Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 203
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Capítulo 203: Malo conocido
**Quetzaly**
No estaba molesta.
Estaba furiosa.
Salí del aula con el estómago tenso y los dedos apretando el cuaderno con demasiada fuerza.
La profesora Anderson había logrado exactamente lo que yo detestaba: ponerme en una situación en la que debía *depender* de otros.
*Trabajo en equipo.*
*Habilidad comunitaria.*
Bah.
Mientras caminaba por el campus, mi mente repasaba las opciones con fastidio.
Buscar otro grupo implicaba acercarme a desconocidos, explicarles que necesitaba integrarme, casi pedir permiso.
Y, para colmo, hacerlo cuando todos parecían más interesados en trabajar con **él**.
Anthony Black.
El centro gravitacional del aula.
Miradas, susurros, sonrisas calculadas.
Todo ese magnetismo vampírico que lo precedía y que, honestamente, me parecía irritante.
¿De verdad iba a rogarle a un grupo que me aceptara solo para no trabajar con él?
Negué con la cabeza.
*Malo conocido*, pensé.
Y aunque me pesara admitirlo, era preferible tratar con alguien que ya sabía cómo era —arrogante, seguro de sí mismo, demasiado consciente de su atractivo— que someterme a la incomodidad social de negociar con extraños.
Así que sí.
Arregañadientes, había elegido trabajar con él.
Salí del campus y pedí un aventón de regreso a la reservación. Tuve suerte esa tarde, pero mientras el auto avanzaba por la carretera, una idea se me instaló con fuerza.
No podía seguir dependiendo de la buena voluntad ajena para moverme.
Universidad, reservación, entrenamientos, biblioteca…
Necesitaba resolver lo del transporte.
No siempre habría alguien dispuesto a llevarme.
Al día siguiente, ya en la reservación, estaba en el gimnasio.
Ese espacio era mi territorio: olor a metal, esfuerzo, disciplina.
Ahí todo tenía sentido.
Había terminado una serie cuando lo sentí antes de verlo.
—Quetzaly.
Giré apenas la cabeza.
Anthony estaba allí, apoyado en una de las máquinas, con esa expresión despreocupada que tanto me sacaba de quicio.
—Tenemos que hablar del trabajo —dijo—. Son tres etapas, ¿no?
Suspiré.
—Sí. Tres —respondí—. La primera es un rastreo conjunto de literatura sobre arte pictórico. Libros, artículos, fuentes académicas.
Asintió, sorprendentemente atento.
—La segunda es buscar algo en nuestro entorno que represente arte —continué—. Puede ser una escultura, una manifestación cultural, algo propio del territorio.
—Y la tercera —añadió él— es redactar el informe y exponerlo frente a la clase.
Lo miré un segundo, evaluándolo.
—Exacto.
Decidimos aprovechar el tiempo y entrenar mientras hablábamos.
No era mi plan original, pero tampoco iba a desperdiciar la tarde.
Entonces lo vi.
En una serie de levantamientos, Anthony falló.
No de manera escandalosa, pero sí evidente.
Repitió el intento, apretó los dientes… y volvió a fallar.
La frustración cruzó su rostro antes de que pudiera ocultarla.
Eso me desconcertó.
El *galán*, el *invencible*, el que parecía tenerlo todo bajo control…
estaba luchando con su propio cuerpo.
—¿Estás bien? —pregunté, antes de poder detenerme.
Me miró, sorprendido por el tono.
—Sí —dijo—. Todavía estoy recuperándome del todo. Hay días mejores que otros.
No había arrogancia en su voz.
Solo aceptación.
Y, por primera vez, vi algo que no encajaba con la imagen que tenía de él:
vulnerabilidad.
No dije nada más.
Seguimos entrenando, cada uno en lo suyo, pero la atmósfera había cambiado.
Al final, con el sudor aún bajándonos por la piel, cerramos el acuerdo.
—Podemos empezar con la búsqueda documental en mi casa —dijo—. Tengo acceso a buena bibliografía… y espacio.
Lo pensé unos segundos.
—Está bien —acepté—. Pero solo para trabajar.
—Claro —respondió con una sonrisa—. Solo trabajo.
Asentí y tomé mis cosas.
Mientras me alejaba, una parte de mí seguía aferrada a su juicio inicial:
Anthony Black era un Casanova, alguien acostumbrado a que su magnetismo le abriera todas las puertas.
Alguien que creía que todo se le facilitaría solo por ser quien era.
Y aun así…
algo no terminaba de encajar.
Sacudí la cabeza.
No importaba.
Era solo un trabajo.
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