Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 209
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Capítulo 209: Entre el instinto y la elección
** Quetzaly**
El bosque guardaba un silencio antiguo mientras avanzábamos hacia los tótems.
No era un silencio vacío, sino uno cargado de historias, de capas superpuestas de pasos, rezos y manos que tallaron símbolos cuando el mundo aún no había aprendido a olvidar.
Trabajé concentrada. Fotografías, notas, referencias. Los tótems no estaban ahí solo como piezas de madera: eran memoria viva. Cada figura tenía intención, cada marca un propósito. Me movía entre ellos con respeto, tocando apenas lo necesario, leyendo lo que el tiempo no había logrado borrar.
Anthony se mantuvo a mi lado, atento, menos parlanchín de lo habitual. No estorbaba. Observaba. Anotaba. Escuchaba.
Me sorprendió gratamente.
Fue entonces cuando sonaron los disparos.
El sonido cortó el aire como un latigazo. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Entré en fase sin pensarlo; el mundo se volvió velocidad y filo. Localicé el peligro en segundos: cazadores, armas, miedo animal impregnando el viento.
Vi al puma.
Hembra.
Crías.
La rabia me quemó por dentro.
Salí del follaje y uno de ellos me vio. Apuntó. Yo podía esquivar esa bala sin problema; mi cuerpo ya estaba calculando el movimiento cuando, de pronto, Anthony apareció en mi campo de visión.
Se interpuso.
El disparo no ocurrió.
Lo vi desarmar al hombre con una rapidez que no esperaba. Vi la violencia contenida en cada gesto, la facilidad con la que podría haber ido más lejos… y cómo eligió no hacerlo.
Eso me detuvo.
Yo quería destajarlos. Con mis propias fauces, si era necesario.
Él también lo quería, lo sentí. Pero lo vi luchar consigo mismo. Con esa parte oscura que empuja a castigar, a imponer justicia con sangre.
Y aun así, cuando uno de ellos cayó herido y la sangre brotó con fuerza, Anthony no cedió.
No bebió.
No atacó.
Salvó su vida.
Ese acto, simple y brutalmente humano, me descolocó más que cualquier muestra de fuerza.
Cuando todo terminó, arrastramos a los cazadores hasta un claro donde sabíamos que los guardabosques pasarían. Atados, inconscientes, vivos. El puma y sus crías ya estaban lejos, a salvo.
Seguimos caminando hasta encontrar una fuente de agua. Cristalina. Fría. Necesaria.
Anthony se arrodilló primero, lavándose las manos, los brazos… la sangre. Yo lo imité, dejando que el agua se llevara el olor metálico, la tensión, el eco de los disparos.
Entrar al agua implicaba dejar ropa atrás. No era pudor; era practicidad.
Fue entonces cuando lo miré de verdad.
Su cuerpo era fuerte, trabajado, pero no perfecto. No de esa perfección vacía que muchos persiguen. Tenía cicatrices. La del cuello, visible, indeleble. Otras en las costillas, marcas de algo que había dolido de verdad. De algo que casi lo mata.
Pensé en lo que había resistido.
En lo cerca que había estado de no estar aquí.
Y sentí, contra mi voluntad, gratitud. Profunda. Silenciosa.
Él también me miró. Con disimulo, creyendo que no lo notaba. Y por primera vez desde que lo conocía, fui yo la que se sintió… observada de otra manera. No evaluada. No deseada con ligereza.
Intimidada.
El agua seguía su curso, indiferente a mis pensamientos. Yo respiré hondo, recordándome que nada había cambiado.
Pero en el fondo, muy en el fondo, supe que no era del todo cierto.
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