Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 218
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Capítulo 218: Lo que no sabía pedir
**Anthony**
Nunca en mi vida había sido así.
Yo, que siempre supe leer miradas, medir silencios, provocar sonrisas; yo, que entendía el deseo como un terreno que se recorría con soltura y sin miedo… con Quetzaly todo eso parecía haberse evaporado.
Y, paradójicamente, no me sentía limitado.
Me sentía… contenido. De una forma nueva. Extraña. Buena.
Había decidido ir a su ritmo desde el primer momento. No porque me lo pidiera, sino porque algo en ella me lo exigía sin palabras. Y lo inesperado fue descubrir que ese ritmo no me frustraba. Al contrario, me abría puertas que jamás había cruzado.
Gestos pequeños. Silencios largos. Miradas que no pedían nada, pero lo decían todo.
Por eso, cuando tomó mi mano aquella tarde en el bosque, sentí la sorpresa recorrerme como una descarga lenta. No fue un gesto aprendido, no fue torpeza fingida ni estrategia. Fue decisión. Pura y honesta.
Y luego vino el beso.
Tan sencillo.
Tan breve.
Tan absolutamente cargado de significado.
Su cercanía me desarmó.
Sus labios, carnosos, tibios. Su aliento cálido rozándome como si activara algo que nunca había sentido, ni siquiera en mis encuentros más intensos. Me sentí… inexperto. Vulnerable. Y, al mismo tiempo, profundamente elegido.
No hubo prisa.
No hubo posesión.
No hubo manos aferrándose ni cuerpos reclamándose.
Solo ese instante suspendido donde entendí que estaba frente a algo extraordinario.
Ella, que jamás se había planteado un romance.
Yo, que había jurado no volver a vincularme, aunque por razones muy distintas.
Y sin embargo, allí estábamos. Descubriendo algo nuevo sin saber cómo llamarlo.
Cuando regresé a casa ya entrada la noche, la sensación seguía latiendo en mi pecho como un eco suave. Me dejé caer en el sofá de la sala, mirando el techo, con una sonrisa tonta que no lograba borrar.
—¿Y esa cara de tonto a qué se debe? —preguntó Elliot, apareciendo con una botella de agua en la mano.
Giré apenas el rostro.
—Hermano… estoy en las nubes.
Alzó las cejas, divertido.
—Con que Quetzaly, ¿eh?
Suspiré, todavía atrapado en mis pensamientos.
—¿Sabes que has hecho una hazaña? —continuó—. Esa mujer no tenía la más mínima intención de enamorarse.
Asentí lentamente.
—Lo sé. He visto en la memoria de la manada que ella ni siquiera lo contemplaba. Ni en un mínimo porcentaje.
Sonreí con incredulidad.
—Y mírame… aquí estoy, alucinando por un beso.
Elliot soltó una risa suave.
—Hermano, sé exactamente lo que es eso.
Luego me dio una palmada en el hombro.
—Me alegro por ti. Y por ella.
Hizo una pausa, pensativo.
—La que está muy feliz es mamá. No te lo ha dicho, pero he visto esa sonrisa suya cuando los ve juntos.
Mi sonrisa se ensanchó sin darme cuenta.
—Aun así —dije—, esto es atípico. Pasará bastante tiempo antes de que ella me permita siquiera nombrar lo que sea que estamos viviendo.
—Debes ser paciente —respondió Elliot con sencillez.
—Lo soy —contesté sin dudar—. Tengo toda la eternidad para esperar a que se acostumbre.
Mi hermano me rodeó con un brazo y me apretó contra él.
—Entonces suerte, Anthony. Disfrútalo. Te lo mereces.
Nos separamos y cada uno fue a su cuarto.
Me acosté con el cuerpo cansado y la mente despierta, repitiendo una y otra vez aquel instante mínimo y perfecto en el que sus labios se unieron a los míos.
Y supe, con una certeza tranquila, que nada de lo que había vivido antes se le parecía siquiera un poco.
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