Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 207
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Capítulo 207: Lo que no debería importarme
**Quetzaly**
Lo vi.
No fue algo que buscara ver. Simplemente ocurrió.
Salía del aula cuando mis ojos —traicioneros— se desviaron hacia los casilleros. Anthony estaba allí, apoyado con esa postura suya que parece casual pero no lo es. Frente a él, una chica rubia, demasiado cerca, demasiado cómoda. No necesitaba escuchar las palabras para entender la escena: el lenguaje corporal era viejo, repetido, casi cliché.
Claro.
Anthony Black siendo Anthony Black.
Sentí una irritación seca, inmediata. No sorpresa. No dolor. Irritación. Como cuando confirmas una teoría que no querías comprobar.
Seguí caminando. No me detuve. No cambié el ritmo. No me giré.
No soy de escenas.
Mientras avanzaba por el pasillo, una idea me atravesó con una claridad molesta: *siempre tuve razón*.
El hijo rebelde de Jacob. El semivampiro con magnetismo fácil. El casanova que se mueve entre mujeres como si el mundo fuera un buffet abierto.
Y entonces llegó la otra idea, aún más incómoda:
¿Y a mí qué?
Ni siquiera sé por qué estaba pensando en eso.
No me importaba.
No debería importarme.
Eso fue lo que me repetí… justo antes de que me alcanzara.
—No es lo que piensas.
Ahí fue cuando la irritación se convirtió en rabia.
No por la escena.
Sino por el hecho de que él creyera que *yo* necesitaba una explicación.
Me detuve, lo miré con frialdad medida.
—No me interesa.
—No me interesas.
Y lo dije. Claro. Sin elevar la voz. Sin dramatismo.
Lo que me molestaba no era la chica rubia. Era la presunción. La idea de que yo podía verme afectada, tocada, aludida. Como si él tuviera ese poder sobre mí.
Y aun así —odio admitirlo—, hubo una pequeña decepción, silenciosa, escondida en algún rincón incómodo de mi pecho. Porque por un instante había pensado que tal vez… *tal vez*… estaba descubriendo algo distinto en él.
Me fui sin mirar atrás.
—
En el gimnasio lo volví a encontrar.
Yo entrenaba. Él llegó.
Nada nuevo.
Lo traté como siempre: distancia, neutralidad, foco en lo mío. Y entonces habló del trabajo. De los tótems. De una zona profunda del Parque Olímpico.
Ahí sí levanté la mirada.
Porque eso ya no tenía que ver con él.
Tenía que ver conmigo. Con lo que me interesa. Con la historia, con las huellas que no están en los libros.
La idea era buena. Muy buena.
—Lo pensaré —le dije.
Lo pensé.
Y acepté.
No porque fuera Anthony.
A pesar de que fuera Anthony.
—
Quedamos en salir el viernes, después de clases. El lugar era lejano. Demasiado para ir y volver en un día. Campamento. Dos noches. Investigación. Fotos. Registro.
Iríamos en su motocicleta hasta donde el camino lo permitiera. Luego, correr.
Cuando dejamos atrás la última zona con presencia humana, entré en fase sin pensarlo. El bosque me recibió como siempre: abierto, vivo, honesto. Corrí primero, marcando el ritmo… y lo noté.
Anthony no estaba a la altura.
No era torpeza.
Era limitación.
Su respiración era más pesada. Sus movimientos, menos fluidos. El semivampiro seguía siendo fuerte, rápido, pero había algo que no estaba del todo bien. Las secuelas no eran invisibles.
Al principio no reduje el paso.
Luego… sí.
No por compasión. Por estrategia. Necesitábamos llegar juntos.
Me esperó. Lo esperé. Sin palabras.
Al caer la noche armamos el campamento. Fuego pequeño. Nada llamativo. El cielo despejado, brutalmente hermoso.
Nos recostamos sobre la tierra fría, mirando las estrellas. No hablamos mucho. No hacía falta.
En algún momento lo escuché respirar más lento. Dormido.
Giré apenas el rostro para observarlo.
Y pensé —sin ganas, sin permiso— que era realmente muy bonito.
No en ese sentido superficial que todos ven.
Sino en ese otro. Más silencioso. Más peligroso.
Cerré los ojos.
Mañana trabajaríamos.
Eso era todo.
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