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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 229

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Capítulo 229: El desfase invisible

**Renesmee**

Los días siguieron avanzando como si nada hubiera pasado.

Elliot y yo seguíamos siendo nosotros: caminábamos juntos por la universidad, compartíamos almuerzos, estudiábamos en la biblioteca, me llevaba a casa cuando caía la tarde y el frío empezaba a colarse entre los árboles. Reíamos, hablábamos de clases, de música, de planes futuros. Si alguien nos miraba desde fuera, habría jurado que todo estaba exactamente igual.

Pero no lo estaba.

Había algo sutil, casi imperceptible, que se había desajustado por dentro. No era distancia física, ni falta de cariño, ni siquiera ausencia de gestos. Era otra cosa. Un desfase emocional que no sabía cómo nombrar.

Yo pensaba en ello más de lo que quería admitir.

Pensaba en mis padres, y en lo excepcional de su historia. Sabía que ellos habían esperado, y entendía por qué. Edward venía de otro tiempo, de otra moral, de otra manera de habitar el mundo. Él había cargado con culpas, con miedos y con una rigidez que pertenecía a su siglo. En su caso, todo tenía sentido.

Pero Elliot…

Elliot había crecido en otro mundo. Había visto otros ejemplos. Había vivido rodeado de parejas que se habían construido desde lugares distintos. Jacob y Emma, por ejemplo, no habían seguido un guion antiguo: se habían elegido, se habían encontrado, y muy pronto habían hecho hogar juntos en la montaña, sin solemnidades ni promesas ceremoniales previas.

Y luego estaban los demás. Carlisle y Esme, Rosalie y Emmett… especialmente Rosalie y Emmett. Pensar en ellos me hacía arquear una ceja sin poder evitarlo. Tan físicos, tan intensos, tan apasionados. Nunca había escuchado que su amor necesitara esperar un altar para ser legítimo.

Yo había crecido escuchando historias, viendo vínculos sólidos, duraderos, profundos… y ninguno de ellos me parecía menos verdadero por haber nacido antes de un matrimonio.

Por eso no lograba entender a Elliot.

No dudaba de su amor. Jamás.

No dudaba de su deseo. Tampoco.

Lo que no comprendía era esa necesidad de racionalizarlo todo, de ponerle condiciones al tiempo, de contener algo que para mí se sentía natural. No quería convencerlo. No quería empujarlo. Sabía que eso solo lo heriría. Pero tampoco podía fingir que estaba de acuerdo.

Era un desacuerdo silencioso. Respetuoso. Y, aun así, pesado.

Lo más confuso era que no tenía nada que ver con el deseo en sí. No era urgencia, ni ansiedad, ni capricho. Era la sensación de que algo que debía fluir estaba siendo detenido por una idea que no lograba hacer mía.

Y en medio de todo eso, empecé a refugiarme en Balto.

No porque Elliot me faltara, sino porque Balto no era así. Balto no pensaba, no analizaba, no anticipaba consecuencias. Balto simplemente estaba. Su presencia era cálida, constante, silenciosa. No pedía explicaciones ni ofrecía límites que no nacieran del instinto. A su lado, las cosas se sentían más simples.

Elliot siempre había sido así: profundamente racional. Desde niño. Racionalizó sus sentimientos por mí cuando creyó que su hermano debía estar antes. Racionalizó incluso la decisión de su propio lobo, dándome tiempo, espacio, distancia.

Y ahora, una vez más, su razón estaba marcando el ritmo.

Yo no sabía cómo moverme dentro de eso.

No estaba enojada.

No estaba decepcionada.

Pero sí empezaba a sentirme extraña. Como si camináramos juntos, pero con pasos que ya no caían exactamente al mismo tiempo. Sin quererlo, sin buscarlo, comencé a guardar cosas. Pensamientos. Dudas. Sensaciones.

No me alejaba de él…

pero tampoco lograba acercarme como antes.

Y aunque aún no sabía cuál sería la solución —si es que había una—, entendía que algo había cambiado. No de forma dramática, no con gritos ni reproches, sino de esa manera silenciosa y peligrosa en la que cambian las cosas que más importan.

Sin que nadie lo note al principio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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