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Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 248

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Capítulo 248: La furia y la rendición

**Jacob**

Desde que Sarah nació, la casa de los Cullen no volvió a conocer el silencio.

Carlisle la pesó, la midió, revisó cada reflejo, cada latido, cada reacción mínima con esa precisión casi reverente que lo caracterizaba. Cuando finalmente dijo que todo estaba bien, que había nacido sana, fuerte y perfecta, el mundo pareció exhalar al mismo tiempo.

Y entonces llegaron las visitas.

Edward fue el primero en acercarse con esa mezcla extraña de asombro y ternura que solo él tenía. Esme la sostuvo como si cargara un tesoro antiguo, como si cada niño que nacía en esta familia improbablemente extendida fuera también un regalo personal. Rosalie estuvo allí desde el principio; había asistido al parto, como lo había hecho antes con los otros niños. Yo sabía lo que significaba para ella. Rosalie siempre había querido ser madre y, aunque la vida le negó ese camino, Emma y Bella —y ahora Emma otra vez— le habían permitido amar la maternidad desde otro lugar. Anthony, Renesmee y Elliot habían pasado más horas de las que cualquiera podría contar entre sus brazos, y ahora Sarah venía a ampliar ese amor que ella ofrecía sin medida.

Alice estaba radiante. Una niña más significaba vestidos, lazos, futuros que ella ya veía correr en todas direcciones. Jasper, como siempre, era feliz porque Alice lo era; pero también porque jamás imaginó que aquel clan de vampiros, forjado en la contención y el control, terminaría rodeado de niños, risas y caos.

Cuando volvimos a casa, la alegría no disminuyó.

La manada empezó a llegar. Paul y Rachel aparecieron con sonrisas abiertas. Rebecca llamó desde Hawái, emocionada, queriendo saber cada detalle. Billy no dejaba de repetir que siempre supo que su hijo llenaría el mundo de nietos. Y luego llegaron mis hijos.

Elliot lloró cuando la vio. No se avergonzó. Lloró como solo lloran los hombres que aman de verdad. Anthony se quedó largo rato observándola, casi en silencio, como si quisiera memorizar cada rasgo. Cuando supo que se llamaría Sara, como la madre de Emma, algo en su expresión se suavizó aún más.

Todo era luz.

Todo era celebración.

Hasta que dejó de serlo.

Seth llegó como siempre: tranquilo, sin ruido, sin anuncios. Venía solo, con esa calma suya que siempre había sido un ancla para la manada. Yo no esperaba nada fuera de lo normal. Solo otro amigo que venía a conocer a la hija de su alfa.

Pero apenas cruzó el umbral del cuarto, **lo sentí**.

La energía cambió de golpe. El aire se volvió denso, pesado, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. Mi instinto se disparó antes de que mi mente pudiera procesarlo.

Busqué el origen de esa presión.

Y lo vi.

Seth estaba pálido. Más de lo normal. Se sostenía del marco de la puerta como si el suelo hubiera dejado de existir bajo sus pies. Sus ojos estaban fijos en mi hija.

En ese instante, una sola idea atravesó mi cabeza como un rayo.

*No. No puede ser. No él. No ahora.*

La bestia rugió dentro de mí, violenta, ciega. El juicio se me nubló. Solo podía pensar en una cosa: **mi hija**. Tres días de nacida. Mi niña. Y ese vínculo maldito escribiendo su destino antes siquiera de que pudiera abrir los ojos al mundo.

Di un paso al frente.

Emma me miró.

No dijo nada al principio, pero su mano se posó en mi brazo con firmeza. Ese gesto, tan simple, fue lo único que evitó que perdiera el control por completo. Ella también había entendido. Lo vi en su mirada. Lo estaba procesando incluso más rápido que yo.

—Jacob —dijo en voz baja.

Pero yo ya estaba hirviendo.

—No —mascullé—. No es posible.

Seth apenas podía hablar. Su respiración era irregular. No se acercó. No dio un paso más. Eso, al menos, evitó que todo terminara en desastre.

La discusión fue breve y amarga.

No porque faltaran palabras, sino porque **no había nada que discutir**. Yo conocía ese vínculo mejor que nadie. Había visto cómo se imponía. Cómo no pedía permiso. Cómo no dejaba opciones.

No era culpa de Seth.

Y aun así…

No podía aceptarlo.

—Es una niña —dije, la voz tensa—. Mi hija.

—Lo sé —respondió él, con una serenidad que contrastaba con el temblor de su cuerpo—. Y no haría nada que la dañara. Jamás.

Eso no me calmó.

Nada podía hacerlo.

Porque entendía demasiado bien lo que venía.

Sabía que cuando Sarah creciera, Seth estaría allí. No como un padre. No como una sombra invasiva. Sino como **lo que ella necesitara**. Protección. Compañía. Presencia. Un amor absoluto que no pedía nada a cambio.

Y eso era lo que más me enfurecía.

Tener que compartir el amor de mi hija con otro hombre.

No porque Seth no lo mereciera. Al contrario. Si alguien en esta maldita historia tenía un corazón limpio, era él. Bueno, tierno, leal hasta la médula. El tipo de lobo que inspiraba confianza incluso en los más desconfiados.

Pero no importaba.

Era mi hija.

Al final, tuve que rendirme ante lo inevitable.

Como alfa.

Como hombre.

Como alguien que sabía que la imprimación no era una condena, aunque doliera como tal.

No estaba contento.

No lo estaría nunca.

Pero acepté.

Acepté que mi amigo, el lobo más noble de mi manada, fuera también el que quedaría ligado para siempre al destino de mi pequeña Sarah.

Y aunque jamás lo diría en voz alta…

Sabía que, si debía ser alguien,

**al menos era él**.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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