Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 233
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Capítulo 233: Donde el tiempo se detiene
**Luna de miel de Jacob y Emma**
Partieron sin demora.
Apenas terminó la ceremonia de renovación de votos, Jacob y Emma dejaron atrás la cabaña, los abrazos, las risas y las miradas cómplices de la familia. El aeropuerto de Seattle fue apenas un trámite antes de cruzar el continente y aterrizar en Cancún, donde el aire cálido y salino los recibió como una promesa de descanso y renovación.
Los primeros días transcurrieron entre Cancún y Puerto Morelos. Caminaron sin prisa por playas de arena clara, se dejaron envolver por la cadencia lenta del Caribe, compartieron silencios cómodos y conversaciones ligeras. No había urgencias ni responsabilidades inmediatas, solo el placer de estar juntos, lejos de la rutina que durante años habían sostenido con firmeza.
Desde Cancún tomaron el ferry hacia Isla Mujeres. Allí permanecieron varios días, explorando el azul profundo del mar, nadando entre peces multicolores, compartiendo tardes largas que parecían estirarse más allá del reloj. Las noches eran tranquilas, marcadas por cenas sencillas y caminatas bajo un cielo despejado que Emma observaba con una serenidad especial.
Después continuaron hacia Chichén Itzá y Valladolid. El cambio de paisaje trajo consigo una energía distinta. La monumentalidad de las ruinas, el peso de la historia y la espiritualidad del lugar conectaron profundamente con Emma. Aquellas tierras, cargadas de misticismo indígena, resonaban con sus propias raíces. Jacob la observaba mientras ella recorría los templos y plazas, sintiendo que aquel viaje también era un regreso silencioso para ella.
Desde allí siguieron hacia Playa del Carmen, donde la vida vibraba con otro ritmo. Disfrutaron de la mezcla entre lo urbano y lo natural, de la música, los colores y la vitalidad constante. Luego llegaron a Cozumel y Xcaret, donde se permitieron bucear, hacer snorkel y perderse durante horas en la inmensidad del agua, compartiendo risas, miradas cómplices y esa intimidad tranquila que solo los años juntos saben construir.
Tulum fue el siguiente destino. Las ruinas frente al mar, imponentes y serenas, parecían vigilar el paso del tiempo. Allí nadaron en aguas cristalinas, caminaron descalzos por playas abiertas y se permitieron simplemente existir, sin pensar en el mañana. Después vinieron los cenotes, las ruinas de Cobá y la reserva de Sian Ka’an, donde la naturaleza se imponía con una fuerza silenciosa y majestuosa.
El tiempo avanzaba sin que lo notaran. Las dos semanas iniciales comenzaron a sentirse cortas cuando comprendieron que aún faltaba Bacalar, la laguna de los siete colores, reconocida como Patrimonio de la Humanidad. No dudaron en extender su viaje una semana más. Aquella decisión no fue un impulso, sino la confirmación de que aún necesitaban ese espacio para ellos, para reencontrarse lejos de todo.
Fue en Bacalar donde eligieron un glamping frente al mar para pasar algunas noches.
Aquella noche decidieron no salir.
La estructura ligera se alzaba a pocos pasos del agua. Las telas blancas se movían suavemente con la brisa, y el sonido constante del oleaje envolvía el espacio con una cadencia casi hipnótica. La luz era cálida, dorada, suficiente para delinear sombras y reflejos sin romper la intimidad del lugar.
Emma permanecía descalza sobre la madera tibia. Llevaba aún el bikini, cubierto apenas por una camisa blanca de lino que se agitaba con el viento. El cabello, recogido en una pañoleta, dejaba escapar mechones sueltos que enmarcaban su rostro. Su piel parecía guardar la luz del día, y en sus ojos verdes había una calma profunda, satisfecha.
Jacob la observaba desde la entrada.
Diez años juntos, y aun así el deseo lo atravesó con la misma intensidad de la primera vez. No había ansiedad ni urgencia, solo una atracción firme, serena, inevitable. Cada gesto de ella —la forma en que se inclinaba, cómo apoyaba el peso en una pierna, cómo se recogía distraídamente la camisa— encendía esa chispa conocida, esa certeza que nunca se había apagado.
Su aroma llenaba el espacio: fresas maduras y grosellas negras, con notas suaves de peonías, jazmín rosado, almizcle y ámbar. Jacob respiró hondo. Aquella fragancia no solo lo atraía; lo sostenía. Era parte de su equilibrio, de su propia existencia.
Emma levantó la mirada y lo encontró.
No hubo palabras.
Se acercó despacio y lo besó. El beso fue profundo, consciente, cargado de intención. Jacob respondió de inmediato, rodeándola con los brazos, sintiendo cómo su cuerpo se acomodaba al suyo con naturalidad absoluta.
El tiempo pareció aflojarse.
Las manos comenzaron a explorar con una lentitud casi reverente. Cada caricia era una forma de reconocerse, de decir sin palabras aquí estás, aquí sigo. La camisa blanca cayó primero, luego el resto de las prendas, como si el cuerpo recordara de memoria el camino hacia el otro.
No había prisa. No había necesidad de demostrar nada.
Cuando finalmente se unieron, lo hicieron con una intensidad profunda y serena. El placer los atravesó sin aristas, lleno de una plenitud que solo existe cuando el deseo y el amor caminan juntos. Afuera, el mar marcaba el ritmo; dentro, sus cuerpos se buscaban y se encontraban como si reafirmaran, una vez más, un pacto silencioso.
La madrugada los encontró entrelazados, respirando al mismo tiempo, compartiendo besos suaves, caricias lentas, risas apenas murmuradas. No fue una noche más: fue una reafirmación, una celebración íntima de todo lo que habían atravesado y de todo lo que aún estaba por venir.
Cuando el primer hilo de luz apareció en el horizonte, Emma y Jacob despertaron envueltos en una felicidad tranquila. No había euforia, solo certeza. Una alegría profunda, sólida.
Habían superado pérdidas, batallas, dudas y miedos durante una década. Y aun así, seguían eligiéndose con la misma convicción.
Mientras el sol nacía sobre el mar, ninguno de los dos sabía aún que aquella noche había dejado una huella más profunda de lo que imaginaban.
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