Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 23
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23: Cuando el silencio volvió.
23: Cuando el silencio volvió.
** EMMA** Finalmente habíamos decidido dormir.
Yo me retiré a mi habitación y él se quedó en la sala.
Fue una decisión tácita, sin palabras, como todo entre nosotros últimamente.
Cerré la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera quebrar algo frágil que aún no sabía nombrar.
No dormí de inmediato.
Mi mente seguía anclada a la sensación de sus labios, a la manera en que se había detenido sin pedirme nada, sin exigir.
Eso, más que el beso, fue lo que terminó por desarmarme.
Cuando por fin el descanso me vence, lo hace de manera ligera.
Despierto temprano.
La luz gris del amanecer se filtra por las ventanas y, sin pensarlo demasiado, salgo de la habitación.
Lo veo ahí, dormido en el sillón, ocupando casi todo el espacio con su cuerpo colosal.
Parece… distinto así.
Vulnerable.
Joven.
Hay algo casi irreal en contemplarlo en silencio.
Tan grande.
Tan fuerte.
Y, aun así, con una serenidad que no esperaba.
Por un instante lo observo como si no perteneciera a este mundo áspero que he aprendido a habitar.
Como si fuera un muchacho que no sabe demasiado de la vida, comparado conmigo, que llevo un siglo sobreviviendo en la soledad, aprendiendo a huir, a resistir, a no quedarme.
Siento el tirón del deseo.
Y, al mismo tiempo, una ternura incómoda.
No me acerco más.
Debe sentir mi presencia, porque abre los ojos despacio.
Cuando nuestras miradas se encuentran, la tensión es inmediata, densa, pero distinta a la de la noche anterior.
No hay urgencia.
Hay cuidado.
—Buenos días —dice, con la voz aún cargada de sueño.
—Buenos días —respondo.
Le ofrezco algo de comer.
No sé por qué lo hago; tal vez por educación, tal vez para romper el silencio.
Acepta con una leve vergüenza, como si no quisiera incomodarme.
Preparo algo sencillo y desayunamos sin hablar demasiado.
El silencio no es incómodo.
Pero tampoco es fácil.
Él entiende antes que yo lo que necesito.
Cuando termina, se levanta despacio.
—Creo que… —dice, y se detiene— lo mejor será que te dé espacio.
Lo miro.
No hay reproche en su voz.
No hay reclamo en sus ojos.
Solo comprensión.
Asiento.
—Gracias —le digo, y no sé si se lo digo por eso… o por todo.
Jacob se va sin dramatismos, sin promesas, sin presión.
La puerta se cierra tras él con un sonido suave que, aun así, me deja un vacío inesperado.
Me quedo de pie, sola otra vez.
La confusión me cae encima como una ola tardía.
Miro la mesa de centro.
Las botellas.
Vacías.
Compruebo, con una mezcla de incredulidad y humor seco, que ingerimos en una sola noche el licor que normalmente me dura un año entero.
Suspiro mientras recojo las botellas y las llevo a la bolsa del reciclaje.
Está bien.
Lo admito.
La noche fue divertida.
Única.
No había vivido nada ni remotamente parecido con nadie en toda mi vida.
Y, sin embargo, cuando terminó, no supe qué hacer después.
No estoy acostumbrada a compartir mi espacio.
A pensar en alguien más.
En sus tiempos.
En sus necesidades.
Eso… me abruma.
Agradezco que Jacob lo haya entendido y se haya ido por voluntad propia.
Pero la gratitud no responde la pregunta que ahora martillea en mi cabeza: ¿Y ahora qué sigue?
¿Qué se supone que debo hacer?
El dolor que siento no es físico.
Tampoco es consecuencia del alcohol.
Es mental.
Un nudo de pensamientos imposibles de ordenar.
El día transcurre lento.
Cuando la noche llega, la montaña está fría, aunque ya no llueve como ayer.
Me pregunto si Jacob habrá cambiado a su forma lobuna para soportar la temperatura.
Si encontró resguardo.
Si está bien.
Me asomo a la ventana.
No hay rastro de él.
Y, contra todo pronóstico, esa ausencia pesa más de lo que debería.
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