Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 194
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Capítulo 194: Donde todo encaja
**Elliot**
La llevé hasta su auto cuando el sol ya empezaba a bajar. Caminamos en silencio unos pasos, no incómodo, sino lleno de cosas no dichas. Yo iba **procesando cada palabra de Nessie**, cada gesto, cada pausa.
*Con que Balto tenía razón.*
Esta vez ni siquiera me molesté en discutirlo. Desde el fondo de mi conciencia, él solo **entornó los ojos y bostezó**, satisfecho.
Los días siguientes pasaron con una calma extraña y buena. Poco a poco, **nuestra relación volvió a ser lo de antes**, pero no era igual. Había miradas que duraban un segundo más de lo necesario, roces que encendían algo distinto, sonrisas que decían más de lo que parecían. Nada explícito, nada forzado. Solo… presente.
El siguiente sábado por la tarde decidimos salir a caminar por la playa. Reíamos por tonterías, nos empujábamos con el hombro como cuando éramos niños, lanzábamos arena al viento. El mar estaba manso y el aire olía a sal y libertad.
Entonces escuché una voz conocida.
—Hola, Elliot.
Me giré.
—Hola, Quetzaly.
Sentí cómo **la sonrisa de Renesmee se borraba** de inmediato.
—Ella es Renesmee —dije—. Nessie, ella es Quetzaly.
—¡Hola! Soy Quetzaly —dijo con entusiasmo—. Un gusto.
Nessie respondió con una sonrisa leve, contenida.
Quetzaly nos observó un segundo más de lo normal, como si leyera algo entre líneas. Luego señaló hacia el muelle.
—¿Saben? En aquel lado, al atardecer, suele verse increíble.
—Gracias, Quetzaly —respondí—. Iremos.
Ella se despidió con una sonrisa tranquila y se alejó.
Renesmee se quedó mirándola, algo desconcertada.
Caminamos hasta el muelle y nos sentamos uno al lado del otro. Empezamos a **jugar con las piedras**, lanzándolas al horizonte sin mucha puntería. Tal como había dicho Quetzaly, el atardecer era impresionante: el agua se volvía un espejo dorado, el sol descendía lento, solemne.
La miré de reojo. Ella me observaba a mí.
Mis ojos verdes se reflejaban en la luz del ocaso; yo lo noté cuando ella bajó la mirada, nerviosa, y luego volvió a buscar la mía. Sonreí sin darme cuenta.
Nessie se acercó un poco más.
Me detuve apenas un segundo.
—¿Estás segura? —pregunté.
Ella asintió.
Y entonces **nuestros labios se encontraron**.
Primero fue solo eso: un roce suave, casi tímido. Luego sentí su aliento y ella abrió un poco los labios, y el beso se volvió más profundo, **torpe y lento**, como de dos personas que se descubren por primera vez. No había prisa. Solo reconocimiento: el sabor de su boca, el contacto cálido, las **mariposas desordenadas en el estómago**, la certeza silenciosa de que algo importante estaba ocurriendo.
Cuando nos separamos, la atraje hacia mi pecho. Ella se acomodó sin decir nada.
Nos quedamos así, en silencio, mirando cómo el sol terminaba de ocultarse en el horizonte.
Sonreí, satisfecho.
—Es distinto a lo que imaginé —murmuré—.
Pero es perfecto.
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