Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 208
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Capítulo 208: Donde aprendo a elegir
**Anthony**
Salimos el viernes, tal como lo habíamos acordado.
La moto rugía bajo mis manos y, aunque el camino inicial era conocido, sentía esa mezcla extraña entre expectativa y cautela. No era solo por el trabajo, ni por el campamento, ni siquiera por los tótems. Era por ella. Por lo que despertaba en mí sin proponérselo.
Cuando dejamos atrás la última franja con presencia humana, Quetzaly no dudó. Entró en fase con la naturalidad de quien respira. Su lobo apareció frente a mí: un gris oscuro, cenizo, elegante. No era enorme, pero sí increíblemente ágil. Había algo afilado en su silueta, como si cada músculo estuviera diseñado para la velocidad.
Corrí tras ella.
Y ahí volvió la realidad.
No podía seguirle el ritmo.
No era humillante, ni frustrante como lo habría sido meses atrás. Era simplemente un hecho. Mi cuerpo ya no respondía igual. El veneno que casi me mata había dejado huellas silenciosas: menos resistencia, menos explosividad, reflejos apenas más lentos. Todavía era fuerte. Todavía era rápido. Pero no como antes.
Ella se dio cuenta enseguida.
Al principio siguió adelante. Luego, sin palabras, redujo el paso. No se detuvo del todo. No me esperó con condescendencia. Solo ajustó el trote, como si ese hubiera sido el plan desde el inicio.
Y eso… eso me tocó más de lo que esperaba.
No me sentí incómodo mostrándole esa vulnerabilidad. Con nadie más me habría pasado. Con ella, no. Tal vez porque no había juicio en su gesto. Solo estrategia. Equipo.
Mientras corríamos pensé, inevitablemente, en mi tía Leah. En lo poco que sabía de ella, en las historias de la manada: rápida, feroz, la más veloz cuando era loba. Siempre tuve esa referencia grabada. Ver a Quetzaly moverse así, ligera, precisa, me recordó que algunas cosas no se aprenden: se heredan.
Llegamos al lugar del campamento al caer la noche.
Armamos todo sin hablar demasiado. No hacía falta. El silencio entre nosotros no pesaba; era cómodo, casi necesario. Un fuego pequeño, discreto. El cielo despejado. Dormimos poco, pero bien.
A la mañana siguiente emprendimos el camino hacia los tótems.
Y allí estaban.
Antiguos. Tallados en madera oscura, cubiertos en parte por musgo y tiempo. Hicimos lo que debíamos: fotografías, notas, registro del entorno, símbolos, marcas. Quetzaly estaba completamente en su elemento. Yo la observaba trabajar con una concentración que pocas veces veía en alguien.
Fue entonces cuando escuchamos los disparos.
No eran lejanos. Eran demasiado cercanos.
Nos miramos una sola vez. No hizo falta hablar.
Nos movimos.
Siguiendo el sonido encontramos la escena: un grupo de cazadores dentro de la reserva. Ilegales. Armados. Tras un puma.
Una hembra.
Y no estaba sola.
Los cachorros se escondían entre la maleza, aterrados. Si ella caía, ellos no durarían ni un día.
Algo oscuro se removió dentro de mí. Esa parte que conoce la violencia, que entiende lo fácil que sería acabar con quienes hacen daño. Durante un segundo, sentí esa vieja tentación: *ellos se lo merecen*.
Quetzaly entró en fase de nuevo.
Uno de los cazadores la vio.
Apuntó.
Todo ocurrió en un instante.
Me lancé antes de pensarlo. Tomé el arma por el cañón, desvié el disparo y empujé al hombre contra el suelo. Pude haberlo matado. Sabía exactamente cómo. El impulso estaba ahí, claro, afilado.
No lo hice.
En el forcejeo, otro de ellos cayó mal. El disparo se fue. Sangre. Mucha.
Demasiada.
El olor me golpeó de lleno.
La tentación fue brutal. Ardiente. Familiar.
Tragué saliva. Cerré los ojos un segundo. Pensé en mi madre. En mi padre. En todo lo que había prometido no volver a cruzar.
Y elegí.
Arranqué mi camiseta, improvisé un torniquete, presioné la herida. Lo ayudé. *A él*. Al mismo hombre que minutos antes estaba dispuesto a matar a una criatura protegida.
Luego, con una maniobra precisa —aprendida en un pasado que prefería no recordar— los dejé inconscientes. A todos.
Cuando todo terminó, me giré.
Quetzaly me observaba.
No con miedo. No con rechazo.
Con algo cercano a la perplejidad.
Y ahí entendí que, por primera vez en mucho tiempo, había elegido bien.
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