Lobo solitario, de vuelta al amor - Capítulo 250
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Capítulo 250: Hasta donde el tiempo nos permita amarnos
**Renesmee**
Desperté antes de que el sol terminara de desperezarse. No fue por nervios —o no solo por eso—, sino por esa sensación tibia y luminosa que me habitaba el pecho desde hacía días, como si algo en mí supiera que este amanecer no era uno cualquiera. Era **el** día.
Antes de que nadie entrara a la habitación, me permití un ritual silencioso. Fui al baño y dejé correr el agua tibia mientras el vapor comenzaba a envolverlo todo. Alice había dispuesto frascos pequeños con esencias suaves: lavanda, jazmín, un toque de rosa blanca. Me sumergí sin prisa, cerré los ojos y dejé que el agua me recorriera como una caricia antigua. No pensaba en votos ni en invitados; pensaba en el camino, en la niña que fui, en la joven que amó sin darse cuenta, en la mujer que hoy elegía.
Al salir, me envolví en una bata ligera y respiré hondo. Me miré al espejo con una sonrisa tranquila. No necesitaba convencerme de nada: estaba lista.
Rosalie fue la primera en entrar. Traía esa serenidad suya, elegante y firme, la misma con la que siempre había caminado por la vida pese a todo lo que había perdido.
—Buenos días, novia —dijo, con una suavidad que contrastaba con la intensidad de sus ojos dorados—. ¿Lista?
Asentí. Sonreí. Sentí un nudo dulce en el pecho.
Rosalie se movía con una precisión casi ceremonial. Extendió los pinceles, las brochas, los frascos pequeños que Alice había seleccionado con un rigor casi científico. Mientras trabajaba sobre mi rostro, hablaba poco, pero cada gesto suyo era cuidadoso, casi reverente. No estaba maquillando solo a una novia; estaba acompañando un tránsito.
—Elliot no va a poder respirar cuando te vea —murmuró en un momento.
El vestido colgaba cerca de la ventana, suspendido como una promesa. Alice lo había diseñado especialmente para mí, y como todo lo que ella creaba, no se parecía a nada visto antes.
Era de seda marfil translúcida, liviana, con un bordado delicado de jazmines, peonías y pequeñas flores silvestres que recorría el escote y descendía por la falda como si hubiera crecido allí de manera natural. Las mangas eran apenas un susurro de tul, cayendo desde los hombros, y la espalda abierta dejaba ver piel con una honestidad serena. No había exceso, no había peso. Era un vestido hecho para alguien que no necesitaba ocultarse.
—Es perfecto —susurré.
—Es *tuyo* —respondió Rosalie.
Cuando me ayudó a vestirlo, sentí que cada capa se acomodaba como si me hubiera estado esperando desde siempre.
***
Alice había transformado el claro junto a la cabaña de mis padres en algo que solo ella podía concebir. Ninguna boda que había planeado se parecía a otra, porque —como solía decir— *ninguna historia de amor es igual*.
La de mis padres había sido un cuento de hadas: el príncipe solitario que esperó un siglo por su princesa.
La de Jacob y Emma, un canto a la sanación: dos corazones heridos que se reconocieron como hogar, honrando la tierra, la luna y las raíces quileute.
La nuestra hablaba del tiempo: del amor que creció sin prisa, del juego infantil, de la amistad profunda, de los silencios compartidos y de los miedos atravesados juntos.
El altar estaba rodeado de flores pensadas para el atardecer: rosas color crema, lirios blancos, dalias en tonos suaves de melocotón y lavanda, y ramajes de eucalipto que perfumaban el aire con una frescura tranquila. Pequeñas luces cálidas colgaban entre los árboles, esperando el momento exacto en que el sol comenzara a descender.
Frente a los invitados, una gran pantalla mostraba imágenes de nuestras vidas: Elliot y yo de niños, torpes y sonrientes; adolescentes, cómplices; jóvenes, enamorados. No era nostalgia. Era memoria viva.
***
Edward me ofreció su brazo. Sus ojos estaban brillantes, aunque su sonrisa era serena.
—Siempre supe que este día llegaría —me dijo en voz baja—. Pero nunca imaginé lo hermoso que sería verte caminar hacia él.
Bella se acercó entonces, tomó mi rostro entre sus manos y apoyó su frente en la mía.
—Renesmee —dijo con esa voz que siempre lograba calmarlo todo—, no importa cuántos caminos tomes en la vida, recuerda siempre quién eres. Eres amor, eres puente, eres posibilidad. Y hoy eliges a alguien que camina a tu lado, no delante ni detrás. Eso es lo único que una madre puede desear.
Comenzamos a caminar.
Y entonces ocurrió algo que hizo que el aire entero pareciera contener la respiración.
Desde uno de los costados del claro apareció **Sara**.
Vestía completamente de blanco, como un pequeño ángel terrestre. El vestido era sencillo, de tela suave, con una cinta de flores diminutas rodeándole la cabeza. Su cabello negro caía en ondas suaves y sus ojos cafés oscuros brillaban con una mezcla de curiosidad y solemnidad infantil.
Avanzaba con pasos pequeños pero seguros, sosteniendo entre sus manos un delicado cojín donde reposaban las alianzas.
Escuché sus risitas contenidas, sentí el murmullo emocionado de todos. Elliot la miró y su expresión cambió por completo: era amor en estado puro.
Sara llegó hasta el altar, levantó la vista, y con una seriedad que no le conocía extendió el cojín.
—Para ustedes —dijo, orgullosa.
Jacob se limpió los ojos. Emma sonrió con lágrimas abiertas. Yo sentí que el corazón se me desbordaba.
Elliot estaba en el altar, esperando, su ojos me miraban con devoción y adoración, su sonrisa parecía iluminar el camino que me llevaba hasta y mi corazón se detuvo por un momento, al comprender que delante de mi estaba el hombre con quién estaría por el resto de mis días, en mi vientre alocadas mariposas revolotearon.
Llevaba un traje hecho a su medida, de un verde profundo, casi bosque, que resaltaba el tono claro de su piel y hacía que sus ojos verdes brillaran con una intensidad hipnótica. La camisa era marfil, abierta apenas en el cuello, sin rigidez; el conjunto era sobrio y elegante, pero profundamente suyo. Se veía… irreal. El hombre más guapo que había visto en mi vida, no por la ropa, sino por la forma en que me miraba.
A su lado estaba Emma.
Cuando llegué, Emma me recibió primero. Me abrazó con una ternura profunda y besó mi mejilla.
—Bienvenida a la familia, hermosa —susurró.
Después vinieron ellos: Carlisle y Esme, Rosalie y Emmett, Alice y Jasper, Bella y Edward. Cada uno, a su manera, me ofreció una bendición. No con palabras solemnes, sino con miradas, gestos, manos sobre las mías. Yo era la Cullen de la casa, la hija, la sobrina, la nieta. La que llevaba ese legado improbable de amor, elección y permanencia. Y lo sentí como un honor, no como un peso.
Elliot tomó mis manos con cuidado, como si fueran algo sagrado.
***
El ministro habló del amor que crece, del tiempo compartido, de las decisiones que se eligen cada día.
Llegó el momento de las alianzas.
Elliot tomó el anillo y lo sostuvo un instante antes de deslizarlo en mi dedo.
—Te amaré —dijo, con la voz firme— hasta donde el tiempo me permita amarte.
Yo sentí que el mundo entero se detenía.
Tomé su alianza, sentí el pulso vivo bajo su piel.
—Y yo a ti —respondí—, en cada forma que el tiempo nos conceda.
Cuando nuestras manos se entrelazaron, el pacto quedó sellado.
El beso no fue solo un gesto. Fue una promesa cumplida.
Cuando nuestros labios se encontraron, el aplauso estalló alrededor: los Cullen, las manadas, las familias entrelazadas por historias imposibles y amores irreversibles.
En ese instante supe, con una certeza absoluta, que no importaba cuántos caminos nos esperaran, ni cuántos desafíos vinieran después.
Habíamos elegido caminar juntos.
Y eso —eso lo cambiaba todo.
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