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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 224

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Capítulo 224: Aprender a no luchar

**Leah**

Había pasado una semana desde que hablé con Jacob, y aunque el mundo seguía girando con la misma normalidad de siempre, dentro de mí algo había cambiado de lugar.

No era que aún amara a Sam.

No era que me doliera verlo con Emily o saber que había formado una familia con ella. Eso estaba completamente superado. No había celos, ni rabia, ni nostalgia.

Lo que por fin había entendido —y eso fue lo que me estremeció— era que, aunque el dolor había sanado, el trauma no.

Y los traumas no gritan.

Los traumas se esconden.

Te paralizan sin que lo notes.

Te hacen reaccionar como si el peligro siguiera ahí, aunque ya no exista.

De pronto todo encajaba.

Mi rechazo visceral a la imprimación de Collin no era desprecio hacia él, ni soberbia, ni miedo a perder mi libertad como siempre me había dicho. Era memoria corporal. Era mi instinto defendiéndome de volver a quedar atrapada en una historia donde no tenía elección, donde el hombre que amaba había sido arrancado de mí por una fuerza que yo no podía combatir.

Yo no me imprimé de Sam.

Sam no se imprimó de mí.

Pero cuando él se convirtió en lobo… se imprimó de otra mujer mientras aún era mi pareja.

Y yo tuve que quedarme ahí.

Viendo.

Sintiendo.

Amando a alguien que ya no podía amarme de vuelta.

Eso fue lo que me rompió.

Y desde entonces, cualquier cosa que oliera a “destino impuesto” me producía pánico.

Con ese torbellino en la cabeza, caminé sin darme cuenta hasta una casa que siempre me había generado una extraña calma: la de Jacob y Emma.

Toqué la puerta.

—¿Tía Leah? —la voz de Elliot sonó sorprendida y cálida al mismo tiempo—. Qué gusto verte.

—Hola, Elliot. ¿Cómo estás?

—Bien, de salida. Papá no está, fue a Port Angeles por unos materiales.

—No lo busco a él —respondí—. Busco a Emma.

—Ah, mamá sí está. Pasa.

No tardó en aparecer.

—Leah… —sonrió con sinceridad—. Qué bueno verte por aquí. Pasa, por favor.

Entramos. La casa tenía esa mezcla de hogar vivo y refugio silencioso. Nada ostentoso, nada rígido. Todo era… real.

—¿Quieres algo de tomar?

—Agua está bien, gracias.

Sirvió para ambas y se sentó frente a mí, atenta.

—Imagino que no viniste solo a saludar —dijo con suavidad.

Suspiré.

—Estoy confundida, Emma. Y pensé que… quizá tú podrías ayudarme a ver las cosas desde otro ángulo.

Ella no interrumpió. Me dio ese espacio que solo las personas verdaderamente seguras saben ofrecer.

—Como sabes, estoy en medio de todo esto de la imprimación de Collin… y no sé qué decisión tomar. Pensé que si me contabas tu experiencia con Jacob, tal vez podría entender cómo se vive esto desde… el otro lado.

Emma sonrió, no con superioridad ni con lástima, sino con una comprensión profunda.

—Al principio yo no sabía nada de la imprimación —comenzó—. Solo veía a un hombre enorme, intenso, que parecía debatirse entre acercarse y huir. Su necesidad de protegerme era evidente, pero su miedo a dañarme también. Eso me confundía muchísimo.

—¿Te sentías atrapada? —pregunté en voz baja.

—No —respondió con honestidad—. Me sentía elegida… pero no entendía por qué.

Me contó cómo ambos llegaron heridos a esa relación. Cómo la paciencia fue más importante que la pasión. Cómo el amor creció antes de que ella supiera siquiera que existía un vínculo biológico.

—Cuando Jacob me habló de la imprimación, yo ya lo amaba —dijo—. Así que no lo viví como una condena, sino como parte de su naturaleza… igual que mi sed, igual que mis sombras.

Guardó silencio un segundo.

—Y con el tiempo… sentí que era un honor. No porque me perteneciera, sino porque me había elegido con todo lo que era.

La miré, buscando algo que temía encontrar.

—¿Y nunca sentiste que perdías quién eras?

Emma negó con una sonrisa suave.

—Porque él nunca lo permitió. Y porque yo tampoco quise perderme. Mi identidad la he construido con el tiempo, con Jacob a mi lado, no debajo de él. Yo opino cuando debo, me callo cuando corresponde y actúo cuando sé que es lo correcto, incluso si no siempre está de acuerdo.

—¿Y se enoja? —pregunté, casi divertida.

—Jamás —rió—. De hecho, suele agradecerlo… sobre todo cuando está a punto de perder el control.

Sentí un escalofrío. Pensé en todo lo que Jacob había vivido, en lo cerca que había estado del abismo.

Cuando me despedí, Emma me tomó las manos.

—Leah, no tienes que decidir hoy. Pero no luches contra algo solo porque una vez te hirió. A veces, aceptar no es rendirse… es sanar.

Salí de la casa con el corazón pesado, pero extrañamente más claro.

Caminé por la playa y la vi: Quetzaly.

Libre. Fuerte. Orgullosa de ser loba.

Sin resentimiento. Sin pelea interna.

Y lo entendí.

Ella había hecho lo que yo nunca pude: no luchar contra su naturaleza. La había abrazado.

Esa noche, ya en casa, me senté en la cama y por primera vez en mucho tiempo no huí del pensamiento.

Tal vez no era la imprimación lo que me asustaba.

Tal vez era el miedo de volver a quedarme sin elección.

Pero esta vez…

Esta vez, la elección aún era mía.

Y por primera vez, deseé —aunque fuera con miedo— dejar de nadar contra la corriente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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