Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 22
- Inicio
- Todas las novelas
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 22 - 22 El fuego que contuve
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: El fuego que contuve.
22: El fuego que contuve.
**JACOB** El beso me toma por completo.
No es torpe ni apurado.
Es profundo, cargado de todo lo que no dijimos durante semanas.
Mi lengua se abre paso entre sus labios casi sin pensarlo, como si mi cuerpo supiera exactamente qué hacer antes que mi mente.
Y ella… ella no retrocede.
Me recibe.
Enreda la suya con la mía con una dulzura que me desarma.
El sabor.
Caramelo derretido.
Fresas.
Algo cálido y único que invade mis sentidos y desata una descarga eléctrica que me recorre entero, desde el pecho hasta lo más bajo del vientre.
Es un golpe de placer puro, inesperado, casi abrumador.
Lo sé en ese instante, con una certeza que no admite dudas: este sabor será el néctar del que seré adicto toda mi vida.
Sus manos acunan mi rostro.
Las siento en mis mejillas febriles, firmes y suaves a la vez, como si me sostuviera y me anclara.
Otra oleada de calor se extiende por mi columna vertebral, lenta, intensa, instalándose en mi cuerpo con una promesa peligrosa.
No le doy tregua.
Mi boca atrapa la suya con movimientos insistentes, cargados de todo lo que contuve, de todo lo que no supe nombrar.
Hay hambre, sí, pero también cuidado.
Como si, aun deseándola con cada fibra, supiera que no debo romper nada.
Nuestros labios se acoplan con una sincronía que me deja sin aliento.
Nada parece suficiente.
No estamos lo bastante cerca.
Nunca lo estamos.
Y ella lo siente también —o quizá es el eco de lo mismo latiendo entre nosotros— porque se acerca más, como si buscara desaparecer en ese espacio mínimo que aún nos separa.
Y entonces… Su cuerpo se tensa.
Lo siento antes de verlo.
Una rigidez súbita, una interrupción que no encaja con el deseo que aún vibra entre nosotros.
Ella cierra los ojos con fuerza y sacude levemente la cabeza, como si intentara expulsar algo que llegó sin permiso.
No es un rechazo.
No es miedo hacia mí.
Es otra cosa.
Me detengo al instante.
No porque quiera.
Porque entiendo.
Me aparto apenas, lo justo para que pueda respirar, para que no se sienta atrapada.
La miro, atento, conteniendo todo impulso.
Su respiración es irregular.
Hay una sombra cruzándole el rostro, algo antiguo, algo que no me pertenece… pero que la lastima.
Y ahí, en medio de la tormenta y el silencio, lo comprendo con una claridad que me duele: no estoy compitiendo con un hombre.
Estoy rivalizando con un fantasma.
Alguien que estuvo antes.
Alguien que la tocó, que la marcó, que la conoce de maneras que yo no.
Y el solo pensamiento me revuelve algo oscuro en el pecho: celos, sí… pero también una envidia amarga.
Porque él tuvo acceso a partes de ella que ahora se me cierran.
Ella se separa del todo.
—Espera… —susurra.
Obedezco sin dudar.
—Está bien —le digo—.
Lo siento.
No pregunto.
No exijo.
No avanzo.
La veo girarse, buscando distancia, y cada paso que da me atraviesa como una renuncia voluntaria.
Pero no la sigo.
No ahora.
Si quiero estar con ella, tendrá que ser así: sin invadir, sin forzar, sin repetir lo que alguien más ya rompió.
Cuando por fin me mira, sus ojos están cargados de conflicto.
Y los míos, aunque arden, permanecen firmes.
—Tómate el tiempo que necesites —le digo—.
Yo… puedo esperar.
Y lo digo en serio.
Porque en ese beso entendí algo que ya no puedo ignorar: no quiero solo su cuerpo.
Quiero que esté a salvo conmigo.
La tormenta sigue golpeando la cabaña, furiosa, indomable.
Pero entre nosotros, aunque frágil, algo acaba de encenderse.
Y esta vez… no pienso huir.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com