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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 198

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Capítulo 198: Raíces que vuelven a sostener

**Anthony**

La fiesta de Nessie fue… distinta.

No por la música, ni por las bromas de siempre —Emmett nunca falla—, sino porque por primera vez en mucho tiempo yo podía mirar a mi alrededor sin sentir ese nudo constante en el pecho. Veía a mi familia reír, compartir, existir sin el peso de la tragedia encima. Esa familia que casi pierdo por mis decisiones.

Vi a Elliot y a Nessie juntos. No necesitaban anunciar nada: la forma en que se miraban lo decía todo. Y lejos de dolerme, me sentí genuinamente feliz por ellos.

Me acerqué cuando hubo un respiro entre conversaciones.

—Felicitaciones —les dije—. Se ven… bien. De verdad.

Nessie me sonrió con esa calidez que siempre ha tenido conmigo, y Elliot me dio una palmada en el hombro. Fue simple. Fue honesto.

Más allá, mi padre bromeaba con Edward.

—¿Ya debo decirte consuegro o todavía no? —le decía papá, medio en serio, medio provocando.

—Ni te atrevas —respondió Edward riendo, aunque con ese leve gesto incómodo que siempre lo delata.

Así transcurrió la noche, ligera, como si el mundo nos diera una tregua.

—

Al día siguiente, Carlisle fue claro.

—Estás muy bien, Anthony. Puedes volver a casa. Con cuidados, disciplina… pero ya es momento.

Le dije que quería seguir cazando, pero hacerlo **con ellos**, como debía ser. Nada de atajos. Nada de sombras.

Esa mañana mis padres me recogieron. Volver a la Push fue… respirar de nuevo.

El abuelo Billy me abrazó con fuerza, con lágrimas que no intentó esconder.

—Gracias —murmuró—. Gracias por estar bien.

En mi habitación todo estaba exactamente como lo había dejado. Mamá lo había ordenado con ese cuidado casi sagrado que pone en todo lo que ama.

Me acosté sintiéndome absurdamente afortunado.

Entonces ella entró.

—¿Estás bien, hijo?

—Sí, mamá. Todo está bien.

Se sentó a mi lado.

—Me alegra tanto tenerte aquí…

La miré, dudé un segundo.

—¿Puedes… quedarte un rato conmigo? Hasta que me duerma. Como antes.

Sonrió. Se recostó a mi lado y me abrazó, besándome el cabello con una ternura que me desarmó por completo.

Papá apareció en el marco de la puerta.

—¿Me puedo unir?

—Claro —respondí.

Se acomodó del otro lado y me rodeó con su brazo.

—Bienvenido a casa, hijo.

No pasaron ni dos minutos cuando Elliot irrumpió.

—Ah, no. A mí no me dejan por fuera de esto.

Se lanzó encima de nosotros y terminamos riendo los cuatro, enredados como cuando éramos niños. Y ahí, en medio de esa escena absurda y perfecta, entendí todo lo que había estado dispuesto a perder.

Y lo afortunado que era por no haberlo perdido.

—

Los días siguientes me quedé en la Push. Jugaba cartas con el abuelo, pasaba tiempo con la manada. Quería entender esa parte de mí que siempre había estado ahí, latiendo fuerte.

Ellos me recibieron sin juicios. Solo con alivio.

Aprendí de su disciplina, de su trabajo en equipo. Tenían incluso un centro de acondicionamiento físico dentro de la reservación. Decidí empezar a entrenar; después de todo, mi cuerpo lo necesitaba.

Una mañana llegué temprano. El lugar estaba casi vacío.

Casi.

Ella estaba allí.

Camiseta ancha, pantalones de chándal, cabello negro recogido en una coleta corta. Levantaba pesos que no parecían corresponder con su tamaño. Cuando me sintió, terminó la serie y me miró. No había curiosidad. Ni deseo. Solo evaluación.

—Hola, soy—

—Sé quién eres —me interrumpió—. Eres el hijo del jefe Jacob. Te he visto en la memoria de la manada.

Me recorrió de pies a cabeza, como midiendo cuánto había sobrevivido.

—Entonces ya sabes quién soy —dije—. Y tú eres…

—Quetzaly.

—Oh…

—¿Te molesta si compartimos el espacio? —pregunté.

—Ya me iba.

Recogió sus cosas y se marchó sin mirar atrás.

Me quedé ahí, incómodo. No estaba acostumbrado a ese tipo de reacción.

—

Días después, fui a la playa. El otoño ya se despedía. Desde la arena vi a la manada de Sam: los más jóvenes lanzándose desde los acantilados. Y allí estaba ella. Quetzaly. Sin miedo, sin duda. Los chicos la celebraban, la escuchaban.

Elliot se acercó.

—¿En qué estás tan concentrado?

—¿Concentrado? No… solo entretenido. ¿Esa es la manada de Sam?

—Sí. Los más jóvenes. Los mayores ya son padres, esposos…

—Ella parece… feliz.

—Quetzaly —dijo—. Encontró su lugar.

Me miró con una sonrisa ladeada.

—No me digas que te llamó la atención.

—¿Yo? No. Para nada.

—Ajá…

Guardé silencio.

—Algún día tendrás que asentar cabeza, Anthony. Encontrar una buena compañera.

Negué despacio.

—No nací para el amor, hermano. No así.

—Eso lo dirá el tiempo.

Luego sonrió, como si acabara de descubrir algo curioso.

—¿Sabes qué es lo gracioso? Quetzaly dice exactamente lo mismo.

Y por primera vez en mucho tiempo… no supe qué pensar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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