Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 219
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Capítulo 219: Contracorriente
**Leah**
Han pasado seis meses desde el ultimátum.
Seis meses desde que el consejo de ancianos, los alfas y todo ese entramado de voces antiguas decidieron que yo debía quedarme.
Un año.
Un año entero para “ver qué pasaba”.
Como si los sentimientos funcionaran con plazos.
Como si la voluntad se pudiera domesticar.
No fue fácil regresar.
Tuve que resolver el alquiler del apartamento en la ciudad, cerrar una etapa que había construido con mis propias manos, lejos de la reserva, lejos de todo lo que me recordara quién fui cuando era loba. Conseguí mantener mi trabajo a distancia, frente a una pantalla, con horarios flexibles y pagos suficientes para aportar en casa. No era solo por mí; Seth y yo siempre hemos sabido lo que es sostenernos juntos.
Nuestra madre… bueno, ella está viva.
Más viva que nunca.
Charlie Swan ha sido bueno con ella. Paciente. Tranquilo. Estable. Nunca pensé decir esto, pero me alegra verla así. Entre los dos, Seth y yo, la casa volvió a sentirse como un hogar funcional, no como un lugar de resistencia permanente.
Y luego está **Collin**.
La situación con él no ha avanzado como muchos esperaban.
No hay romance.
No hay confesiones.
No hay escenas dramáticas.
Pero tampoco hay guerra.
Le concedo que me permite algo que antes no habría podido reconocer: espacio.
Y él, sorprendentemente, lo respeta.
Está presente, sí. Siempre lo está.
Pero no invade, no exige, no reclama.
Habla cuando puede, cuando siente que no me incomoda. Y yo… hago lo que puedo. No porque quiera el vínculo, sino porque sé —lo sé demasiado bien— que no es culpa suya. Ni mía. Nadie eligió esto.
A veces me pregunto si esa comprensión es compasión o cansancio.
Cuando llegó el festival que honra la memoria quileute,el pow wow decidí involucrarme. No huir, no esconderme. Participé en las actividades, ayudé en la organización, me dejé ver. Era importante recordar que, pese a todo, esta sigue siendo mi gente.
La última noche hubo una gran reunión en la playa.
Las dos manadas juntas.
El fuego alto.
El mar respirando cerca.
Allí estaban Sam y Emily, con sus hijos pequeños dormidos entre mantas. Y lo entendí, con una claridad inesperada: ya no dolía. No quedaba nada de aquello. Ni rabia, ni nostalgia. Solo un recuerdo neutro, como una historia que ya no me pertenece.
Jacob y Emma también estaban allí. Su relación… admirable. Diez años atrás jamás habría imaginado que el destino le sería tan amable a Jacob después de todo lo que sufrió. Y sin embargo, ahí estaba la prueba viva de que la imprimación no siempre destruye; a veces salva.
Paul y Rachel, sólidos como una roca.
Jared y Kim, esperando otro hijo.
Embry con su pareja.
Elliot y Renesmee, jóvenes, luminosos.
Incluso Quill, con Clarice ya adolescente, ejerciendo ese papel de guardián amoroso que le nació sin pedir permiso.
Todos unidos por el mismo hilo invisible.
Y yo… nadando en contra.
Bebí más de lo habitual. No para olvidar, sino para aflojar. Para permitirme reír, conversar, bajar la guardia. El alcohol no me hacía perder el control, solo silenciaba un poco el ruido de mis pensamientos.
Al frente, Collin.
No se acercó.
No me habló.
No intentó nada.
Solo me miraba.
Y no era una mirada de reclamo. Era… atención. Presencia. Una forma silenciosa de decir *estoy aquí* sin exigirme que yo estuviera para él.
Eso fue lo que más me inquietó.
Conozco la imprimación. La he visto desde dentro. Desde la memoria compartida, desde la manada, desde Jacob, desde todos. Sé lo brutal que es, lo irreversible, lo avasallante.
Y aun así, él contenía algo que debía ser insoportable.
La fogata fue apagándose. Las familias se retiraron. Quedaron pocos alrededor del fuego, entre risas apagadas y botellas vacías.
Yo seguía pensando.
¿Por qué me resisto tanto?
¿Por qué me cuesta aceptar lo que para todos los demás parece tan natural?
¿Por qué esta necesidad casi visceral de no dejarme llevar?
Tal vez porque siempre he luchado por decidir mi vida.
Tal vez porque me niego a que algo sobrenatural determine quién soy o a quién amo.
Tal vez porque aceptar a Collin no sería solo aceptarlo a él, sino aceptar una parte de mí que llevo años tratando de redefinir.
O tal vez… porque tengo miedo.
Miedo de perderme.
Miedo de ceder.
Miedo de descubrir que, después de todo, no soy tan inmune como me he contado.
Mientras el fuego se convertía en brasas, sentí algo inesperado: no rechazo, no rabia… sino compasión.
No desde arriba.
No con superioridad.
Compasión honesta.
Porque, aunque nade contracorriente, sé que él está atrapado en la corriente más fuerte de todas.
Y por primera vez desde que todo empezó, no supe con certeza si seguir resistiéndome era un acto de libertad…
o simplemente otra forma de huir.
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