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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 220

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Capítulo 220: Cuando el vínculo dejó de doler

**Collin**

Seis meses.

Seis meses intentando aprender a respirar con una ausencia que no era real, pero que dolía como si lo fuera. Leah estaba ahí, siempre había estado ahí, y aun así no podía tocarla, no podía reclamarla, no podía siquiera mirarla como mi instinto me pedía sin sentir que la estaba traicionando.

Esa noche del Powwow el aire estaba distinto.

El fuego crepitaba alto, el mar era una sombra inmensa detrás de todos nosotros y las risas se mezclaban con los tambores y el olor a madera quemada. Leah estaba hermosa. No por el vestido, ni por la luz del fuego reflejándose en su piel, sino porque —por primera vez en mucho tiempo— se la veía ligera. Sonreía. Bebía. Reía con Seth. Hablaba con Emily. Existía sin cargar el mundo sobre los hombros.

Yo me mantuve a distancia.

No por falta de deseo, sino por respeto.

Sabía que si me acercaba demasiado, algo en mí iba a romperse.

—No la mires así —me dije a mí mismo en voz baja, como si eso sirviera de algo.

Pero era imposible.

El vínculo no es un pensamiento, es un latido. Es una fuerza que no pide permiso.

Cuando la fogata empezó a apagarse y la gente se fue retirando, noté que Leah se levantó con dificultad. Dio dos pasos por la arena y casi pierde el equilibrio.

Ahí fue cuando me moví.

—Leah —dije, con cuidado—. Déjame acompañarte.

Ella me miró, los ojos oscuros brillando más de lo habitual.

—Puedo sola, Colin —respondió, orgullosa, como siempre.

Dio otro paso… y tambaleó.

Suspiré.

—No te estoy imponiendo nada. Solo… déjame caminar contigo.

Me sostuvo la mirada unos segundos eternos y luego asintió, sin decir nada más.

Caminamos en silencio al principio. El sonido del mar llenaba los espacios que ninguno de los dos se atrevía a tocar.

—Lamento esto —dijo de pronto—. Todo esto. El vínculo. Lo que te tocó vivir.

Me detuve. Ella también.

—No me debes disculpas —respondí con firmeza—. Nunca te las he pedido.

—Pero lo piensas —insistió—. Piensas que si no fuera por esto, no estarías aquí.

La miré de frente.

—Si no fuera por esto… seguiría estando aquí. Porque quiero. Porque me importa que estés bien.

Ella soltó una risa corta, incrédula.

—Claro… eso dicen todos.

—No —negué—. Eso no lo dicen todos. Y menos alguien que sabe que no será correspondido.

Llegamos a su casa. Se quedó parada frente a la puerta, la mano apoyada en la madera, sin entrar.

—Entonces… ¿eres mío? —preguntó de pronto, girándose hacia mí, con una media sonrisa que me desarmó—. ¿Eso significa el vínculo?

Tragué saliva.

—Probablemente sí —respondí con honestidad—. Hasta el último día de mi vida.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Entonces quédate.

El mundo se me vino abajo en ese instante.

—Leah… estás ebria —dije, intentando mantener la cordura—. No es justo.

—No me hables como si no supiera lo que hago —replicó, acercándose—. No me trates como si fuera frágil.

Su mano se apoyó en mi pecho. El contacto fue como electricidad.

—Mañana puedes odiarme si quieres —susurró—. Pero ahora… no me dejes sola.

Intenté resistir.

Lo juro.

—Esto no es correcto —murmuré, más para mí que para ella—. No así.

Pero entonces me besó.

No fue torpe. No fue impulsivo. Fue decidido.

Su boca sabía a sal, a alcohol, a Leah. Mis manos temblaron al posarse en su cintura. Sentí su piel caliente bajo mis dedos y algo en mí cedió definitivamente.

—Detente —dije contra sus labios, sin convicción—. Por favor…

—Colin —susurró mi nombre como si fuera una promesa—. Si vas a quedarte… quédate de verdad.

La habitación fue un refugio y un abismo al mismo tiempo. Cada beso era una pregunta. Cada caricia, una afirmación peligrosa. Yo sabía que al cruzar esa línea no habría vuelta atrás.

Y aun así… no me arrepentí.

Su piel bajo mis manos era real. Su respiración, entrecortada, me anclaba al presente. El vínculo dejó de ser una carga y se convirtió en devoción. No había posesión, solo entrega. No había urgencia brutal, sino una intensidad profunda, casi reverente.

Cuando finalmente el cansancio nos venció, ella se quedó dormida primero. Yo la observé en silencio, el pecho apretado por una mezcla imposible de plenitud y miedo.

—¿Qué hemos hecho? —susurré al techo.

No tenía respuesta.

Solo sabía una cosa:

amarla así no era una elección.

Era mi naturaleza.

Y por primera vez, dejé de huir de ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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