.
Si mantenerme lejos era lo único que la mantenía a salvo… entonces eso haría.
Aunque no supiera cuánto tiempo podría soportarlo.
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