Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 La distancia que duele
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20: La distancia que duele.
20: La distancia que duele.
** Jacob** No la veo salir de la cabaña.
No hay pasos, ni crujidos, ni ese cambio sutil en el aire que anuncia movimiento.
Sin embargo, algo ocurre.
Lo siento con una claridad incómoda, como un tirón breve en los sentidos, una presencia que se asoma y se repliega en el mismo instante.
Una vacilación.
No es su presencia plena.
Es la intención de estar… y la decisión de no hacerlo.
Como si hubiera llegado hasta el borde de sí misma y, en el último segundo, se hubiera detenido.
Emma.
Me quedo inmóvil entre los árboles, con el cuerpo tenso, los sentidos abiertos, conteniendo el impulso de acercarme.
No doy un paso.
No hago un solo sonido.
Porque lo sé.
Quiso salir.
Y decidió no hacerlo.
Ese conocimiento me golpea más fuerte de lo que esperaba.
No por el rechazo, sino por el esfuerzo que implicó.
No fue una huida limpia.
Fue resistencia.
Cansancio.
Una decisión tomada con algo que ya empieza a dolerle.
—Así que también te cuesta… —murmuro, apenas.
No puedo evitar pensar en su don.
En cómo lo estira, lo usa, lo fuerza para mantenerse lejos.
Y por primera vez, percibo una fisura.
No una falla total.
Pero sí una grieta.
Algo que no es infinito.
Y entonces aparece esa otra sensación.
Más áspera.
Más incómoda.
De nuevo, estoy rivalizando con un vampiro.
No uno que esté aquí.
No uno al que pueda enfrentar.
Un fantasma.
Alguien que estuvo antes.
Alguien que la tocó, la miró, la conoció de formas que yo no.
La idea se me instala en el pecho con un peso que no quiero nombrar, pero que reconozco sin rodeos.
Celos.
No rabia abierta.
No furia.
Celos silenciosos, corrosivos.
Me incomoda pensar que hubo alguien más que tuvo acceso a ella cuando estaba vulnerable, cuando aún no sabía huir como ahora.
Que la conoce en zonas a las que todavía no llego.
Que dejó marcas que no veo, pero que siguen influyendo en cada paso que da.
Aprieto la mandíbula.
No tengo derecho a reclamarle nada.
Ni siquiera a hacerme estas preguntas.
Pero la envidia está ahí, amarga, insistente.
¿La cuidó… o solo la tuvo?
Sacudo la cabeza, frustrado conmigo mismo.
No puedo competir con un pasado que no entiendo.
Solo puedo decidir qué hacer ahora.
Y ahora decido quedarme.
Quedarme lejos.
Quedarme atento.
Quedarme sin invadir.
Aunque ella interprete mi silencio como frialdad.
Aunque crea que no me importa.
El aire cambia.
La vacilación se disuelve por completo.
Emma ya no está en el umbral.
Y lo entiendo, con una claridad que me pesa más que cualquier rechazo directo: esta distancia no nos está protegiendo.
Nos está tensando.
Y hay cosas que, cuando se tensan demasiado, no desaparecen.
Se rompen.
O colisionan.
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