Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 196
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Capítulo 196: Lo que el lobo ya sabía
**Elliot**
Regresé a casa con el cuerpo liviano y la mente en calma, como si el mundo se hubiera acomodado después de ese beso. Balto estaba inusualmente silencioso en mi conciencia, satisfecho, recostado como quien ya hizo su parte. Yo me dejé caer en la cama, mirando el techo, repasando cada segundo.
Y entonces la duda me atravesó.
—Pero… yo soy un hombre lobo —murmuré—. ¿Y la imprimación?
Balto abrió un ojo, incrédulo.
**¿De qué estás hablando?**
—De eso —me incorporé—. ¿Qué pasa si más adelante me imprimo? ¿Qué pasaría con Nessie?
Me levanté de la cama y empecé a caminar por el cuarto. La idea me apretaba el pecho. Había visto demasiadas historias en la manada: mi padre con mi madre; Sam con Emily; Collin deshecho detrás de Leah. La imprimación no era un juego. Era un destino.
—¿De verdad es así de irreversible?
Balto gruñó, impaciente.
**Veo que pasaste de tonto a idiota.**
—¿De qué hablas?
Suspiró con exageración, como si estuviera agotando la paciencia.
**Zoquete. Estamos imprimados de Nessie desde el principio.**
Me quedé helado.
—¿Qué?
—¿Cuándo pasó? —pregunté sin voz.
Balto bufó.
**¿Por qué crees que, apenas lograste controlar mi proyección, lo primero que hice fue buscarla?**
**Eso no fue una elección. Fue instinto. Imprimación.**
Sentí un golpe seco en el pecho.
**Ella es nuestra luna.**
—No puedo creerlo… —susurré—. ¿Estás seguro?
Balto volvió a bufar y se replegó en mi conciencia, ofendido. Había agotado su paciencia.
Salí al balcón buscando aire. En el porche estaban mis padres, ajenos al mundo. Mi madre recostada en el pecho de mi padre, la hamaca balanceándose suave, risas bajas, complicidades antiguas. Diez años juntos, y aún así se miraban como si el tiempo no existiera. Nunca vi en ellos el desgaste del que hablan los humanos; tampoco en los Cullen. Solo amores que resisten, que eligen quedarse.
A la mañana siguiente, encontré una nota junto al desayuno:
*Voy a casa de los Cullen a ver a tu hermano. Con amor, mamá.*
El corazón se me apretó.
En el taller, mi padre trabajaba concentrado.
—Hola, papá.
—Hijo —sonrió—. ¿Desayunaste?
—Sí. Estaba delicioso.
Sus ojos se iluminaron al hablar de mi madre.
—¿Te puedo preguntar algo?
Dejó las herramientas.
—Claro, Elliot.
—¿Cómo sabe uno que está imprimado?
Pensó un momento.
—Cuando conoces a tu luna, todo lo demás pasa a segundo plano. Su bienestar se vuelve lo primero. No hay ojos para nadie más. Tu mundo se ordena alrededor de ella.
Asentí, en silencio.
—¿Es… irreversible?
—Sin duda —respondió—. Cuando tu luna no está, la existencia pierde sentido.
Respiré hondo.
—Creo que me imprimé.
Jacob abrió los ojos… y sonrió.
—¿Quetzaly? Te vi mucho tiempo con ella.
—No —reí—. Ella no quiere romances; solo ser la mejor loba.
—Entonces…
—Es Nessie.
Jacob rió con gusto.
—Era obvio. Todos sabíamos que alguno de ustedes dos estaba en su destino. ¿Qué te preocupa?
—No exactamente preocupación. Quería estar seguro. No sentí… lo que describen todos.
—Tu caso es distinto —dijo con calma—. Balto tiene independencia; lo mueven los instintos. Tú filtras por lo humano, por lo racional. Si tu lobo te dijo que ella es, no dudes. Los instintos no se equivocan.
**Te lo dije**, murmuró Balto.
—Eso me tranquiliza —sonreí—. Y más ahora que… nos besamos.
—¿Qué? —Jacob abrió los ojos—. ¿Cuándo?
—Ayer. En la playa. Al atardecer.
—Romántico —rió—. Hijo, no pudiste elegir mejor. Nessie es una princesa de cuentos.
—¿Y ahora qué hago? ¿La invito a cenar? ¿Le pido noviazgo con fuegos artificiales? ¿Llamo a tía Alice?
Jacob soltó una carcajada.
—Nada de eso. El amor de los inmortales es simple y real. Yo no le hice discursos a tu madre. Estuve ahí. La elegí cada día. Hazla sentir protegida, prioritaria, elegida. Eso basta. Y veo que Balto ya empezó.
—Es su almohada favorita para leer —admití.
—Eso sí —añadió—, ve a casa de Edward y Bella. Hazlo formal. No hables de imprimación; ellos ya lo saben. Diles que están saliendo. Eso muestra compromiso.
—Tienes razón.
Nos abrazamos. Fuerte. Verdadero.
Y entendí que la vida seguía desplegándose, tranquila y firme, con una nueva historia de amor que no necesitaba ruido para ser eterna.
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