Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 239
- Inicio
- Todas las novelas
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 239 - Capítulo 239: Donde el silencio aprende a respirar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 239: Donde el silencio aprende a respirar
**Anthony**
Supe que algo había cambiado antes de que dijera una sola palabra.
No fue un gesto grande; fue la forma en que se volvió hacia mí, la quietud concentrada en su mirada. En ocho meses había aprendido a leerla en esos matices: cuando Quetzaly decidía algo, el mundo parecía alinearse sin hacer ruido. Yo la observé, atento, como quien entiende que está a punto de cruzar un umbral y elige no empujarlo.
Cuando habló, lo hizo con serenidad. Con esa certeza sin aspavientos que siempre la había definido. La escuché hasta el final y asentí. No hubo prisa en mi respuesta. Tampoco miedo. Solo un acuerdo tácito: iríamos a su ritmo.
Volvimos a besarnos, distinto. No con la costumbre de otras noches, sino con una intención nueva, como si el beso hubiera aprendido a escuchar. El deseo despertó sin arrebatos, una corriente tibia que se abría paso con paciencia. Me dejé guiar por esa cadencia y la guié a la vez; era una conversación sin palabras, una coreografía que se inventaba mientras ocurría.
Mis manos aprendieron a ser lentas. No tomaban, pedían permiso. No buscaban, descubrían. Descendí desde la comisura de sus labios hasta el mapa frágil de sus clavículas, y entendí que aquello no era una conquista, sino una custodia. Cada pausa era una promesa cumplida: la de no apresurar lo que merecía cuidado.
Ella me tocó con una curiosidad honesta, torpe y hermosa, como quien se asoma por primera vez a una habitación iluminada solo por la luna. Su respiración cambió y la mía la siguió. El bosque, testigo antiguo, pareció guardar silencio.
Cuando nuestros cuerpos se buscaron con mayor claridad, no hubo choque, sino encuentro. Como dos ríos que se reconocen antes de unirse. Me detuve lo justo para acompañarla, para que el paso no fuera un sobresalto sino una entrada suave a lo desconocido. Sentí el filo breve de ese instante inaugural y lo atravesamos juntos. Entonces todo lo que creí saber se replegó, sin drama, como un telón que cae al final de una función antigua.
El calor de ella fue una revelación serena. No un incendio, sino un fuego que calienta desde dentro. Nuestros ritmos, al principio desacompasados, fueron encontrando una música propia. Hubo torpeza, sí, y en esa torpeza una belleza rara: la de lo auténtico. La noche se estiró, paciente, mientras el tiempo aprendía a caminar a nuestro paso.
Cuando la luna empezó a inclinarse, nos quedamos envueltos en una quietud nueva. La abracé sin cerrarle el mundo, dejándole siempre una salida que sabía que no necesitaba. Apoyé el rostro en su cabello y sentí algo que no se parecía a nada anterior: no euforia, no triunfo, sino una gratitud honda y tranquila.
Comprendí entonces que para mí aquello también era una primera vez. No por el gesto, sino por la manera de habitarlo. Permanecer sin hambre. Acompañar sin prisa. Y mientras la noche cedía al amanecer, supe —con una claridad que no necesitaba palabras— que el privilegio no había sido llegar, sino quedarme.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com