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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 210

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Capítulo 210: El río y el límite

**Anthony**

El agua corría fría, clara, arrastrando con ella el rastro de lo ocurrido. Me arrodillé en la orilla y dejé que el río se llevara la sangre de mis manos, como si también pudiera llevarse el eco de los disparos, el olor del miedo, la pulsión antigua que había tenido que morderme por dentro para no cruzar otra línea.

Sentí su mirada antes de verla. No era la misma de siempre. No era la mirada alerta, desconfiada, que me medía como si yo fuera un riesgo latente. Era distinta. Más detenida. Como si, por primera vez, me estuviera observando de verdad.

Levanté la vista.

Quetzaly estaba a unos pasos, el cabello aún húmedo, la piel encendida por el frío y el esfuerzo. La ropa que le quedaba era mínima, apenas lo necesario después de entrar en fase y volver. Nunca la había visto así. Nunca me había permitido verla así.

No fue deseo inmediato, no como el que conocía. Fue otra cosa. Un golpe silencioso.

La belleza de Quetzaly no tenía nada que ver con lo que suele atraer miradas. Era fuerte, directa, casi solemne. Sus pómulos marcados, el mentón firme, las cejas oscuras delineando unos ojos negros profundos que parecían guardar historias antiguas. Su piel tenía un tono que cambiaba con la luz: canela, cobriza, con destellos rojizos que recordaban a la tierra húmeda después de la lluvia. Un color que reconocía, que me era cercano. Mi padre. Mi madre. Raíces que no se enseñan, se sienten.

Su cuerpo era esbelto, armonioso, sin artificio. No había intención en mostrarse, solo necesidad. Y aun así… era imposible no verla. Sus manos, pequeñas pero fuertes. Sus pies hundiéndose en la arena húmeda. Todo en ella hablaba de control, de presencia.

Crucé su mirada. Y entonces lo vi.

Una reacción. Breve. Un destello que no estaba antes.

Algo en mí respondió. No el instinto que devora, no el que usa y se va. Fue otro. Más peligroso. Más honesto.

Me acerqué sin pensarlo demasiado. El mundo parecía reducido a ese espacio mínimo entre los dos, al sonido del río, a su respiración. Incliné apenas el rostro, guiado por una certeza torpe, creyendo —equivocadamente— que ese momento pedía un gesto.

Y entonces—

El golpe fue seco.

La bofetada me devolvió al cuerpo, a la realidad, al peso exacto de lo que había intentado hacer.

—No —dijo, con la voz firme, sin temblor—. No hagas eso.

La miré, aturdido.

—No olvides quién soy —continuó—. No soy como las mujeres que tú frecuentas. Nunca lo he sido. Y nunca se te vuelva a ocurrir tratar de acercarte a mí de esa manera.

El silencio cayó pesado entre nosotros.

—Hoy vi cosas en ti que no conocía —añadió—. Cosas que puedo respetar. Incluso admirar. Pero eso no te da ningún derecho a sobrepasarte conmigo.

La vergüenza me atravesó más fuerte que el golpe.

—Lo siento —dije al fin—. De verdad. Me dejé llevar. No debí hacerlo. Te juro que no volverá a pasar.

No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada unos segundos más, como asegurándose de que entendiera. Y entendí.

Regresamos con el trabajo hecho, con las pruebas, con el silencio instalado de otra forma. El camino de vuelta fue largo, pero claro.

Por primera vez, no me sentí rechazado. Me sentí ubicado.

Quetzaly no era un reto. No era una tentación. No era alguien que pudiera encajar en los moldes que yo conocía. Era una frontera. Y cruzarla sin permiso era perderla para siempre.

Mientras caminábamos, tomé una decisión silenciosa: respetarla no sería una estrategia, ni una espera calculada. Sería un principio.

Había algo en ella que me había cambiado la forma de mirar. Y, por primera vez, entendí que lo que realmente me atraía de una mujer no era lo fácil que podía ser tocarla, sino lo imposible que sería hacerlo sin merecerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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