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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 237

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Capítulo 237: Con el cielo de testigo

**Anthony**

Asistir al compromiso de Elliot y Renesmee me llenó de una alegría serena, de esas que no hacen ruido pero se quedan latiendo en el pecho durante días. Ver a mi hermano arrodillarse frente a Nessie, verlo tan seguro, tan pleno, tan consciente de lo que estaba eligiendo, me confirmó algo que llevaba tiempo intuyendo: en estas familias nuestras —los Cullen, los Black, las manadas— el amor no era un accidente ni una casualidad. Era un camino. Uno exigente, sí, pero profundamente verdadero.

Mientras los aplausos resonaban y Alice ya planeaba medio siglo de celebraciones futuras, mi mirada se fue, inevitablemente, hacia Quetzalí.

Ella estaba a mi lado.

Alice había hecho lo suyo —como siempre— y le había conseguido un atuendo que no la sacaba de sí misma, pero la mostraba distinta. Su ropa seguía siendo sencilla, sin artificios, pero el corte, los colores, la forma en que su cabello corto estaba peinado… todo hacía que se viera especialmente hermosa. No de una belleza llamativa, sino de esa que se descubre de a poco y que, cuando lo hace, te deja sin aire.

Me sorprendí mirándola con una mezcla de orgullo y asombro.

Ocho meses.

Ocho meses desde que empezamos a caminar juntos sin promesas rimbombantes, sin urgencias, sin planes grandilocuentes. Y, sin embargo, nunca me había sentido tan lleno. Por primera vez en mi vida no estaba con alguien por lo que me ofrecía el momento, ni por la adrenalina, ni por el deseo inmediato. Con Quetzalí todo era distinto. Su sola presencia bastaba. Las conversaciones, los silencios, los entrenamientos compartidos, las caminatas sin destino… todo tenía un peso real.

No sentía ansiedad por avanzar.

No sentía prisa.

Y eso, viniendo de mí, era casi un milagro.

Veía a mi alrededor a las parejas consolidadas, a los vínculos fuertes que habían resistido guerras, pérdidas, siglos incluso, y por primera vez no me sentía ajeno a ese destino. No sabía cómo sería, ni cuándo, ni bajo qué forma, pero estaba seguro de algo: si había una compañera para mí, era ella.

El fin de semana siguiente decidimos irnos de campamento.

Nada sofisticado. Nada planeado por Alice.

Solo nosotros.

Alisté la carpa, los sacos de dormir, algo de comida, lo necesario para pasar un par de días lejos de todo. Queríamos naturaleza, silencio, estrellas. Queríamos eso que siempre nos había unido sin necesidad de explicarlo.

Llegamos a un monte apartado, a una planicie cercana al filo de la montaña. Un lugar al que difícilmente accedería un humano común, pero que para nosotros era casi natural. Allí nadie nos encontraría. Allí el mundo parecía detenerse.

Armamos la carpa, encendimos una fogata más por la luz que por el calor, y nos sentamos a hablar. De cosas simples. De recuerdos. De ideas sueltas. Luego extendimos una colcha sobre la hierba y nos recostamos a mirar el cielo.

El firmamento estaba limpio, profundo, cargado de estrellas.

Yo tenía las manos detrás de la cabeza, los ojos cerrados, respirando despacio. Estaba despierto, completamente presente, disfrutando de esa calma extraña que solo sentía cuando estaba con ella.

Entonces lo noté.

Quetzalí se había girado de costado.

Me estaba mirando.

Abrí los ojos y me encontré con su expresión seria, atenta, distinta.

—¿Pasa algo? —pregunté, genuinamente intrigado.

Ella dudó apenas un segundo.

—Eres… muy lindo —dijo finalmente.

Parpadeé, desconcertado. No era habitual en ella decir cosas así.

Sonreí, intentando alivianar el momento.

—¿Lindo de buena persona o lindo de… ?

Ella sonrió también, pero no apartó la mirada.

—Lindo. Atractivo. Eres muy atractivo, Anthony. Muy guapo.

No tuve tiempo de responder.

Se acercó y me besó.

Al principio pensé que sería uno de esos besos suaves, tranquilos, a los que estábamos acostumbrados. Pero no. Esta vez era distinto. Ella marcaba el ritmo, la intensidad. Su boca no dudaba. Su cercanía despertó algo en mí que no esperaba sentir tan de golpe.

Mi respiración se alteró.

Cuando se separó apenas unos centímetros, me miró a los ojos con una seriedad que me heló y me incendió al mismo tiempo.

—Esta noche —dijo, sin rodeos— quiero estar contigo.

Mi corazón se detuvo por un instante.

No supe si refería al campamento, a ese momento, o a algo mucho más profundo.

Y ahí, bajo ese cielo inmenso, entendí que nada volvería a ser exactamente igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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