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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 232

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Capítulo 232: Raíces compartidas

**Anthony**

La idea de viajar a California no surgió de un impulso repentino.

Desde hacía tiempo, Quetzaly mantenía contacto constante con algunos miembros mayores de su familia, tíos y parientes que aún permanecían en su antiguo territorio. Sabía de ellos, hablaba con ellos, pero sentía la necesidad de verlos, de pisar de nuevo ese suelo que también la había formado. El receso de una semana que ofrecía la universidad era la oportunidad perfecta.

Cuando me lo comentó, lo hizo con esa mezcla tan suya de serenidad y franqueza.

—Quiero ir a California —me dijo—. Ver cómo están los míos… ¿te molestaría acompañarme?

La miré y sonreí sin pensarlo demasiado.

—Por supuesto que no.

Antes de cualquier plan, estaba el protocolo. Quetzaly seguía bajo la jerarquía de su alfa, así que habló con Sam para solicitar autorización. No hubo inconveniente alguno: era solo una semana, el territorio estaba en calma y otros miembros de la manada podían cubrir sin dificultad sus rutas de patrullaje.

Con eso resuelto, decidimos hacer el viaje por carretera. Casi un día entero de trayecto. Para ello tomamos una de las camionetas de la familia de Jacob y Emma. En casa siempre había sido así: aunque cada quien tuviera su propio vehículo, los recursos eran compartidos, disponibles para quien los necesitara.

El viaje fue largo, pero lejos de pesado.

Los paisajes cambiaban con cada hora, y con ellos también la energía. California era distinta a la Reserva Quileute. No mejor, no peor: diferente. Las costumbres, los ritmos, incluso la forma en que se vivía la ancestralidad indígena tenía otro matiz, otra cadencia. Todo poseía una magia propia, una conexión distinta con lo vivo.

Allí, Quetzaly parecía expandirse.

La vi reencontrarse con su gente, moverse con naturalidad entre relatos, risas, recuerdos compartidos. Yo permanecía a su lado, observando, aprendiendo, entendiendo un poco más de ella y de ese mundo que también la había moldeado.

Nuestra relación, sin que nadie lo declarara en voz alta, se sentía más suelta. No había duda de que yo era su compañero. Aun así, su naturaleza discreta seguía presente: contenida en público, más libre en la intimidad de los espacios compartidos.

Cuando estábamos solos, los gestos eran más elocuentes que las palabras. Tomarnos de la mano. Sentarnos bajo el cielo nocturno a mirar las estrellas. Sentir su cuerpo recostarse contra el mío, su cabeza apoyada en mi pecho. La cercanía crecía sin prisas, sin exigencias.

No habíamos cruzado aún ciertos límites, pero ninguno de los dos lo vivía como una carencia. Al contrario, sentíamos que cada paso dado tenía un peso real, consciente. Para alguien como Quetzaly, ese avance era significativo, y saberlo me hacía profundamente feliz.

Fueron siete días de descubrimientos, de familia, de quietud compartida.

El regreso a la Push trajo consigo un contraste inevitable. Apenas volví, noté que algo no estaba bien con mi hermano. Elliot intentaba mostrarse entero, pero lo conocía demasiado bien para no percibir la grieta silenciosa que lo atravesaba. Su situación con Renesmee estaba lejos de resolverse.

Me prometí estar atento, acompañarlo como él lo había hecho tantas veces conmigo.

Nuestros padres llevaban ya dos semanas fuera. Esperábamos su regreso, pero una llamada confirmó que habían decidido quedarse una semana más. No me molestó; al contrario, me alegró. Sabía que ese tiempo a solas era un regalo para su relación. Elliot y yo ya no necesitábamos su presencia constante. Ellos habían cumplido su papel con creces.

Y mientras la casa retomaba su ritmo habitual, yo sentía una certeza tranquila asentarse en mí: lo que estaba construyendo con Quetzaly no tenía prisa, pero sí profundidad.

Y eso, por primera vez en mucho tiempo, era suficiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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