Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 24
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24: Vestirse para quedarse.
24: Vestirse para quedarse.
**JACOB** Luego de salir de la cabaña de Emma, caminé sin rumbo durante un buen rato, dejando que el frío y el movimiento me ayudaran a pensar.
Sabía que mi próximo paso debía ser preciso.
Con ella sentía que estaba pisando terreno peligroso, no por hostil, sino por frágil.
La incomodidad de la mañana siguiente había sido evidente.
Casi tangible.
Su amabilidad al ofrecerme desayuno fue un gesto genuino, pero debajo de eso se percibía el torbellino de emociones que la atravesaban.
Confusión.
Cautela.
Algo más profundo que todavía no sabía cómo nombrar.
Por eso, lo primero era darle tiempo.
Me dirigí a la cueva donde había estado guardando la mochila con las pocas cosas que tenía.
Allí, mientras me sentaba a pensar, una idea me golpeó de pronto con una claridad incómoda.
¿Cómo se supone que iba a acercarme a ella… siempre con la misma ropa?
Si lo que estaba intentando ahora era quedarme, conocerla, conquistarla, necesitaba aceptar algo que hasta hace poco me negaba: tendría que vivir en modo humano más tiempo del que había planeado.
Y eso implicaba cambios.
Ropa.
Presencia.
Imagen.
Era un giro total respecto a la decisión con la que había partido, convencido de que sería solo un lobo.
Pero la vida —o el destino— tenía otros planes, y yo ya estaba en medio de ellos.
Entonces surgió la pregunta inevitable: ¿con qué dinero?
Embry había sido casi profético al empacar aquella muda de ropa y los artículos de aseo.
Incluso unas tijeras, con las que ya había logrado recortarme un poco el cabello.
Pero eso no bastaría.
Decidí revisar la mochila con más cuidado, sin demasiadas expectativas… hasta que ocurrió.
—Bingo.
Ahí estaba.
Mi billetera.
Con mi identificación, mi licencia, el seguro médico… y algunos billetes.
No era mucho, pero servía.
También estaba la tarjeta de crédito.
Aquella que Billy insistió en que sacara apenas cumplí dieciocho años, hablando de historial crediticio, de futuro, de responsabilidad.
En su momento me había parecido una tontería.
Ahora, no tanto.
Sonreí al recordarlo.
Ojalá estuviera bien.
Los cálculos fueron rápidos: tendría que ir al asentamiento humano más cercano y comprar lo básico.
No sabía si alcanzaría para mucho, pero tenía que intentarlo.
Al día siguiente partiría.
Muy temprano entré en fase.
La transformación ya no me tomaba más que segundos.
El calor recorrió mi cuerpo y pronto mis patas impactaban contra la tierra húmeda mientras descendía la montaña a toda velocidad.
Con ese ritmo, llegaría al pueblo cerca del mediodía.
El plan me ayudó a mantener la cabeza ocupada y, sobre todo, lejos de la cabaña de Emma.
Darle espacio también implicaba no rondarla, por más que me costara.
Tal como había calculado, llegué a Burwaths Landing al mediodía.
Salí de fase en un punto discreto, me vestí y me colgué la mochila al hombro.
Compré lo necesario y nada más: camisetas, un par de jerseys, jeans resistentes, tenis de montaña, ropa interior, calcetines, artículos de aseo y algo de comida humana.
Enlatados, principalmente.
No pude evitar darme un gusto.
Pizza.
Hacía tanto que no comía una que casi salivaba solo de pensarlo.
Me comí una extrafamiliar con rolls de arequipe, Coca-Cola y pancitos de ajo.
Una gloria.
Podría haber comido tres más, pero la realidad me devolvió al suelo.
La tarjeta quedó sobregirada.
Ya me las arreglaría después.
Compré un morral más grande; la mochila original no alcanzaba para todo.
Al caer la tarde, emprendí el regreso.
El problema ahora era el peso… y la distancia.
Decidí pedir un aventón.
No tardó mucho en detenerse una camioneta.
Para mi sorpresa, conducía una mujer joven.
Aceptó desviarse un poco y llevarme.
Me inquietó su confianza; tuve suerte de no ser alguien peligroso.
Durante el trayecto habló sin parar y, con el tiempo, empezó a coquetear sin ningún pudor.
Rozaba mi pierna deliberadamente cada vez que podía.
Yo respondí con cortesía, esquivando sus intentos como mejor pude.
Cuando llegamos al punto donde debía bajarme, se quedó mirándolo todo con evidente alarma.
—¿Es aquí?
—preguntó.
—Aquí mismo —respondí.
—¿Pero qué puede haber en un lugar así?
Sonreí apenas.
—Ese es el detalle… yo no soy una persona normal.
Su corazón se aceleró.
Me reproché haberlo dicho, pero quizá un poco de miedo le vendría bien.
—¿Y no me invitas?
—preguntó, aún insistente.
Negué con suavidad.
—No.
Y un consejo: no seas tan confiada.
Gracias por el aventón, pero elige mejor a quién ayudas en lugares como este.
Cuídate.
Se marchó rápido, decepcionada.
No pude evitar reírme.
Si ella supiera que mi mente estaba en otro lugar… en unos ojos verdes, en una piel que no olvidaba, en una mujer que ya me había cambiado sin proponérselo.
Emma.
Ya la tenía metida en la cabeza.
Me interné en el bosque, dejé la ropa a un lado y llamé a la transformación una vez más.
Con el morral sujeto al hocico, emprendí el ascenso.
Si mantenía un buen ritmo, llegaría a la montaña al amanecer.
Y por primera vez desde que partí, no corría para huir.
Corría para quedarme.
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