Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 212
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Capítulo 212: El peso del silencio
**Anthony**
La exposición había salido mejor de lo esperado. Las diapositivas estaban claras, el recorrido por los tótems había despertado interés genuino y el trabajo escrito había sido sólido. La profesora Anderson no escatimó en elogios… especialmente hacia mí.
Y por primera vez, eso no me produjo ninguna satisfacción.
—Excelente trabajo, Anthony —dijo con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien—. Se nota tu sensibilidad artística.
Sentí una incomodidad rara, casi física.
—Profesora —interrumpí—, el mayor crédito es de Quetzaly. Este tema es su campo. Yo aporté, sí, pero ella hizo el trabajo más profundo.
La vi tensarse a mi lado. Su mandíbula se endureció apenas.
La profesora corrigió el rumbo, la felicitó a ella, habló de su investigación sobre las raíces indígenas y el valor del trabajo de campo. Yo asentí, aliviado.
Pensé que había hecho lo correcto.
Me equivoqué.
Apenas salimos del aula, ella me alcanzó.
—No necesito que hagas eso por mí —me dijo, directa—. No te lo pedí.
—No lo hice para ayudarte —respondí con calma—. Dije la verdad.
—No necesito que me defiendan ni que hablen por mí —insistió—. Ya terminó el trabajo. Ya tenemos la nota. A partir de ahora, haz tus cosas y déjame tranquila.
La palabra *tranquila* me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
—Lo respeto —dije, tragándome cualquier otra cosa—. No te volveré a molestar.
Y cumplí.
Desde entonces cambié mis rutinas. Empecé a entrenar en el gimnasio de la reservación **muy** temprano, antes de que amaneciera del todo, para no cruzar horarios con ella. No era huir; era respeto. Quería que no se sintiera observada, invadida, incómoda por mi sola presencia.
En la universidad hacía un esfuerzo consciente: si la veía por los pasillos, tomaba otro camino. Si estaba en la biblioteca, elegía otra mesa. Me costaba —más de lo que admitiría—, pero prefería cargar con esa incomodidad yo antes que imponérsela a ella.
Por primera vez en mi vida, una mujer no solo me rechazaba, sino que me pedía distancia… y yo no tenía ningún derecho a ignorarlo.
Me sentí insuficiente. Rechazado. Y ese sentimiento abrió una grieta incómoda dentro de mí.
Pensé en todas las veces que jugué con mujeres. En lo fácil que siempre había sido. En cuántas quizá sí sintieron algo real por mí y yo jamás me detuve a considerarlo. Siempre salí ileso. Siempre fui el que se iba.
Esta vez no.
Así que hice lo único que podía hacer: respetar su decisión.
Ajusté aún más mi disciplina. Volví a cazar estrictamente con los Cullen, entrené con constancia, dormí menos. Dejé por completo cualquier tentación: ni bares, ni coqueteos, ni juegos. Solo rutina y control.
Y retomé algo que había abandonado hacía años: la guitarra eléctrica.
Por las tardes me encerraba a tocar. Cuando éramos adolescentes, Elliot, Nessie y yo soñábamos con formar una banda. Yo en la guitarra, Elliot en la batería, Nessie al piano y cantando. Éramos buenos. Muy buenos. Pero lo dejamos atrás, como tantas cosas.
Una tarde, mientras tocaba una melodía lenta, cargada de notas largas y melancólicas, sentí una presencia en la puerta.
—Es triste… —dijo Elliot—. La melodía, digo.
Me giré, algo sorprendido.
—Supongo que sí —admití—. Últimamente lo estoy un poco.
—Se nota —dijo sentándose—. No mucho, pero lo siento. No olvides que somos mellizos. Hay cosas que no necesitas decir para que yo las perciba.
—Siempre has sido mejor que yo en eso —murmuré.
—No es verdad —respondió—. Cuando te apartaste de Nessie, sé que en parte lo hiciste por mí.
Asentí despacio.
—Creo que lo mío con ella fue más narcisismo que amor —dije al fin—. Saber que le gustaba alimentó algo en mí… pero no era real. Tú sí tienes algo verdadero con ella. Yo no tenía nada que ofrecerle.
Elliot me miró con atención.
—¿Y ahora? —preguntó—. Porque no suenas así solo por eso.
Suspiré.
—Porque creo que… ya sé lo que es que alguien te guste de verdad.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—No… —dijo—. ¿Quién?
Me removí incómodo.
—Es alguien cercano —respondí, con cuidado.
—¿Cercano cómo? —insistió—. ¿La conozco?
Negué con la cabeza.
—No logro imaginar quién podría haber llamado tu atención de esa manera — Me dijo pensativo.
No quería exponerla. Sabía cómo funcionaba la memoria colectiva de los lobos: una chispa bastaba para encender rumores. Y ella, más que nadie, se sentía incómoda con el tema de las relaciones sentimentales. Yo no iba a ser quien la pusiera en esa posición.
Elliot me observó un momento, entendiendo más de lo que yo había dicho.
—Entonces es serio —concluyó.
No respondí. Volví a pulsar las cuerdas de la guitarra. La melodía siguió, lenta, profunda.
Así llegamos al final del semestre. Las clases terminaron y comenzaron las vacaciones. Para mí no hubo cambios espectaculares: seguí con la misma disciplina, sin mujeres, cazando bien, entrenando, tocando música. Noches tranquilas, días ordenados.
Descubrí que el silencio también podía ser una forma de cuidado.
Y que, a veces, respetar a alguien significaba aprender a estar lejos sin dejar de sentir.
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