Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 247
- Inicio
- Todas las novelas
- Lobo solitario, de vuelta al amor
- Capítulo 247 - Capítulo 247: Cuando el mundo se inclina
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 247: Cuando el mundo se inclina
**Seth**
Nunca fui como los demás.
No porque me creyera distinto, ni mejor.
Sino porque aprendí demasiado pronto lo que el amor malentendido puede destruir.
Crecí viendo a mi hermana romperse por algo que no había elegido. Vi cómo la imprimación —esa fuerza sagrada y cruel— podía arrasar con la dignidad, con la voluntad, con los sueños de alguien que solo había amado bien. Desde entonces decidí algo con absoluta claridad: **no jugaría con los sentimientos de nadie**, ni con los míos.
No busqué refugio en otras mujeres.
No llené silencios con cuerpos ajenos.
Aprendí a estar solo sin amargarme.
Fui un buen hombre.
Un buen lobo.
Un buen hermano.
Un aliado leal para mi manada.
Y eso me bastaba.
Por eso entré a la casa de los Black sin presentimientos extraños, sin presagios. Carlisle ya había confirmado que la niña estaba sana, fuerte, perfecta. Yo solo iba a conocer a la hija recién nacida de mi alfa, de mi amigo. Nada más.
El aire estaba distinto.
No peligroso.
No tenso.
Distinto como cuando el bosque guarda silencio antes de que algo sagrado ocurra.
Subí las escaleras con paso ligero. Pensaba en Jacob, en Emma, en lo que significaba traer una nueva vida a este mundo extraño que habitamos. Pensaba incluso en lo injusto que era que algunos nacieran con tanto peso sobre los hombros.
Entonces crucé el umbral de la habitación.
Y todo se desarmó.
No fue una sacudida violenta.
Fue una rendición.
Emma sostenía a la bebé con una ternura que casi dolía mirar. Jacob estaba a su lado, grande, firme, protector. Y en brazos de su madre, envuelta en una manta clara, **Sarah** abrió los ojos.
Cuando su mirada se encontró con la mía, sentí cómo **el universo se inclinaba**.
No hubo ruido.
No hubo palabras.
Fue como si todas las piezas de mi vida —pasadas, presentes y futuras— se reordenaran en un solo punto. Mi respiración se cortó. El corazón se me aceleró de forma brutal, dolorosa. Sentí un tirón en el pecho, profundo, ancestral, como si algo invisible me hubiera atravesado y anclado a ella para siempre.
*Protege.*
*Permanece.*
*Vigila.*
No lo pensé.
Lo **supe**.
Mis rodillas flaquearon. Tuve que afirmarme en el marco de la puerta para no dar un paso adelante. El impulso era abrumador: cubrirla, acercarme, asegurarme de que nada —nunca— pudiera alcanzarla.
Y entonces llegó la reacción de Jacob.
El cambio fue inmediato.
El aire se volvió espeso, cargado. Su cuerpo se tensó como un resorte a punto de estallar. Pude sentir al lobo empujar desde dentro, furioso, protector, territorial.
—Aléjate —gruñó.
No era una orden racional.
Era un rugido contenido.
Di un paso atrás de inmediato, con las manos abiertas, el corazón aún desbocado.
—Jacob… —mi voz salió más grave de lo normal—. Yo no busqué esto.
Él avanzó un paso. Sus ojos no eran los de un padre tranquilo; eran los de un alfa dispuesto a despedazar cualquier amenaza.
—Es mi hija —dijo con los dientes apretados—. Mi niña.
Asentí despacio.
—Lo sé. Y precisamente por eso… esto no es lo que temes.
La bebé emitió un pequeño sonido, casi un suspiro. No lloró. No se agitó. Al contrario, **se relajó**.
Ese detalle fue lo único que evitó que la situación explotara.
—Habla —ordenó Jacob, aunque su postura seguía siendo hostil.
Tragué saliva. La imprimación seguía vibrando dentro de mí, exigiendo, reclamando propósito.
—No hay deseo —dije con firmeza—. No hay posesión. No hay nada que no sea protección absoluta. Espera. Cuidado.
Mis palabras no eran una defensa.
Eran una verdad desnuda.
—Si alguna vez hay peligro —continué—, mi vida se pondrá delante de la suya sin que yo lo decida. No puedo evitarlo. No quiero evitarlo.
Jacob apretó los puños.
—¿Y crees que eso me tranquiliza?
—No —respondí—. Pero tampoco es algo que pueda romperse. No es una elección. Es… una reconfiguración completa de lo que soy.
El silencio cayó pesado sobre la habitación.
Jacob respiró hondo, luchando contra su instinto. Sus ojos se desviaron hacia Sara. La niña dormía tranquila, ajena al caos que había provocado con solo existir.
—No es justo —murmuró—. Para ninguno de los dos.
—Lo sé —respondí en voz baja—. Pero no es una condena. No para ella.
Jacob se acercó a la cama y apoyó una mano en el borde, inclinado sobre su hija.
—Si le haces daño —dijo sin mirarme—, no habrá rincón del mundo donde puedas esconderte.
—No habrá necesidad —respondí con absoluta certeza.
El vínculo vibró, afirmándolo.
Jacob exhaló despacio.
—No me gusta —dijo—. Y nunca me va a gustar.
—No te pido que te guste —respondí—. Solo que entiendas que no la tocaré, no la reclamaré, no la condicionaré. Mi lugar será el que ella necesite… si alguna vez lo necesita.
Jacob se inclinó sobre su hija, apoyando una mano en la cuna improvisada.
—Entonces —dijo finalmente—, bienvenido a la responsabilidad más grande que existe.
No sonrió.
Pero tampoco me rechazó.
Y en ese instante entendí que mi vida ya no me pertenecía del todo.
Había ganado un propósito que jamás pedí.
Una carga sagrada.
Una promesa silenciosa.
Y aun así…
**No cambiaría nada.**
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com