Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 240
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Capítulo 240: Señales silenciosas
**Emma**
Volver de la luna de miel fue más extraño de lo que pensé. No porque la felicidad se hubiera ido —seguía ahí, adherida a mí como el salitre del mar—, sino porque regresar implicaba reencontrarme con la vida que habíamos dejado en pausa: nuestros hijos, sus procesos, las pequeñas tensiones que siempre han existido y que, lejos de cansarme, me recuerdan que esto es hogar.
Desde el primer día noté que algo se estaba moviendo en la vida de los mellizos.
Elliot no estaba mal… pero tampoco estaba igual. Lo conozco demasiado bien. Sus silencios habían cambiado de peso, de textura. La situación con Renesmee no me alarmó; al contrario, me pareció natural. Las crisis no son grietas: son bisagras. Acompañé a mi hijo cuando me necesitó, lo escuché sin invadirlo, lo abracé sin quitarle fuerza. Sé que ese vínculo va a salir más firme de aquí.
Anthony, en cambio, me regalaba una calma profunda. Había cambiado. Estaba más centrado, más sereno. Su relación con Quetzaly avanzaba a un ritmo propio, sin prisas ni sobresaltos, y verlo así me llenaba de orgullo. Habitar el amor sin desorden es una conquista, y él la estaba logrando.
Mi cuerpo, sin embargo, parecía no haber vuelto conmigo del todo.
Primero fue la fatiga. Dormía más de lo habitual, despertaba tarde sin saber por qué. Luego llegó el hambre: un deseo de sangre más frecuente, más persistente. Una tarde abrí el refrigerador para revisar mis provisiones y me quedé quieta, observando.
Vacío.
Lo que Carlisle suele conseguirme para un mes se había ido en poco más de dos semanas. Y lo más inquietante no era eso… era que, incluso después de alimentarme, no me sentía completamente saciada. No era ansiedad. No era urgencia. Era una carencia suave, constante.
Decidí no decir nada. Aún.
La fiesta de compromiso de Elliot y Renesmee ocupó mi atención por completo. Alice aceptó encantada mi ayuda, como siempre. Junto a Esme pasamos días entre telas, listas y revisiones, asegurándonos de que todo llegara en perfecto estado. Ese movimiento familiar me sostuvo más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El día del compromiso fue un torrente.
Ver a mi hijo arrodillarse, comprometerse con la mujer que ama, me atravesó sin aviso. Las lágrimas llegaron solas. Yo, que no lloro con facilidad —ni siquiera en los momentos más felices—, me quebré. Jacob lo notó de inmediato y me sostuvo hasta que pude recuperar el aliento.
Cuando todo terminó y regresamos a casa, apenas tuve conciencia del trayecto. Subí al auto… y el mundo se apagó.
Desperté en la cama.
Vestida con ropa cómoda. Arropada. Jacob estaba a mi lado, mirándome con una mezcla de ternura y desconcierto.
—Amor —me dijo en voz baja—, ¿cómo te sientes?
—Bien… ¿pasó algo?
—Dormiste doce horas.
Me incorporé de golpe.
—¿Qué? ¿Tanto?
—Te dormiste apenas subiste al auto. Cuando llegamos no reaccionabas. Te cargué, te cambié… si no fuera porque respirabas profundamente, habría entrado en pánico.
Busqué una explicación rápida.
—Debe ser el cansancio. Los preparativos, todo lo que hicimos…
—Puede ser —dijo—, pero es inusual. En diez años nunca te había visto dormir así.
Suspiré.
—Desde que regresamos del viaje me he sentido… limitada. Como si la energía no me alcanzara.
Jacob guardó silencio unos segundos. Lo conozco: cuando piensa así, ya decidió algo.
—Si en una semana sigues igual, iremos a ver a Carlisle.
Asentí.
—Está bien, mi amor. Como tú digas.
El hambre volvió a reclamarme.
—Vamos a comer algo —dije—. Siento que muero de hambre.
—Siéntate —sonrió—. Yo sirvo.
Después de comer, dejé el tenedor con cierta timidez.
—Amor… ¿quedó un poco más?
Jacob me miró sorprendido, pero sin preguntar nada, me sirvió otra porción.
Mientras hablábamos de los mellizos —Elliot y Renesmee en la playa, Anthony de fin de semana con Quetzaly—, miré alrededor. La casa estaba silenciosa.
—Parece que pronto esta casa se quedará solo para nosotros —dije, con un hilo de nostalgia—. Tú y yo.
—Lo sabíamos —respondió, mirando los portarretratos—. Por eso disfrutamos cada instante con ellos.
—Hemos sido muy felices —sonreí.
—Y lo seguiremos siendo —afirmó—. Siempre seremos la paz y la alegría del otro.
Se inclinó y me dio un beso simple, profundo en su sencillez.
—Te amo.
—Y yo te amo más —le contesté.
Ese beso encendió algo inesperado en mí. Una chispa viva, distinta. Sonreí con picardía.
—¿Y si… aprovechamos que estamos solos?
Deslicé la mano por su vientre, hasta el borde de su pantalón. Jacob rió, sorprendido y encantado.
—Esa idea me gusta.
Me tomó en brazos y me llevó hacia la habitación entre risas y complicidad. No imaginé entonces —no podía imaginarlo— que, una nueva vida se estaba gestando en ese mismo amor que ya había aprendido a vencer al tiempo.
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