Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 234
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Capítulo 234: Denali, el silencio blanco
**Renesmee**
Llegué a Denali con el corazón cansado y la mente saturada.
Apenas crucé el claro, Eliazar ya estaba allí, esperándome como si hubiera sabido exactamente el momento en que iba a llegar. No me dio tiempo a decir nada; me abrazó primero, con esa calma suya que siempre logra sostenerlo todo sin apretarlo.
—Nessie… qué alegría tenerte aquí —me dijo.
Respiré hondo. El aire frío me llenó los pulmones como si pudiera barrer algo más que el cansancio del viaje.
—Gracias por recibirme —respondí—. No sé cuánto tiempo me quedaré.
—El que necesites —contestó sin pensarlo—. Esta siempre será tu casa.
Y lo fue. Desde el primer momento.
Los primeros días transcurrieron sin exigencias. Caminé por el territorio, dejé que la nieve crujiera bajo mis pies, miré el horizonte blanco hasta que parecía borrar los límites del mundo. Denali tiene esa cualidad: silencia. Obliga a bajar la voz interior, aunque no siempre lo logra del todo.
Cacé con mis tíos, compartí risas suaves, conversaciones ligeras, silencios cómodos. Pero incluso allí, incluso rodeada de paz, había algo que no se iba.
Extrañaba a Elliot.
Extrañaba a Balto.
Extrañaba lo cotidiano. El trayecto juntos a la universidad, la forma en que me miraba cuando creía que yo no lo notaba, la certeza de que estaba cerca. Había necesitado este espacio, sí, pero una parte de mí quería salir corriendo de vuelta a casa.
Una noche me alejé sola hasta uno de los puntos más altos del territorio. Desde allí el mundo parecía hecho solo de blanco y cielo. Me senté abrazándome las rodillas y dejé que el frío me mantuviera despierta.
No dudaba de Elliot.
No dudaba de su amor.
No dudaba de que era el hombre con quien quería pasar mi eternidad.
Y tal vez eso era lo que más me desconcertaba.
Conocía la imprimación, el vínculo irreversible de los lobos. Aunque Elliot fuera distinto, aunque no se hubiera imprimado de la manera tradicional, su naturaleza seguía ahí. Y lo de Leah y Collin era una prueba clara de que ese lazo no era una metáfora, sino una realidad profunda.
No era miedo a ser amada así.
Si era honesta, sabía que muchas mujeres anhelarían un amor como ese: leal, constante, protector. Un amor que no se cansa.
El conflicto no estaba ahí.
El conflicto era el ritmo.
La intimidad.
La forma de vivir el amor.
Mientras pensaba en eso, escuché pasos sobre la nieve.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo Tanya con una sonrisa tranquila.
Giré el rostro hacia ella y esbocé una media sonrisa.
—Siempre termino en los lugares altos.
Se sentó a mi lado sin invadir mi espacio. Miró el horizonte unos segundos antes de hablar.
—¿Cómo vas con tu novio?
Solté una pequeña risa, breve y sin demasiada alegría.
—Complicado… supongo.
—Siempre lo es con los lobos —comentó con ligereza—. Es curioso cómo nuestros destinos parecen enredarse una y otra vez.
Guardé silencio. Sabía que esa conversación no sería superficial.
—¿Sabes? —continuó—. Cuando era humana soñaba con un amor para toda la vida. Conocer a alguien joven, crecer juntos, envejecer, tener hijos… nietos, quizá. Era un sueño simple.
Hizo una pausa.
—Incluso después de la transformación seguí creyendo en eso. Pero la vida me llevó por otros caminos. Ahora mírame… —sonrió, con un dejo amargo—. Soy la única soltera del clan. He amado, he deseado, he compartido mi vida con vampiros y humanos… pero esa persona para mí nunca llegó.
Sentí un nudo en la garganta.
—No estoy aquí para darte sermones —añadió—. Solo para decirte algo con honestidad: si tú tienes un amor que promete durar toda la eternidad… valóralo. Atesóralo. Eres muy afortunada, aunque ahora no lo parezca.
Luego se levantó, besó mi frente con cariño y me dejó sola otra vez.
Me quedé allí largo rato.
Pensé en Elliot.
En su forma de amar.
En su manera —tal vez anticuada, pero profundamente honesta— de entender la vida.
Recordé el rechazo que sentí en el pasado, el dolor de sentirme sola, de creer que había elegido mal. Y agradecí, con una claridad casi dolorosa, que aquello no hubiera sido más que un desvío.
Mi amor verdadero no me había rechazado.
Solo estaba recorriendo su propio proceso.
Esa noche regresé a la casa con una certeza distinta. No una decisión definitiva, pero sí un rumbo. Me quedaría unos días más en Denali. Necesitaba terminar de ordenar mis pensamientos antes de volver.
No para huir.
Sino para hablar.
Hablar de verdad.
Escuchar.
Buscar un punto intermedio.
Dos semanas después, tras cazar, compartir y reflexionar, supe que estaba lista para regresar a casa.
Esta vez, no desde la confusión…
sino desde la aceptación.
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