Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 214
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Capítulo 214: El pulso de la montaña
**Anthony**
La expedición de caza había sido larga.
Nos internamos varios días en una montaña lejana, lo suficiente como para que el mundo cotidiano quedara atrás. Allí, el tiempo se medía de otra forma: por el cansancio del cuerpo, por el silencio profundo del bosque, por el ritmo compartido de quienes cazábamos juntos.
Éramos Nessie, Bella, Edward y yo. Acampábamos, organizábamos rutas, cazábamos por turnos. No había prisa, solo disciplina. Y una calma extraña que solo aparece cuando todo está en equilibrio.
Una noche, sentados alrededor del fuego, mientras Nessie tarareaba una melodía suave casi sin darse cuenta, me animé a hablar.
—He vuelto a tocar la guitarra —le dije, como quien confiesa algo pequeño.
Ella alzó la mirada, sorprendida.
—¿En serio? —sonrió—. Eso es genial, Anthony. ¿Por qué no lo retomamos? Aunque sea por hobby.
Hizo una pausa, pensativa.
—Podríamos montar una canción… tú en la guitarra, Elliot en la batería, yo al piano.
—¿Cuál? —pregunté.
Nessie sonrió con esa chispa suya que siempre anunciaba travesuras.
— Leave the door open.
Me reí, negando con la cabeza.
—Tiene estilo… y alma —admití—. Cuando volvamos se lo proponemos a Elliot.
—Hecho —dijo, extendiendo la mano como si selláramos un pacto infantil.
A unos metros, Balto merodeaba. No con celos, no con tensión. Solo presente. Siempre vigilante, siempre cuidándola. Ya me había acostumbrado a su forma silenciosa de existir.
Cuando regresamos a la Push, el pueblo estaba alborotado.
Se acercaban los **Pow Wow**, los festivales donde la comunidad quileute celebraba su historia, su cultura y su raíz. No eran solo encuentros festivos; eran actos de memoria viva. Había cantos, tambores, relatos ancestrales y, sobre todo, danza.
El día central del Pow Wow llegó envuelto en fuego, humo y música.
Los tambores marcaron un pulso profundo, primitivo, que se sentía directamente en el pecho. El círculo se abrió y entonces la vi.
Quetzaly.
Vestía atuendos tradicionales quileute, pero su danza no era la más antigua del repertorio ceremonial. Era **Hoop Dance**, una fusión poderosa entre lo ancestral y lo contemporáneo, una forma moderna de expresión indígena que honraba el pasado sin quedarse anclada en él.
Cada movimiento suyo era firme, preciso, cargado de intención. No bailaba para agradar ni para ser observada; bailaba porque pertenecía.
Porque su cuerpo entendía el ritmo de su pueblo.
Su piel canela brillaba bajo la pintura ritual. Sus músculos se tensaban y se liberaban al compás del tambor. Era fuerza, identidad y libertad en un mismo gesto.
Me quedé inmóvil, completamente extasiado.
Nunca la había visto así.
Nunca la había visto tan poderosa.
Cuando me di cuenta de que la estaba mirando demasiado, bajé la vista y di un paso atrás. No quería invadir ese espacio que era tan suyo. No quería romper ese momento.
Me giré para irme.
—Anthony —escuché su voz detrás de mí.
Me detuve.
—Perdón —dije, sin girarme—. No quería incomodarte.
—No me estás incomodando —respondió con calma—. Y no es necesario que sigas evitándome.
Me giré entonces. La miré a los ojos.
—Pensé que era lo que querías —admití.
Negó suavemente con la cabeza.
—No exactamente —dijo—. No era esto lo que me imaginaba… y tampoco es lo que quiero ahora.
No supe qué decir. Solo asentí, dejándole espacio.
—Puedes quedarte —añadió—. Si quieres.
Algo había cambiado. No sabía qué, ni por qué. Solo sabía que su voz ya no era dura ni defensiva. Era cauta, sí, pero abierta.
Y yo… yo estaba dispuesto a moverme con la misma cautela.
Mientras los tambores del Pow Wow seguían marcando el pulso de la noche, pensé en la canción que pronto tocaríamos.
**Dejar la puerta abierta** ya no era solo una melodía.
Tal vez también era una forma nueva de estar.
De mirar.
De esperar.
Y por primera vez, no sentí la necesidad de apresurar nada.
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