Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 217
- Inicio
- Todas las novelas
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 217 - Capítulo 217: Lo que no sabía nombrar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 217: Lo que no sabía nombrar
**Quetzaly**
Había aprendido, poco a poco, a permitir que algo existiera en mi vida sin ponerle nombre.
No me atrevía a llamarlo amor.
Tampoco noviazgo, ni relación, ni nada que sonara a promesa o a dirección fija. Nombrar era delimitar, y yo todavía no entendía el territorio que estaba pisando.
La manada tampoco lo hacía.
Nadie me preguntaba nada. Nadie insinuaba nada.
Era como si todos hubieran entendido que lo que yo estaba viviendo no soportaría palabras ajenas.
No podía pensar en Anthony como los demás piensan en alguien a quien quieren. No lo imaginaba como pareja, ni como compañero, ni como destino. Me parecía una traición a mí misma siquiera intentarlo. Pero estaban los hechos. Y los hechos, a diferencia de los pensamientos, no se pueden negar.
Los fines de semana que buscábamos pasar juntos sin llamarlos citas.
Las tardes de entrenamiento compartido, donde me propuse ayudarlo con su recuperación, con su cuerpo aún resentido, con esa frustración que a veces le tensaba los hombros cuando no rendía como esperaba.
Las miradas nuevas en la universidad después de las vacaciones, cuando ya no huía de mí ni yo fingía no verlo.
Las veces en que me esperaba con la moto para llevarme a casa, sin imponer, sin exigir, como si ese gesto fuera solo una extensión natural del día.
A veces iba a su casa.
Lo veía tocar la guitarra, perderse en la música, concentrarse como si allí no existiera nada más. O simplemente compartíamos el silencio haciendo cosas distintas, pero juntos.
Para su familia, mi presencia dejó de ser novedad sin que nadie lo anunciara.
No hubo interrogatorios, ni miradas incómodas, ni expectativas proyectadas. Solo una aceptación tranquila de aquello que fuera que estábamos construyendo sin darnos cuenta.
Anthony, a su vez, empezó a confiarme más cosas. Pensamientos que no decía en voz alta, estados de ánimo que lo sorprendían, grietas emocionales que todavía sangraban de vez en cuando. Yo no sabía cómo consolar. Nunca fui buena para eso. No tenía palabras suaves ni fórmulas aprendidas.
Por eso aquella tarde de domingo lo llevé al bosque.
A un lugar que era mío desde antes de que él existiera en mi mundo. Un claro sin nombre, al que iba cuando necesitaba pensar, cuando tenía que recordar quién era sin interferencias.
Él me siguió sin preguntar.
Nos sentamos uno junto al otro. El silencio no era incómodo. Era necesario.
Me habló de su preocupación, de esa sensación de estar siempre reconstruyéndose, de no saber si alguna vez terminaría de hacerlo. Yo escuché con atención. No quise endulzar lo que decía ni minimizarlo. Tampoco podía ser indiferente. Así que fui honesta. Objetiva. Presente.
Cuando el silencio volvió a instalarse, tomé su mano.
No fue un gesto impulsivo.
Fue una decisión.
Al principio se sorprendió, lo sentí en la rigidez de sus dedos. Luego dejó la mano allí, quieta, como si entendiera que ese era mi idioma.
No sabía qué decirle. Así que actué.
—No sé hacer esto como los demás —le confesé.
No levantó la mano. No se movió. Solo me miró, tratando de comprender de qué hablaba.
Me giré para quedar frente a él.
Entonces dijo, con una calma que me sostuvo:
—No tienes que hacerlo como nadie.
Y en ese silencio me incliné.
Mi primer beso.
Algo que jamás imaginé necesitar ni buscar. Sus labios tenían una mezcla extraña de frío y calor. Su aliento, dulce, me recorrió como una corriente inesperada. No fue largo. No me atreví a sostenerlo demasiado.
Entrecerré los labios apenas y él, con un cuidado casi reverencial, atrapó mi labio inferior. No me abrazó. Sus manos permanecieron quietas. Sus ojos, cerrados.
Cuando nos separamos, no sonrió. No intentó repetir el gesto. Solo apoyó su frente contra la mía y dijo:
—Gracias.
No supe qué responder.
Así que me quedé.
Con la frente apoyada en la suya, respirando, sin saber si lo había hecho bien, sin manual, sin referencia previa.
Pero entendí algo.
Más que un impulso, aquel beso había sido una decisión consciente.
Una forma de admitir que, a pesar de todas mis resistencias, quería estar a su lado.
Y que él, con su paciencia silenciosa, estaba dispuesto a esperarme allí.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com