Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 205
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Capítulo 205: La casa por dentro
**Quetzaly**
Salí de la universidad con la decisión tomada.
Malo conocido.
No me entusiasmaba la idea de trabajar con Anthony Black, pero era eso o ir mendigando un grupo que ya me miraba como si fuera un estorbo. Prefería lidiar con el “galán semivampiro” que con sonrisas falsas y condescendientes.
Así que cuando llegué a la Push y vi la cabaña por fuera —esa que siempre había estado ahí, sólida, hermosa, casi mítica— no esperaba que lo que realmente me sacudiera fuera **entrar**.
Anthony abrió la puerta rápido, como si hubiera estado esperando detrás de ella.
—Pasa —dijo.
Di un paso dentro… y me detuve.
La casa era todo lo contrario a lo que imaginaba.
No era fría.
No era ostentosa.
No era un templo de poder.
Era **hogar**.
Había fotos por todas partes. En las paredes, en estantes, en repisas de madera. Fotos de ellos en distintas edades: niños pequeños con sonrisas desdentadas, adolescentes torpes, momentos familiares congelados en el tiempo.
Me acerqué sin darme cuenta.
Ahí estaban Jacob y Emma el día de su matrimonio.
Parecían sacados de una película romántica: él con esa sonrisa amplia y segura, ella con una serenidad luminosa que no se aprende, se es. No parecían inmortales ni criaturas legendarias. Parecían… profundamente enamorados.
Luego vi otra.
Anthony y Elliot, pequeños, disfrazados en Halloween.
Uno de vampiro.
El otro de hombre lobo.
No pude evitar soltar una risa corta, sorprendida.
—¿Eso es…? —pregunté, señalando la foto.
Anthony sonrió, algo avergonzado.
—Idea de mi papá —dijo—. Decía que era una broma privada.
Claro.
Una broma que para cualquier humano era solo un disfraz.
Para nosotros… una confesión disfrazada de juego.
Seguí avanzando, procesando la escena. Aquella casa hablaba de pertenencia, de raíces, de algo que yo había perdido muy temprano.
—¿Te sorprende? —preguntó él.
—Sí —admití—. No es lo que esperaba.
No lo miré cuando lo dije, pero sentí que entendía exactamente a qué me refería.
Subimos al estudio. Cada uno tomó un computador y comenzamos con el rastreo documental: arte pictórico, corrientes, referencias. Anthony trabajaba en silencio, concentrado, sin esa actitud arrogante que yo había dado por sentada.
Eso me desconcertó.
La tarde avanzó sin fricciones.
Y entonces apareció Jacob con cajas de pizza, como si fuera el acto más natural del mundo.
—Trabajo universitario requiere combustible —dijo, dejándolas sobre la mesa.
Elliot apareció poco después y casi celebró el hallazgo como si fuera un milagro. Entre padre e hijo devoraron pizza y rieron como si no existiera nada más importante en el mundo.
Emma observaba la escena con una sonrisa tranquila, y Anthony… Anthony parecía encajar ahí de una forma que no coincidía con la imagen que yo tenía de él.
Me invitaron a sentarme con ellos.
Acepté.
La mesa no era solemne ni rígida. Era ruidosa, viva, llena de bromas, interrupciones y comentarios cruzados. No me sentí una extraña. Nadie me interrogó. Nadie me evaluó.
Solo… me hicieron espacio.
Cuando finalmente nos despedimos, ya de noche, salí de la cabaña con algo incómodo instalado en el pecho.
No había cambiado de opinión sobre Anthony.
Seguía pensando que era peligroso confiar en alguien como él.
Seguía creyendo que su magnetismo le abría demasiadas puertas con demasiada facilidad.
Pero algo era distinto.
Por primera vez, no vi solo al semivampiro arrogante.
Vi al hijo.
Al hermano.
Al chico que había estado a punto de morir… y había vuelto a casa.
Y eso, me gustara o no, complicaba las cosas.
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