Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 La distancia se vuelve frágil
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21: La distancia se vuelve frágil.
21: La distancia se vuelve frágil.
** Emma ** Pasados unos días en esta dinámica desgastante, por más que intento adaptarme, me ha costado lo indecible.
Esta tarde la temperatura en la montaña ha descendido con rapidez, y mis sentidos me advierten que una tormenta fuerte está por caer.
Pienso en Jacob de inmediato.
¿Dónde se guarnecerá?
Como era de esperarse, la tormenta se desata con mucha más violencia de la que anticipé.
Me asomo a la ventana y percibo su presencia: está cerca.
Salgo de la casa y lo encuentro resistiendo el peso del agua con su cuerpo enorme, en su forma lupina.
—Jacob —lo llamo—.
Entra a la casa.
No es seguro soportar este clima así.
Me mira sorprendido y, con un leve movimiento de cabeza, me da a entender que debe ir por algo.
Lo comprendo y espero.
Escucho un clic apenas perceptible en el aire, la señal inequívoca de su transformación.
Aparece entonces en su forma humana, ya vestido, contemplándome en silencio mientras la tormenta arrecia a nuestro alrededor.
—Vamos —le indico.
Corremos juntos hacia la cabaña, luchando contra el viento.
Al llegar, empapados, voy a la habitación por toallas y le entrego una para que se seque.
—Perdón —dice—.
No quisiera invadir tu espacio.
—Descuida —respondo—.
Yo te estoy invitando.
Eso no es invadir.
Me observa un segundo, evaluando mis palabras.
—Está bien —contesta—.
Gracias.
Reparo entonces en su ropa completamente mojada.
—Deberías cambiarte, al menos la camiseta —le sugiero—.
Puedo ponerla a secar.
Duda un instante.
—No tengo más —admite, con cierta vergüenza—.
Ya sabes… los lobos no viajamos con equipaje.
Esta ropa fue idea de un amigo.
No pensé que la necesitaría.
Asiento.
Encontrarse conmigo claramente alteró sus planes.
Finalmente acepta.
Se quita la camiseta y la visión de su torso semidesnudo me toma por sorpresa.
Trago saliva e intento disimular mi reacción.
Recibo la prenda y la dejo cerca del calefactor.
Le indico la sala.
Al estar alfombrada, se quita los zapatos y se sienta en uno de los sillones.
Sus ojos recorren la estancia con curiosidad.
Se me ocurre algo para entrar en calor.
Tras cambiarme la ropa mojada, saco una botella de tequila y le ofrezco un vaso.
Me observa con desconcierto.
—Para el frío —explico.
Acepta.
Bebemos.
El calor desciende lentamente por el cuerpo.
—Sabe bien —dice.
Me siento frente a él.
—Tengo curiosidad —añade—.
¿Cómo conseguiste esta cabaña en un lugar así?
—La construí —respondo con tranquilidad.
Guarda silencio.
—Cuando tienes tiempo… y la capacidad de aprender, no es tan difícil.
Afuera, la tormenta golpea con fuerza.
La lluvia cae en cortinas densas, el viento sacude la madera.
—¿Otro trago?
—ofrezco.
Asiente.
La noche transcurre entre conversaciones triviales.
No tocamos el tema de nuestra distancia, solo hablamos de cosas simples: curiosidades sobre mi forma de vida, detalles de la suya.
El líquido desciende en la botella y, aunque el alcohol no nos afecta como a los humanos, sí relaja las tensiones.
Sin darme cuenta, estamos sentados en la alfombra, hombro con hombro.
No recuerdo de qué reíamos.
Solo sé que, de pronto, la risa se apaga y quedan nuestras miradas fijas, nuestros rostros demasiado cerca.
Siento el deseo.
Lo veo reflejado en sus ojos.
Sus labios están a centímetros.
Su aliento mentolado y tibio me envuelve como una invitación silenciosa.
Todo en mí se tensa, alerta… y deseoso.
Sé que debería retroceder.
Sé que esta cercanía es peligrosa.
No lo hago.
Estoy embriagada, más por él que por el licor.
Y ahí, vencida por completo, le dejo acercarse para que una sus labios a los míos y se concrete nuestro primer beso.
Es intenso.
Inesperadamente suave.
Como si me besara con cuidado… y hambre al mismo tiempo.
Respondo sin pensar.
Mis manos buscan su rostro, lo acuno entre ellas y lo atraigo más hacia mí.
Por un instante, el mundo se reduce a ese contacto, a la forma en que su boca se mueve contra la mía, firme pero contenida.
Entonces sucede.
No es él.
No es este momento.
Es otra memoria que irrumpe sin permiso.
Una sensación conocida de pérdida de control.
Un recuerdo que no quiero revivir.
Mi cuerpo se tensa.
La respiración se me corta.
—Espera… —susurro, separándome de golpe.
Jacob se detiene al instante.
Queda inmóvil.
—Está bien —dice—.
Lo siento.
No pregunta.
No insiste.
Eso duele… y alivia al mismo tiempo.
Me giro, necesitando espacio.
La tormenta sigue rugiendo afuera, pero aquí dentro el verdadero caos es otro.
—No hiciste nada mal —logro decir, sin mirarlo—.
Solo… necesito tiempo.
Lo siento moverse detrás de mí, pero mantiene la distancia.
—Tómalo —responde—.
Todo el que necesites.
Cuando por fin me atrevo a mirarlo, sus ojos están oscuros, intensos, pero tranquilos.
No hay presión en ellos.
Solo una decisión silenciosa.
Entiendo entonces algo que me sacude más que el beso mismo: si voy a estar con él, no será huyendo.
y si él va a estar conmigo, será esperando.
La tormenta afuera continúa.
Pero la distancia entre nosotros… ya no es la misma.
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