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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 211

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Capítulo 211: Lo que no estaba en mis planes

**Quetzaly**

El río seguía su curso como si nada hubiera ocurrido, como si no acabara de atravesarme una conmoción que no sabía cómo nombrar. El agua fría me llegaba a las pantorrillas, pero no era eso lo que me hacía temblar.

Fue el intento de beso.

No solo el gesto en sí. No solo su cercanía repentina, su respiración, su mano aún húmeda de sangre ajena. Fue la oleada que me atravesó justo antes de reaccionar. Ese segundo mínimo, traicionero, en el que una parte de mí **lo quiso**.

Y eso fue lo que más me asustó.

Por eso la bofetada salió con tanta fuerza. No fue solo para detenerlo a él. Fue para detenerme a mí.

Desde siempre me había definido de la misma manera: no me interesaban las relaciones románticas. Nunca. A mis veinte años no había tenido novio, ni primer beso, ni siquiera una inquietud real por tenerlos. Las historias de amor me parecían absurdas; las relaciones reales, respetables, sí, pero ajenas. Algo que le pasaba a otros.

Había visto suficientes ejemplos en las manadas: la imprimación, los vínculos absolutos, la forma en que el amor podía volverse una fuerza avasallante. Yo no quería eso. Y estaba convencida de que no lo tendría.

Mientras fuera loba, no me imprimiría. Eso creía. Tenía referentes. Casos como el de Leah Clearwater, que nunca se imprimó de nadie. Y sabía de otros en los que, una vez perdida la fase, la historia cambiaba. Pero no era mi caso. Yo estaba cómoda con lo que era. Con quien era.

Por eso, cuando Anthony dejó de ser solo el “problema con cara bonita” y empezó a mostrarse como un hombre —con límites, con vulnerabilidades, con heridas que no eran solo físicas— algo se desordenó dentro de mí.

No estaba preparada para admirarlo.

Mucho menos para sentirme atraída.

Su disculpa fue inmediata. Sincera. Lo vi en sus ojos. Y eso, lejos de aliviarme, me confirmó que tenía que poner un límite definitivo. Porque no estaba buscando eso. No quería abrir un espacio que nunca había existido en mi vida.

Decidí que, terminando el trabajo, tomaría distancia. La suficiente. No permitiría que se cultivara nada para lo que no estaba preparada ni tenía intención de estarlo.

Cumplimos con lo académico sin más incidentes. La presentación salió bien. Las fotografías, el análisis de los tótems, el trabajo escrito: todo sólido. La profesora, como era de esperarse, empezó a dirigir los elogios hacia Anthony. Demasiados.

Y entonces él hizo algo que no anticipé.

—Profesora —dijo—, la mayor parte del trabajo fue mérito de Quetzaly. Este tema es su campo. Si alguien debe llevarse los créditos, es ella.

Me quedé helada.

La profesora corrigió, me felicitó, destacó mi investigación. Yo asentí, rígida, incómoda. Cuando salimos del aula, lo busqué de inmediato.

—No necesito que me defiendas —le dije—. Ni que hagas cosas por mí. No te lo pedí.

—No lo hice por eso —respondió con calma—. Solo dije la verdad. Trabajaste más duro. Este es tu campo. No hay segundas intenciones.

Eso no evitó que me sintiera invadida. Enfadada. Vulnerable.

—El trabajo ya terminó —dije, cortante—. Ya tenemos la nota. A partir de ahora, limítate a hacer tus cosas y déjame en paz. No quiero más acercamientos.

Vi la tristeza pasar por sus ojos, breve pero real.

—Lo respeto —contestó—. No te volveré a molestar.

Y eso… eso no me dio la tranquilidad que esperaba.

Me dejó un vacío extraño. Una sensación amarga. Como si, en el fondo, hubiera querido que se negara. Que insistiera. Que demostrara algo. Y me molestó aún más descubrir ese pensamiento.

Los días siguientes lo confirmé desde lejos. En una clase electiva de deporte, tuve que ser cuidadosa de no mostrar más fuerza de la debida. Mientras me cambiaba, escuché a dos chicas hablar.

—¿Supiste que volvió a rechazar a otra?

—Sí. Antes todas caían. Este semestre, ninguna.

—Dicen que ya no anda en esas.

Me quedé quieta.

¿Por qué había cambiado?

La pregunta se me quedó adherida como una astilla incómoda. Y por más que me repetí que no me importaba, que no era asunto mío, supe que algo había empezado a resquebrajar mis certezas.

No porque quisiera algo con él.

Sino porque, por primera vez, alguien estaba moviendo un territorio que yo creía inexistente en mí.

Y eso… eso no estaba en mis planes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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