Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 204
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Capítulo 204: Secuelas
**Anthony**
Volví a sentirlo en el gimnasio.
No era rabia.
No exactamente.
Era esa frustración silenciosa que aparece cuando el cuerpo no responde como debería.
Los pesos estaban ahí, inmóviles, desafiantes.
Sabía que antes los habría levantado sin problema. Sabía cómo hacerlo. Mi mente lo recordaba con claridad.
Pero el cuerpo… el cuerpo iba a otro ritmo.
El veneno del vampiro que me mordió no había salido del todo de mi organismo. Carlisle había sido claro: quedaban residuos, rastros que afectaban mi resistencia, mi agilidad, mis reflejos.
De alguna manera cruel, aquello había acentuado mis debilidades humanas.
Y aunque me frustraba, hacía tiempo que lo había aceptado.
Paciencia.
Eso me repetía.
Respiré hondo y dejé los pesos en su lugar. Fue entonces cuando escuché su voz.
—¿Estás bien?
Levanté la mirada, sorprendido.
Quetzaly me observaba con atención genuina, sin burla, sin juicio.
Era la primera vez que me preguntaba algo así.
—Sí —respondí—. Todavía estoy en recuperación.
No entré en detalles. No hacía falta.
Asintió levemente y continuamos hablando del trabajo. Tres etapas. Todo claro. Eficiente. Directo.
Cuando acordamos hacer la primera parte en mi casa, algo dentro de mí se activó.
Un entusiasmo extraño, inesperado.
—
El sábado en la tarde estuve ridículo.
Lo supe mientras abría el armario por tercera vez.
¿Esta camiseta?
¿No, muy informal?
¿Esta otra? ¿Demasiado arreglada?
Me pasé una mano por el cabello, lo acomodé, lo volví a desacomodar.
Suspiré.
*Es solo un trabajo*, me dije.
Pero mi cuerpo no parecía creerme.
El timbre sonó.
Abrí la puerta casi de inmediato.
—Hola —dije.
Quetzaly estaba ahí, con su ropa habitual: sencilla, cómoda, auténtica.
Sus ojos recorrieron la casa apenas entró.
Vi la sorpresa reflejarse en su rostro.
Las paredes estaban llenas de portarretratos.
Fotos de nosotros en distintas edades. Mamá había insistido siempre en inmortalizar cada etapa de nuestra corta infancia.
Había una grande del matrimonio de mis padres.
Otra de cuando Elliot y yo aparentábamos unos cuatro años, disfrazados en Halloween: yo de vampiro, él de hombre lobo.
Sonreí.
—Fue idea de papá —expliqué—. Una especie de broma íntima.
Por un segundo, su expresión se ensombreció. Algo parecido a tristeza cruzó su mirada.
Luego recompuso el gesto.
En ese momento, mamá bajó del segundo piso.
—Oh —dijo con calidez—. ¿Tú debes ser Quetzaly?
—Sí, señora —respondió ella, educada.
—He escuchado de ti. Bienvenida.
—Vamos a hacer un trabajo de rastreo documental —expliqué—. Estaremos en el estudio.
—Perfecto —dijo mamá—. Voy a llamar a Jacob para que traiga pizza.
—Gracias, mamá.
—
Nos instalamos en el estudio. Cada uno frente a un computador.
Ella estaba completamente concentrada: anotaba, buscaba, comparaba fuentes.
Yo… yo la observaba.
La forma en que presionaba el bolígrafo contra sus labios cuando pensaba.
La intensidad de su mirada.
Su ropa ancha, que no intentaba resaltar nada y, aun así, le quedaba bien.
No era desinterés por su cuerpo.
Era seguridad.
No tenía nada que demostrar.
La tarde pasó rápido.
Papá llegó con varias cajas de pizza.
Poco después apareció Elliot y, al verlas, casi se vuelve loco.
Entre él y papá devoraron dos pizzas grandes de pepperoni y litros de Coca-Cola.
Mamá y yo no pasamos de dos porciones.
Quetzaly observaba la escena con curiosidad.
Las risas y bromas llenaron la casa.
—Qué bueno tenerte por acá —dijo Elliot—. Hace mucho que no compartimos.
—Es que alguien por aquí anda muy ocupado con su noviazgo —respondió ella, divertida.
—Culpable —rió Elliot—. Pero prometo retomar los entrenamientos.
—Sabes que eres bienvenido.
Se llevaban bien.
Demasiado bien.
Una punzada incómoda me atravesó el pecho.
—¿Y el trabajo? —preguntó papá.
—Muy bien, Jacob —respondió ella—. Ya terminamos la primera parte. Solo falta definir cuándo hacemos la segunda fase.
—Dime solo Jacob —rió él—. Nada de “jefe”.
—Está bien, señor —contestó ella sonriendo.
—
Cuando se despidió, la acompañé al porche.
—¿Quieres que te acerque? —pregunté, señalando la moto.
—No es necesario —dijo—. Voy a correr.
Señaló el bosque. Entendí de inmediato.
—Está bien. Que te vaya bien.
—Gracias… por hoy.
—No es nada. Vuelve cuando quieras.
Se tensó apenas un segundo.
Luego se dio la vuelta y se internó en el bosque.
Me quedé ahí, viéndola desaparecer entre los árboles, con una sensación extraña instalada en el pecho.
Algo había cambiado.
Y no estaba seguro de si debía alegrarme… o preocuparme.
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