Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 189
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Capítulo 189: Corrientes Bajo la Superficie
**Renesmee**
Lo que pasó con Anthony me dejó pensando durante días.
Ahora comprendía muchas cosas de él: su lucha constante, esa sombra que lo empujaba a los bordes, la sed que nunca terminó de aceptar. Para mí siempre fue distinto. Mi propia sed había estado, desde el inicio, extrañamente bajo control, como si mi naturaleza hubiera nacido ya en equilibrio. Por eso me costaba entenderlo… pero no juzgarlo.
Pude ayudar.
Y eso me hizo feliz.
La vida no nos daba tregua, nunca lo había hecho. Desde que nací, la historia de mi familia había sido una sucesión de pruebas: primero los Vulturi, luego el nacimiento de los mellizos, ahora Anthony al borde de la muerte. Todo en menos de una década.
Suspiré.
Aun así, habíamos salido adelante. Otra vez.
Me acerqué a Anthony sin reservas. En mis turnos de cuidado hablamos como antes, como los amigos que siempre fuimos. Risas suaves, silencios cómodos, la certeza de que lo peor había pasado. En ese sentido, todo estaba bien.
Pero Elliot…
Elliot era otra cosa.
No podía dejar de pensar en él. En la forma en que había cambiado. En la seguridad nueva que lo rodeaba, en esa determinación tranquila que antes no tenía. Admiraba esa versión suya… y eso me inquietaba más de lo que quería admitir.
Y luego estaba Balto.
Siempre a mi lado.
En el bosque aparecía sin aviso y se acomodaba como si el mundo entero fuera suyo. A veces se recostaba sobre mi vientre, apoyaba su enorme cabeza en mi regazo mientras yo estudiaba para algún examen. O hacía de almohadón cuando iba al claro a leer, inmóvil, atento, como si su presencia fuera una promesa silenciosa. Era constante, casi obstinado. Más mío que del propio Elliot, o al menos así se sentía.
Quería entender por qué.
Con Elliot, en cambio, todo era distinto. Lo que él me provocaba me hacía huir. Evitarlo. Y, aun así, una punzada de rabia me atravesaba cada vez que sabía que estaba en la reserva con Quetzaly.
Ese día tuve que ir a la Push. Había quedado en ayudar a Anthony con la universidad y debía recoger algunos libros. Caminé distraída por la playa cuando lo vi.
Elliot salía del mar.
Solo llevaba un pantalón corto. El agua le resbalaba por el torso como si lo estuviera esculpiendo en ese instante. Mis ojos —traicioneros— recorrieron brazos, pecho, abdomen. El tatuaje de la luna en su pectoral. Las líneas marcadas de su cuerpo. Sus piernas fuertes. Nunca me había permitido mirar así a nadie. Ni siquiera cuando creí estar interesada en Anthony.
Cuando levantó el rostro, el cabello húmedo cayéndole sobre la frente, y sus ojos verdes se encontraron con los míos, mi corazón dio un vuelco… y luego empezó a latir demasiado rápido.
—Hola —saludó, casual.
—Hola —respondí, desviando la mirada.
Él frunció apenas el ceño.
—¿Te pasa algo?
—No, nada —dije, demasiado rápido.
—¿Seguro? —insistió—. Pareces nerviosa.
—¿Nerviosa yo? ¿Y por qué habría de estarlo?
Sonrió de lado.
—¿Qué te trae por acá?
—Unos libros de Anthony —expliqué—. Quedé en ayudarle a estudiar… ya sabes, la universidad. El accidente de moto.
—Lo sé. Si quieres, te ayudo.
Asentí, aunque cada fibra de mi cuerpo pedía huir. Entramos a la casa.
—Dame un momento —dijo—. Me cambio la ropa mojada.
Volvió con pantalón seco y una camisilla que, lejos de ayudar, solo resaltaba su musculatura. Subimos al cuarto de Anthony. Todo estaba ordenado; su colonia flotaba en el aire, pero ya no me provocaba lo mismo.
Los libros estaban en una repisa alta. Estiré el brazo, queriendo terminar rápido. Moví algunos sin querer y, de pronto, Elliot se adelantó para sujetarlos. Su cuerpo me dejó atrapada contra la estantería.
Demasiado cerca.
Nuestros ojos se encontraron. Luego, sin permiso, las miradas bajaron a los labios del otro. Mi corazón galopó, salvaje. La confusión me golpeó de lleno.
—Eh… tengo que irme —dije de pronto.
Tomé los libros y salí casi corriendo. Me subí al convertible y avancé hasta salir de la playa. En el retrovisor alcancé a ver a Quetzaly con la manada, segura, dominante, como si el lugar le perteneciera.
Cuando al fin me detuve, respiré hondo.
¿Qué había sido todo eso?
La respuesta se abría paso, terca, en mi pecho. Y aunque me negaba a admitirla, la certeza se instalaba sin pedir permiso:
Ya no veía a Elliot como el amigo.
Ni como el hermano.
Ni como el confidente.
Ahora lo veía como hombre.
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