Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 230
- Inicio
- Todas las novelas
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 230 - Capítulo 230: Cuando nada se rompe, pero algo cambia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 230: Cuando nada se rompe, pero algo cambia
**Elliot**
Lo que más me desconcertó fue que **no hubo una discusión**.
Las discusiones tienen bordes claros. Empiezan en un punto reconocible y terminan, aunque sea mal, en otro. Hay palabras elevadas, silencios tensos, reproches que duelen pero al menos se pueden nombrar.
Esto no fue así.
Los días siguieron avanzando con una normalidad inquietante.
Renesmee y yo seguíamos viéndonos en la universidad. Seguíamos compartiendo el mismo auto. Me esperaba a la salida de clase como siempre, y ella se subía, sonreía, hablábamos de cosas pequeñas. No había rechazo. No había frialdad abierta. No había distancia física.
Pero **no estaba igual**.
Yo lo sentía.
Y Balto también.
Mi lobo ya no se acomodaba tranquilo cuando ella estaba cerca. Se mantenía alerta, inquieto, como si algo se hubiera desajustado en el aire. No gruñía, no se mostraba agresivo… simplemente estaba atento de una manera distinta.
—Está rara —me dijo una noche, directo, sin rodeos.
—No está rara —respondí automáticamente—. Está… pensando.
Balto bufó.
—No. Está lejos sin irse.
Eso me golpeó más de lo que quise admitir.
Yo había creído, honestamente, que estaba haciendo lo correcto. Respetarla. Esperar. Proteger algo que para mí era casi sagrado. Renesmee no era solo la mujer que amaba; era la persona con la que había imaginado toda mi vida futura.
Pero por primera vez, **mi certeza empezó a tambalear**.
La conversación ocurrió en mi casa, una tarde silenciosa, sin dramatismos. Ella estaba sentada frente a mí, las manos entrelazadas sobre las rodillas. No parecía triste. Parecía decidida… y eso fue lo que más me asustó.
—No me estoy alejando de ti —me dijo—. Pero necesito tiempo.
Sentí el impulso inmediato de contradecirla, de decirle que podíamos arreglarlo, que bastaba con hablar más, con entendernos mejor.
—No quiero que cambies por miedo —añadió—. Quiero pensar sin sentir que te arrastro conmigo.
Acepté.
No porque lo entendiera.
Sino porque nunca había querido poseerla.
Insistí en llevarla a casa.
El trayecto fue silencioso al principio, cargado de palabras que se agolpaban sin encontrar salida. Al detener el auto frente a su casa, el aire entre nosotros se volvió denso, eléctrico.
La miré.
Ella me miró.
El beso empezó despacio, casi con timidez, como si ambos estuviéramos comprobando que todavía estábamos ahí. Sus labios se movieron sobre los míos con una mezcla de necesidad y cuidado que me desarmó. Mi mano fue a su cintura; la suya a mi cuello.
El beso creció.
La tomé con más firmeza y la atraje hacia mí. Renesmee se movió sin pensarlo demasiado, y en un gesto casi instintivo la senté sobre mí, a horcajadas. Sentí su peso, su calor, su respiración agitada mezclándose con la mía.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato, con una presión intensa, innegable, que tuve que controlar con esfuerzo. La deseaba. Siempre la había deseado. Pero ahora ese deseo estaba cargado de algo más profundo, más peligroso.
Seguimos besándonos.
Un poco más.
Un poco más…
Hasta que ella se detuvo.
Apoyó la frente contra la mía, respirando hondo.
—No así —susurró—. No porque sientas que esto tiene que arreglarlo todo.
La solté despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo frágil.
—Confía en mí —me pidió—. Esto no se resuelve forzando lo que todavía no entiendo.
Asentí.
La dejé bajar.
Antes de cerrar la puerta, me dijo que se iría a Denali. Aprovecharía el final del semestre. No sabía cuánto tiempo estaría fuera. Sabía, eso sí, que necesitaba silencio.
Cuando regresé a casa, **Anthony ya había vuelto de su viaje con Quetzaly**.
No necesitó que le dijera mucho. Me miró y lo supo.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Renesmee pidió tiempo —respondí—. Se va a Alaska.
Anthony se sentó frente a mí, serio.
—¿Y tú?
—No sé qué hacer.
Guardó silencio un momento y luego habló con calma.
—Con Quetzaly hemos ido lento. Muy lento. Y no ha sido fácil. Pero… ha sido seguro.
Lo miré.
—¿Nunca te desespera?
Sonrió apenas.
—Ya viví el otro lado. El de la prisa, el de confundir deseo con conexión. Esto es distinto. Nuestra intimidad ha sido otra cosa. Más silenciosa. Más presente.
Suspiré.
—Yo pensé que estaba cuidándola.
—Y lo estabas —dijo—. Pero a veces cuidar también es dar espacio para que el otro ordene lo que siente.
Me dio un par de golpes suaves en el hombro.
—El tiempo que sea que Renesmee esté fuera, no vas a estar solo. Yo estoy contigo.
Asentí, agradecido.
Sabía que no sería fácil.
Ni para mí.
Ni para Balto.
Pero también supe algo más, con una certeza que me sostuvo esa noche:
Si el amor que teníamos era real, **no se rompería por una pausa**.
Solo estaba aprendiendo a respirar de otra manera.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com